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Minificción de los jueves: Esteban Dublín

http://www.el-nacional.com/papel_literario/Minificcion-jueves-Esteban-Dublin_0_509949109.html
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Convocatoria julio 2010 en minificciones.com.ar


Como todos los meses ya está subida la imagen que sirve de disparador para la convocatoria de julio de Minificciones.com.ar

Este mes contaremos con la invaluable colaboración como jurado de nuestro amigo Agustín Monsreal, escritor y periodista mexicano que tendrá a su cargo la selección final de los textos. Aquí la imagen:



Siguiendo esta ruta podrán subir sus participaciones.

También podrán encontrar los textos ganadores del concurso de mayo que fueron seleccionados por el escritor argentino Fabian Vique. Ya están subidos en nuestro Laboratorio de Brevedades.

Nuevamente van nuestras felicitaciones a Gabriel Bevilaqua, Elisa de Armas y Esteban Dublín por los textos compartidos, como siempre de un excelente nivel.

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Ganadores del mes de marzo de Minificciones.com.ar

A lo largo del mes de marzo los visitantes de Minificciones.com.ar pudimos disfrutar de un excelente nivel de los más de 100 textos que nuestros lectores crearon en función de la imagen propuesta. La selección fue harto difícil y para nuestra jurado de este mes, la escritora argentina Ana María Shua, la tarea no fue nada sencilla.


GANADORA

EL SANTO GRIAL, de Javier Puche

El héroe atravesó desiertos, laberintos, junglas. Decapitó minotauros y cíclopes. Cayó en telarañas gigantes. Trepó árboles infinitos. Hasta que finalmente, ya anciano, encontró el Santo Grial. Lo custodiaban un monje y un dragón. “Si bebes de esta copa”, dijo con gravedad el monje, “vivirás eternamente”. En el rostro decrépito del héroe se dibujó una sonrisa. Al parecer, no había sacrificado en vano su existencia, donde nunca hubo amor ni alegría, tan sólo búsqueda tenaz. “Ahora bien”, prosiguió el monje elevando la voz, “vivirás eternamente, en círculo, la misma vida que tuviste. Y no otra”. Consternado, el héroe reflexionó unos instantes. Luego se desplomó en el suelo como un títere, vencido por la tristeza, mientras las fauces del dragón exhalaban una carcajada de fuego.

PRIMERA MENCIÓN

APOCALIPSIS, de Esteban Dublin

Los santos caían como mártires, las sillas se hacían cenizas, los fieles corrían despavoridos. La espada del Arcángel Gabriel rodaba por el piso y la empuñé. Me fui en ristre contra el responsable del caos, un dragón que incineraba todo cuanto se abría a su paso. Me acerqué furiosamente contra él y le corté la cabeza con un certero golpe. La sangre manaba sin cesar mientras un quejido lastimero retumbaba por el templo. Al principio me sentí aliviado, pero luego escuché la voz de Dios. “Idiota”, dijo, “Ahora no vayas a matar a los siete caballos”.

SEGUNDA MENCIÓN

LA ETERNA BROMA DE SAN AUGUSTO, por Luís Gonzalí

El golpe con la espada fue certero. Del cuello de la bestia salían borbotones de sangre mientras ésta se desplomaba inhalando su último aliento. Complacido por el favor de Dios, él sonrió, se hincó cerrando los ojos y elevó unas plegarias.
A la mitad del décimo padrenuestro, sintió un hálito de fuego en su oreja izquierda. En ese momento San Jorge despertó, y el dragón seguía ahí.


Para aquellos interesados, ya está subida la imagen correspondiente al mes de abril en nuestra sección habitual para concursar.


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Minificciones de Esteban Dublín


Las maravillas en el país de Alicia
Un conejo blanco descansaba en su madriguera cuando vio a lo lejos una niña corriendo. La curiosidad lo asaltó y la siguió hasta su casa. Maravillado, empezó a ver cosas que ni siquiera concebía en su imaginación: líquidos en botellas que al tomarse no agrandaban a la gente, un palo de cróquet que no tenía forma de flamenco, una baraja de cartas inmóvil sobre una mesa, una oruga diminuta que no fumaba y humanos vestidos con ropa tradicional. Aún sorprendido, vio a Alicia que se acercaba a él y que lo agarraba de las orejas. Asustado, el conejo despertó respirando aliviado al comprender que sólo se trataba de una pesadilla.

Ciudad viuda
Lo que le digo, sumercé, en este pueblo sólo hay viudas. Tremendo, claro, porque sí, una puede que sea mujer correcta, que le guarde luto al marido, pero no hay cuerpo que aguante semejante sequía. Mercedes cumplió el mes pasado veintiocho años sin hombre. Amelia llegó a los dieciocho. Aunque bueno, a la viuda de López le ganó la gana a los ocho años. Se fue pa’ otro pueblo y por ahí supe que conoció macho. Bendita ella. ¿Qué dice, perdón? Ah, sí, eso pasa a cada rato. Aquí no llueve agua, sino maridos. Pero no duran, sumercé. Con esa fuerza con la que caen, se vuelven pedazos. Vea ahí no más un bracito. ¡Comadre, la escoba!

Secreto
Cerré la puerta sin hacer ruido y fui a acostar a los niños. Por ningún motivo podía dejar que se enteraran de qué había en el sótano. Siempre esperaba a que estuvieran lejos, sacaba el plato de lentejas y lo bajaba sigilosamente. Me aseguraba de que no entraran cerrando con doble seguro y colgándome las llaves como collar. En todo caso, a pesar de las precauciones que tomé, un día les ganó la curiosidad y me siguieron. Cuando descubrieron lo que pasaba, no tuve más remedio que dejarlos ahí con su padre.

La casa de Mariana
Basta despojarse de la lógica para encontrar, en medio de Medellín, una casa construida con palabras. Su arquitectura desafía la sensatez y como recubrimiento, en lugar de ladrillos, se encuentran sustantivos sostenidos entre sí que se pueden leer a medida que se recorre la casa. Las puertas están compuestas de preposiciones que funcionan de antesala al interior de las habitaciones y los muebles, hechos de adjetivos que cambian de acuerdo al estado de ánimo. Para entrar, sólo hay una condición: dejar a la entrada un verbo en infinitivo que luego se pueda convertir en un deseo. El mío fue soñar.

Abordaje
No crean, para mí tampoco fue fácil. Verla tan hermosa y llorando, como suplicándome un minuto más. Al menos un abrazo más. Se iba a España y sabrá Dios si algún día vuelva. Tal vez nunca la vea de nuevo. Sollozaba, como si no hubiera remedio posible, y, yo, claro, yo que no soy de palo, pues me quebré. Porque tal vez muchos crean que soy un insensible, pero no, soy un hombre de carne y hueso. Nadie sabe lo que sufro yo en momentos como esos. “Siga, señorita”, fue lo último que le dije mientras le devolvía el pasaporte para atender al siguiente pasajero.

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