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Infierno de Laura Nicastro


INFIERNO  
En una mañana soleada sus multicolores alas de terciopelo se agitan, inquietas, dentro del frasco. Intenta volar hacia la luz, pero la pared transparente se lo impide. Una tapa le frena el ascenso. De pronto, por arriba, entra una ráfaga de aire y una gota enorme cae sobre su cabeza. En medio del insoportable ardor recuerda cómo, alguna vez, acercó un fósforo a la larga cabellera de la mujer.

Fotografía: Alexis Pérez-Luna
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Final tácito de Laura Nicastro

Foto de Alexis Pérez-Luna
 
FINAL TÁCITO
Cuando la fiesta de bodas terminó, los consortes tomaron sendas cabalgaduras, guantes de halconería y algunos lebreles. Al tiempo regresaron a palacio con sus morrales repletos de piezas cazadas. Entrambos degollaron las presas, las hundieron en agua hirviendo para desplumarlas o pelarlas, las abrieron al medio y las despojaron de sus vísceras. Las dejaron reposar durante unas cuantas horas en un aderezo de laurel, pimienta de Indias, eneldo, enebro, vino espeso, abundante sal. Después las asaron sobre un fuego de leña.
Cuando los recién casados, exhaustos y famélicos, se sentaron a comer, recordaron la sentencia “y fueron felices para siempre y comieron perdices”. Nunca hubieran imaginado que ser felices implicaría tanto trabajo ... por toda la eternidad.
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Microficciones de Laura Nicastro


MINOTAURO
A veces, cuando en la penumbra de algún atardecer la luna del espejo me asalta a traición, distingo el brillo de la locura en su reflejo azogado. Inclino sus aletas laterales hasta que rozan mi cabeza. La imagen se multiplica en infinitos túneles verdosos.
Acomodo la más aguda piedra que imaginar pueda entre los pliegues de mi túnica blanca. Mi corazón es un ave frenética de miedo.
Oigo sus cascos que se acercan desde el final del túnel. Ya veo su testa bicorne, su belfo, me huele.
Tiemblo.
El Minotauro se excita. Trota.
Lo espero sin moverme.
Apunto a su frente, sin respirar, para no errar el blanco.
Voy a lanzar la piedra.
Vacilo.
Silencio.
Abro las aletas del espejo y el brillo temido desaparece, se pierde en los túneles.
Una ojeada plana descubre el límite del delirio.
Temo que algún atardecer olvide cómo se abren las aletas del espejo y quedemos, el Minotauro y yo, del mismo lado.

ZORRO ZORRO
Había un zorro al que le gustaba merodear por las huertas a la hora de la siesta. Una tarde encontró una vid cuyas uvas estaban en sazón. Se paró sobre las patas traseras y se estiró al máximo para alcanzarlas, pero estaban muy altas Intentó un salto, y después otro, y otro más. Fue en vano, no llegaba.
La vid, compadecida del zorro y en medio del crujido de la madera y de la resistencia de los zarcillos que permanecían adheridos al espaldar que la sustentaba, dobló su tronco. Perdió unas cuantas hojas y racimos pequeños, pero el zorro pudo saciar largamente su sed.
Cuando por fin terminó, mientras se relamía el hocico, dijo:
- ¡Qué lástima! Creí que serían más dulces.

GASTRONOMÍA
- Quiero un bife que esté bien a punto –solicitó el gourmet a la mesera.
El chef salió de la cocina, puso el plato con el bife frente al comensal, levantó la escopeta, apuntó y le pegó un tiro.

UN TROPEZÓN EN LA VIDA
Don Tomás levantó la vista y tropezó. Él, ya tan poco afecto a admirar al género femenino, quedó impactado. La muchacha avanzaba hacia él envuelta en un vestido de gasa floreada que la transformaba en flor. Su andar, su figura, le resucitaron una emoción olvidada hacía mucho.
Decidió esperar a que ella pasara para comenzar una conversación. Pero ¿cómo? Quizás después podrían volver a encontrarse, salir (la esperaría en la puerta de calle con un ramo de rosas), tal vez una cena (imprescindible con velas, un ventanal frente al río), presentarla a su círculo familiar. Necesitaría un período de adaptación generacional a todos ellos, claro. Y casarse (pensó), optar entre una fiesta íntima o no, ¿dónde sería la luna de miel?. Tendrían hijos (tres varones y una mujer, sí, eso), él debería comprar una casa nueva (jardín sí, nada de perros ni de gatos, no señor), habría rutinas escolares, fiestas infantiles (le convenía reservarse un rincón inaccesible en la nueva casa), carreras profesionales (podría tramitar becas), nietos...
Ella estaba a medio metro y él no sabía cómo encararla. De pronto, quitándose el sombrero, atinó a preguntarle:
- Señorita, ¿usted juega a la quiniela?

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* Foto: Minotauro fuera de su laberinto. Fabián Risso
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