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Minificción de los jueves: Juan Carlos Chirinos

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Minificción de los jueves: Arnaldo Jiménez

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Un blog dedicado a la minificción: Comarca mínima de Geraudí González Olivares

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Los laberintos de Rhazes Pacheco Escalona

ARIADNA
         Vamos Ariadna, si es que ese es tu nombre. Sí, estoy casi segura de que ese era tu nombre. Vamos, hay que despertar. Hay que volver. Hay que recordar. Recuerda, Ariadna, recuerda. No siempre fuiste así. No siempre te viste así ¿es que no puedes acordarte ya? ¿Recuerdas a tu madre? Porque tuviste madre ¿recuerdas a tu hermano? Porque tuviste hermano ¿los recuerdas? La importancia del nombre, Ariadna. Celia era tu madre. Alfonso era tu hermano, o era Alfredo ¿Por qué no puedes acordarte? ¿Acaso ha pasado tanto tiempo? No.  Fue apenas ayer que tu hermano te pasó por un lado y te vio y no te vio. O hace una semana, que Celia se te quedó mirando, esperando que le pidieras algo más que una limosna, esperando que le pidieras casa, que le pidieras brazos. Pero tú solo pediste la limosna. 
         Y tú no eras así. Ariadna, tú eras bella. Eras joven. Y, además, eras inteligente. Tan inteligente, que te aburrías muy pronto de todas las cosas. Quizás fue por eso que decidiste tentar tu propia suerte. Te cansaste muy rápido. Te cansaste de tu madre, de tu hermano. Te cansaste incluso de tu tonto novio (sí, también tuviste un novio).
         Ahora dime, Ariadna. Ahora quiero que me digas en qué momento la aventura de salir a matar al minotauro se volvió contra ti. Quiero que me expliques cuándo fue que la acera donde ahora vives se convirtió en tu propio laberinto. Cuándo fue que nos convertimos en esto que ahora somos. En esto que yo no quiero ser. Porque lo cierto es que yo, de verdad, no soy un minotauro, nunca lo fui. Por eso, desde hace tiempo, te he estado susurrando mientras duermes. Por eso pongo mis labios, que ya no son más tus labios, cerquita de tu oído, cerquita del cartón y de la maraña sucia que ahora es tu cabello. Y te digo: despierta, Ariadna, despierta. Ya es la hora, ya no puedes seguir durmiendo. Hay mucho por recorrer y no hay tiempo, nunca hay tiempo suficiente. El tiempo hace mucho que no alcanza. Pero eso tú lo sabes, tú más que nadie sabes que el tiempo ya no es lo que solía ser. Por eso debes despertarte ya, tan pronto. Ya viene siendo hora de que recojas el ovillo y vuelvas, por fin, a casa.

EL CAMAROTE
         Nunca pudiste recuperarte de ese mar, Amelia. Por eso estás aquí. Porque Arnaldo fue un mar revuelto para ti, para las dos, pero tú no supiste atravesarlo y te ahogaste como siempre te ahogas en la gente. Y ahora estás aquí, en este lugar donde nadie quiere estar y donde todos estamos, de algún modo. Pero no es por eso que he venido a verte hoy, querida Amelia. Hoy no vengo a reprocharte las malas decisiones que tomaste. Hoy me reúne contigo otro motivo.
         ¿Recuerdas el camarote, Amelia?, ese apartamento diminuto que tenían los abuelos de Arnaldo, tus abuelos, en Cabo Polonio. Aquel lugarcito donde íbamos Arnaldo, tú y yo unos que otros fines de semana y éramos felices. ¿Lo recuerdas, querida? Dime que sí, o al menos lánzame una de esas miradas perdidas que me das de vez en cuando, como si me reconocieras, como si trataras de decirme algo; dame aunque sea una sonrisa mala y vieja, como cuando quieres que yo sepa, con cada hueco de tus dientes, lo mal que aquí te cuidan.  
         El apartamento ya no está, Amelia, como la felicidad. Se vendió después de que un día bajaran Arnaldo y Miguel y no volvieran más. Ninguno de los dos vio venir el autobús.   
         Tú papá decidió vender el camarote justo después del accidente porque, según él, ese apartamento solo había traído desgracias para la familia Antúnez; primero tú, Arnaldo y tú en el camarote, Arnaldo, tú y yo en ese pequeño espacio y todo lo que esos juegos juveniles nos costaron, y luego el accidente. Amelia sin hermano y sin sobrino, y yo, yo sin hijo y sin esposo.
         Hoy vengo, entre otras cosas, a decirte que yo tampoco vuelvo más. Que me mudo a Cabo Polonio. Que lo lamento, pero ahora nadie vendrá a verte. Que te amo igual que en los tiempos del camarote cuando éramos felices los tres, solo los tres y nadie pudo entenderlo, ni siquiera tú. Que Miguel también te quiso. Que siempre le hablé de su tía Amelia. Que aún sigo esperando que regreses de ese mar revuelto que fue Arnaldo para ti, para las dos. Que si algún día sales de ahí, estaré en el Cabo, aguardando para ver si también me los devuelve, y entonces todo será como antes. Estaremos juntos de nuevo Arnaldo, tú y yo. Y ahora también Miguel. Y seremos felices de nuevo, Amelia. Lo prometo. 

RÉQUIEM
         Allí están todos. Todos vestidos de negro o de blanco. Ninguno va de gris.  Yo llego, acabo de entrar al salón iluminado, ya estoy ahí desde hace tiempo, viendo cómo andan de aquí para allá con sus trajes sin matices. Tan de negro o tan de blanco. Ninguno va de gris.  Entro al salón, o ya estaba ahí, no sé.  No importa demasiado. Entro y no reconozco la mayoría de las cosas que allí están. Me han prometido un jardín imperial, de grandes fuentes y grandes rejas, de yerbas verdísimas. En su lugar, me encuentro en este salón con aires de provincia donde ya nada es verdísimo, ni hay rejas, ni fuentes; donde ya nada importa tanto. Importan acaso las medias blancas contra los pantalones negros de los mesoneros que, al igual que todos, van de un lado a otro de blanco y negro. Ninguno de ellos va de gris tampoco.
No quisiera acostumbrar el cuerpo a este espacio, aunque tal vez debería, no sé cuánto tiempo me toque estar aquí. De momento, me dispongo a observar las blancas paredes, como tratando de reconocerme en ellas. Trato de acercarme con cautela a la muchedumbre blanquinegra para entender mejor lo que sus rostros afligidos tienen por decir, es probable que sea lo mismo que dice mi propio rostro, pero aun me encuentro lejos, y la muchedumbre no es más que un gigantesco dominó que se va alejando cada vez más. Ya no me preocupo en alcanzarlos.
         Me resulta muy curiosa la manera en que el cuerpo adopta una postura, como si la habitara, y luego jamás quisiera abandonarla. Me inquieta que mi cuerpo se acomode a estas cuatro paredes blancas, blanquísimas, a este piso de mármol abrillantado y que entonces no pueda ya dejarlo. Preferiría quedarme con las largas calles de palmas que hay alrededor del salón, con la avenida ruidosa de nombre pomposo que circunda este recinto casi sagrado. Incluso, preferiría quedarme con la floristería sin dueño que tengo justo al lado, con sus grandes arreglos florales esperando siempre para ser bautizados.  Pero no puedo irme. Acabo de llegar y todavía no he podido descifrar lo que dicen las voces borrosas de los rostros afligidos. Me gustaría poder oír los labios que se mueven, pero ellos están muy lejos, sí, ellos están muy lejos porque yo, definitivamente, estoy aquí. Me gustaría poder oír esas voces mudas que parecen decir «Tranquila, estoy contigo», esas voces sin cuerpo que parecieran pedir a gritos consuelo, pero no estoy segura, no puedo estarlo, están muy lejos ahora. Son como un murmullo de misa de domingo y yo ya no puedo entender nada. No desde aquí.
         No puedo seguir agotando mis recursos. Ya no sigo recorriendo este lugar, ya no trato de reconocer los rostros ni las voces. Alguien nuevo ha entrado a la sala, ha dicho algo y ahora todos responden en un canto sosegado. El rito se convierte en una canción interminable y yo me fatigo cada vez más con cada repetición de esa música divina. Estoy cansada. Quizá sea hora de permitirle al cuerpo adoptar esa postura tan deseada. Quizá sea el momento justo para descansar. He llegado, eso es un hecho. Pero me parece que me perdí de algo en el camino o, mejor, me perdí en algo. Tengo la sospecha de que un evento abrumador ha ocurrido justo antes del momento de mi llegada. Me temo que he llegado después de todo. Incluso, luego del retardo. El acorde final ha sido ya resuelto.  

Fotografía: Alexis Pérez-Luna





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Minificción de los jueves: Eloi Yague Jarque

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Minificción de los jueves: Fedosy Santaella

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Minificción de los Jueves: Gabriel Jiménez Emán

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Minificción de los jueves: Alfredo Chacón

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Minificción de los jueves: Luis Barrera Linares

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El tiempo paralizado de Tannia García


Fotografía: Alexis Pérez-Luna



CIRCE
Ahoga el dolor en cada pócima y brebaje, el corazón no se le recompone con veneno ni almíbar. Cada noche se viste para iniciar la caza, y se pierde en tascas y arrabales. Depredadora en sus cuarentitantos, sufre la ira de su corazón desecho. Los ademanes se le volvieron lentos, como el movimiento del lomo de las bestias. Sigue embrujando a leones y lobos, mientras busca a Ulises en cada cuerpo, en cada mirada.

INFIEL
Se escapó por la ventana. Como era su costumbre, saltó a una cornisa, dio vuelta en la esquina y a unas pocas cuadras entró a otra casa, donde después de comer se quedó ronroneando en los brazos de una mujer, que le reclamaba haber escapado por la ventana la noche anterior.

Perséfone
Ella cree que ha aprendido a jugar en la rueca sin pincharse. Es invierno y  afuera llueve a cántaros, mientras sopesa la mansedumbre del sueño y el peligro de la vigilia. Mamá le ha advertido que más allá de las puertas, en el patio, se oculta en la humedad y el frío, la posibilidad de la enfermedad y la muerte.
La joven ve por la ventana, y en un suspiro desea atravesar la espesura y caminar hacia el árbol de granadas, comer el fruto y  probar la dulzura. Pero hace frío, respirar es difícil. Duelen el pecho y las piernas al caminar cuando tose en un pañuelo blanco y rojo.
Llegan los primeros signos de la primavera y no espera siquiera a que el sol caliente la tierra, y se aventura en un mínimo viaje a través del incipiente verdor. Al final del camino, el árbol se extiende largo y altivo ante ella, cargado apenas de unos pocos frutos aún verdes, que igual se atreve a probar, y es ácido el sabor y seca la pulpa.
Camina de vuelta a la casa y lleva fruta a guardar y flores en botón, pero el invierno, oculto entre las nubes de abril, cae en pesadas gotas empapándolo todo, y ella corre a ocultarse y es difícil respirar. Esta noche, una chimenea no se apaga. Al final del pasillo, se escucha el ahogo, el quejido, mientras una madre lleva y trae vasijas y mantas, aunque no haya esperanza.

El nacimiento de Venus
¿Será el mar lo que oyes dentro de mí, sus desazones?
¿O la voz de la nada, que fue tu locura?

Sylvia Plath

Yo no quisiera morirme de sed, y sin embargo, con todas sus aguas, el mar no me ofrece sino sal. Es difícil terminar el día, llegar al término y no sentir el vacío, ese enorme hueco entre estómago y pecho, sentir que alguien camina por la casa y que es ajeno a mí, que no lo reconozco, que yo me volví esta extraña criatura que quiere fundirse y volverse otra cosa.
La marea no está tan alta, y el sol me da en la cara. Él en su decadencia es perfecto. Rojo y naranja, el cielo se vuelve un infierno de nubes, y aun así, su aspecto es menos inclemente que a otras horas. Todavía lo pienso, si le hubiese dicho antes mis razones, tal vez me hubiese comprendido, pero hablar no es mi fuerte, nunca fui una mujer de palabras, nunca puse los pies en la tierra. Pertenecer es todo lo que quiere un ser humano, pero sólo cuando el fuego quema, cuando una aguja se hunde, cuando la sangre corre, siento la presencia de mi cuerpo, que aún no es agua.
El agua llega  a los tobillos y el cielo ya está gris. La arena se vuelve pesada, y mis pies se vuelven líquido a medida que me adentro, que busco el camino hacia lo profundo. El agua llega a las rodillas y comienzo a pensar en él, en papá, en mamá. Ellos no entenderán a la mujer agua, quieren una mujer de roca, de carne, sujeta a este mundo y a sus cosas, pero yo no puedo morirme de sed y marchitarme a diario sin conseguir llenarme, prefiero vivir el vaivén eterno, por siempre frente a la tierra.
No entiendo a los que dejan atrás una estela de llanto, un montón de sangre en la bañera, o llenan su cuerpo de químicos y lo violentan, volviéndolo algo terrible y grotesco. Para conseguir la paz, uno no puede irse de este mundo sin pasar el proceso de convertirse en algo más, de renacer de alguna forma, de sentir la transición; hacer del acto algo consciente.
El agua oscura llega al cuello y todo mi cuerpo es líquido. Me dejo caer y respiro profundamente mi nueva forma, me mezclo conmigo y con el mar, y las aguas se transforman en algo distinto también, nos volvemos un solo ser. Mar-mujer-océano-cuerpo-agua y sal, uno indistintamente que nacerá mañana. Mi cuerpo es agua.

*

ANTE LA NEGATIVA DE SU MADRASTRA, Cenicienta decidió que ir al baile no era la única forma de ganar la libertad. Esa noche avivó el fuego de la chimenea y acercó sus ropas hasta que los pequeños tizones alcanzaron la tela y empezaron lentamente a propagarse por la alfombra, las cortinas, los muebles, y por ultimo tragarse por completo la casa. Le dio suficiente tiempo de salir con parsimonia del castillo. Mientras se alejaba a caballo, pensaba en que los gritos de su madrastra, y el olor a humo y ceniza, al final se habían convertido en buenos recuerdos.
*

EL CADÁVER FUE ENCONTRADO en la calle Suipacha a primeras horas de la mañana por unos colegiales. Era un hombre joven, unos treinta años. Gracias a los vecinos supe que vivía alquilado hace poco tiempo en ese edificio. Dicen que fue suicidio, porque fue encontrada una carta dirigida a una señora en París de nombre Andrée, que creo es la dueña del departamento en cuestión. Por otra parte, nadie supo aclararme que hacían allí los once conejos que acompañaban al cuerpo.
*

EL TIEMPO SE PARALIZÓ en cuanto se vieron a los ojos. Parados frente a frente, vieron por completo la alegría de su vida juntos: los hijos, los nietos, una muerte placentera. Seguros de haber sido felices, se fueron sin decir una palabra.
*

UN VIEJO PEZ ESPADA salió en busca de nuevas mareas. En el camino, no por falta de pericia, sino por una desgastada vista, mordió un anzuelo. Sin ánimos de rendirse, arrastró durante días y noches a la pequeña embarcación desde donde un hombre viejo luchaba por no dejarlo ir. El pez, cansado de aquella batalla, le propuso al hombre intercambiar cuerpos para que de esa manera ambos tuviesen la oportunidad de darle un último vuelco a la vejez. El hombre hambriento, exhausto y animoso por la experiencia, aceptó. Una vez hecha la permuta, el viejo en el cuerpo de pez nadó,  hizo piruetas, aspiró el oxígeno del agua salada y  fue feliz, sin darse cuenta de que la herida se desgarraba a cada giro y sacudida. El pez en el cuerpo del hombre, observó flotando en el agua la que fue su forma, decidió amarrarla al bote y emprender el camino a tierra. Al llegar, todos observaban el enorme cuerpo del pez del que apenas quedaban pocos tajos de carne a causa de los peligros del viaje. El pez hombre reconoció, por la memoria del cuerpo, cuál era la casa del viejo. Subió hasta la maltrecha choza y se echó a morir con una sonrisa, sabiendo que había ganado el respeto de sus depredadores.
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Sol mayor de Maikel Ramírez

Fotografía: Alexis Pérez-Luna












ADIOS, ZOMBI, ADIOS
         Cuando por la televisión informaron sobre la propagación del virus zombi, mi hermana y yo no pudimos sino maldecir nuestra mala suerte.  Escopeta en mano, salimos al patio para encarar nuestro infortunio con determinación y, me temo, que hasta con aires de nostalgia. No tuvimos que esperar un largo rato para ver su cabeza abriéndose paso entre la sábila que forraba aquella parte de nuestro jardín. Fui yo el primero en apuntar hacia su cráneo, luego lo hizo mi hermana. Fue duro, sobre todo por el método, pero tuvimos que asesinar nuevamente a papá.

PROMETEO EN CADENAS DE ADN
Severa y atroz, la condena del juez pesó en las entrañas de Francisco Vargas, el acusado: lo clonarían para que cumpliera sus años a cadena perpetua.

EL ESPECTRO
De cara a la luz, le horroriza que su sombra se le adelanta. Entonces gira la lámpara y el colorido espectro se desvanece.

CAPERUCITA ROJA RELOADED
“It´s evolution, baby”
(Pearl Jam: Do the evolution)
        
Atribulado por la suerte que correrán la Caperucita Roja y la abuela, el cazador remonta la colina que conduce a la cabaña donde pronto comparecerá el feroz lobo. Sortea con desafuero el río que amenaza con engullirlo hasta su vientre húmedo; aún resta atravesar la maleza detrás de la cual se eleva una humarada proveniente de la chimenea de la casa. De cara al sol, el cazador desenfunda su  rifle radiante y aguza sus sentidos para hacer fuego certero sobre la bestia. Pero dentro de la vivienda encuentra a la pequeña y a la anciana entre agudos sollozos y ceños patéticos, porque, como explican entrecortadamente,  los lobos se han extinguido y ya no podrán proporcionarle un final feliz al consabido cuento de hadas.

EUROPA
Frente a nosotros, el soberbio contorno de Júpiter, y a nuestros pies, una maciza placa de hielo que penetraríamos, según nuestros cálculos, en una semana.  Nuestra misión había aterrizado sobre la superficie de Europa cargada de optimismo ante  la posibilidad de encontrar nuevas formas de vida agazapada debajo de aquella capa congelada. Por mi parte, el entusiasmo, o la ansiedad, tomaba la forma de inspeccionar constantemente el funcionamiento de nuestros sumergibles, cuya capacidad para resistir la presión de aquellas profundidades remotas precisaba la perfección. Descendimos al cabo del tiempo estimado. Interesará saber que allí yacían esqueletos que, de acuerdo a su estructura ósea, podían ser agrupados en pares. Interesará saber, sobre todo, que aquellos organismos flotaban esparcidos dentro de una desconcertante y colosal arca de madera. 

A LAS 6:00 EN PUNTO
         La reaparición de su vieja gastritis hace que hoy llegue a casa tres horas más temprano de lo que suele hacerlo. Por suerte, ha podido aprovechar que un compañero de trabajo lo trajera hasta la urbanización donde vive desde hace apenas un año. “papito lindo”, reconoce la voz de su esposa del otro lado de la puerta, mientras él le da la última vuelta a la llave.  Un beso apasionado sella el feliz recibimiento después de una mañana en la que estuvo aquejado por náuseas y escalofríos que auguraban un posible desmayo. Camina hasta el patio para saludar a su basset hound, que, como siempre, solo para de ladrar cuando recibe las primeras caricias en sus orejotas. Un hueco recién iniciado en el jardín le llama la atención “Sandra y sus plantas”, piensa con ternura. Sigue hacia el dormitorio para cambiarse de ropa, pero antes de hacerlo tiene la impresión de que algo falla con el reloj de pared. En efecto, advierte que las manecillas giran frenéticamente. En los pocos segundos frente al aparato, este se ha movido desde las 3:00 hasta las 4:00. Acerca su boca y sopla con fuerza en caso de que el problema sea una simple acumulación de polvo, pero esto no funciona. Cavila sobre qué hacer mientras la aguja ya apunta las 5:10. Golpea el aparato a ver si alguna pieza floja regresa a su lugar, pero el reloj sigue su obstinada marcha hasta las 5:40. Irritado, intenta forzar las manecillas, pero su fracaso le recuerda a Don Quijote embistiendo los molinos de viento. En un abrir y cerrar de ojos, observa con perplejidad como el reloj marca las 5:55. Así que  decide salir a preguntarle a su esposa qué demonios le pasa a aquel aparato, pero se detiene a penas pisa la puerta, porque ve a su mujer acariciándose impúdicamente con otro hombre en el patio. Al lado de estos, entrevé la existencia de un hoyo profundo y recién excavado. La mujer se aparta cuando escucha un ruido de llaves en la puerta principal, mientras que el hombre se oculta, empuñando un cuchillo. A las 6:00 en punto, él, con el estómago en ebullición,  da el último giro a la llave y ella suelta el dulce saludo “papito lindo”. 

SOL MAYOR 
Afina su guitarra por medio de la vibración que suelta cada una de las seis espigadas cuerdas, mientras que su nave sigue la trayectoria programada desde hace meses. Tras un repertorio de canciones nostálgicas que le recuerdan a sus padres, decide ejecutar la canción de Oasis que tanto lo devuelve a su adolescencia, Don´t look back in anger. Un breve titubeo es el preludio para iniciar con un DO hasta terminar la introducción con el FA (disfruta esta parte porque sabe que es un descarado calco de la obra maestra de John Lennon, Imagine). Su charrasqueo se aviva cuando arquea sus dedos nuevamente para posicionarlos en el acrobático DO y la pajuela transita sin estorbos las cuerdas de su encorvado instrumento musical. Pero ahora con terror se percata de que no podrá evitar el SOL mayor. Entiende que, por mucho que se esfuerce, es demasiado tarde para evadirlo.  Con desaliento, se resigna al hecho de que no hay forma de escapar de él. Reconoce que frente a sí aguarda un infausto desenlace. Horas después y en apenas unos pocos segundos,  el intenso calor arropa la extraviada nave y borra su cuerpo hasta lo imperceptible. Al cabo de un rato, no habrá ningún eco de la conocida melodía del grupo británico por aquel universo.






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Historias chinas de Rafael Cadenas

Amados súbditos ­ha dicho el emperador­, ante todo defiendo la unidad de mi reino. Una sola manera de pensar es lo único que la garantiza. Mi misión es protegerlos de la nefasta diversidad. Por eso he proscrito la discrepancia. Ustedes y yo formamos un solo cuerpo que puede parecer monstruoso, pero nadie podrá vencerlo.
Es para salvarlos de influencias de los malos espíritus que he resuelto privarlos a ustedes de su libertad y, de paso, para que así aprendan a amarla, pues este es mi objetivo, en el futuro. Esta medida, aunque de momento parezca absurda, los hará libres.
Sé que a los más mi decisión no les preocupa, antes bien lo tienen a dicha, porque les quito un peso insoportable de sus hombros. Sólo algunos letrados echan de menos la libertad, pero eso es asunto desatendible.
Una última notificación: Entre mis súbditos hay fanáticos que me siguen al pie de la letra. Ellos quieren ensangrentar mi reino, que es como enrojecer el cielo, pero les he dicho que esperen, pues todo tiene su kairos, su momento, su sazón, como nos enseña el libro de las mutaciones.
Semejante impaciencia era esperable, pero estoy a la mira. Si se exceden, sé cómo desbravar rebeldes: con retirarles mi favor, basta.

*

Un rasgo que señala al emperador es que no puede vivir sin enemigos. Los ha exterminado a todos mediante un método muy eficaz: suele fijarles un plazo para que se suiciden voluntariamente, pero no se sacia. Necesita otros nuevos.
Consíganlos ­exclama­ y sus ministros se afanan en encontrarlos. Tarea imposible porque ya no quedan. Como creen que alguien puede acusarlos, entran en pánico, y éste los lleva a buscarlos entre sus más leales servidores, pues temen que la ira del emperador pueda volverse contra él mismo y lo despedace.

*

El Emperador imparte sus órdenes como el dios de esos horribles cristianos, mediante el modo imperativo, lo que inquieta a su corte, dado que apunta a una identificación peligrosa. Constrúyase ese puente ­grita­ y ocurra o no el hecho, sus dóciles funcionarios aplauden hasta quedar extenuados.
Se ha sabido años después que la construcción fue interrumpida.

*
Las órdenes del Emperador truenan según su antojo a cualquier hora. Como duerme poco, casi siempre son de madrugada. De ahí que tampoco deje dormir a sus ministros, lo que le ha granjeado su oculto malquerer, pero nadie protesta.
¿Quién puede oponerse al elegido de la historia? Para colmo, los aduladores lo han convencido de que él salvará el mundo, exorbitancia que puede dar al traste con su poder.

*

El hijo dilecto del cielo ha decretado el amor. Piensa imponerlo por la fuerza.
Ámense, es la orden de uno de sus edictos.
Sólo así escaparán al castigo cuya aterradora variedad vuelve afectuosos a los más reacios: picota, estiramiento, decapitación. Para unir a sus súbditos está dispuesto a todo, pero lo más desalentador es que éstos, en lo tocante a su crueldad, no sólo transigen: lo convierten en ídolo.

*

A los letrados taoístas ­afirma­ les ha dado por combatir mi reino, porque creen, sin fundamento, que tengo una propensión irresistible a guerrear. En rigor, mis decretos se enderezan a preservar la paz entre mis súbditos separando los malos de los leales, y con las naciones, combatiendo las que no compartan mi visión. Esta política está en consonancia con las leyes del cielo. En mi dominio no existe oposición, fue eliminada para asegurar precisamente la convivencia. Por eso, esta saludable medida ha tenido un apoyo espontáneo debido al temor general.
Sólo esa minoría que no comprende mi lucha por el bien, se empecina en lanzarme ataques malévolos, pero yerra, terminará por ayudarme a imponer la verdad.
*

Aunque en chino no existen tiempos verbales como en esas odiosas lenguas occidentales, el hijo del cielo piensa sobre todo en el futuro. Gracias a la opulencia de su reino, aspira a colonizar otras naciones, con el fin humanitario de llevarles la felicidad de que goza la suya. Piensa convencerlos de su verdad mediante la fuerza.
Para lograrlo cuenta con su ejército de arqueros tan diestros como los mongoles.
Estos, debe recordarse, parecían invencibles, y sin embargo sucumbieron, pues todo poder aunque suele protegerse más de lo necesario, es efímero. El Emperador lo sabe, pero afecta ignorarlo; si no, ¿cómo podría vivir? Esquivar el sinsentido, que conduce a la nada, es una razón de Estado.

*

Los letrados han propuesto que se retire del diccionario la palabra enemigo, pero ni los sacerdotes estuvieron de acuerdo.
Ellos la necesitan para espantar los demonios de la heterodoxia.
¿De qué iban a vivir los exorcistas? Los generales ni consideraron el asunto. Su existencia depende de tan venenosa palabreja. Si no hay enemigos es necesario crearlos con relatos sobre amenazas inverosímiles. De eso se ocuparían los escritores y poetas cortesanos. Si no resultan creíbles, el encargo pasará a manos de los cronistas que lo aderezarán con datos verídicos, pero interpretándolos sesgadamente para poner el pasado al servicio del Emperador.
El Emperador hasta asegura que puede salvar a la humanidad como ha hecho con su país, pero tal exorbitancia es tan inédita en sus avales que apenas los súbditos más devotos le creen, o tal vez sólo fingen.
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