Recordando a Juan Filloy, a diez años de su partida
Por Graciela Tomassini y Stella Maris Colombo
Al cumplirse el décimo aniversario del fallecimiento de Juan Filloy (1894-2000), queremos ofrecer, a modo de homenaje, un sucinto balance de su meritoria aportación al desarrollo de la narrativa argentina. Según hemos explicado en nuestro libro Juan Filloy: libertad de palabra. Textos críticos y antología (Rosario, Ed. Fundación Ross, 2000), el mítico escritor cordobés trazó señeros rumbos en ese ámbito. Dado que a nuestro entender sus mayores innovaciones temáticas, expresivas y narratológicas se concentran en las obras publicadas en la década del ’30, dedicaremos especial atención a ese tramo de su escritura en el que destacan tres insoslayables novelas y dos libros de atípico perfil pródigos en miniaturas textuales que desde el presente horizonte de lectura pueden considerarse como antecedentes de la actual minificción.
Las novelas de la década del ’30
Juan Filloy publica sus tres primeras novelas en una de las décadas más críticas de la historia argentina, no en vano llamada “infame” pues con ella se inicia en el país el ciclo histórico de los gobiernos de facto, respaldados por los intereses de un “patriciado” aliado a consorcios internacionales cuyo poder se asegura mediante la represión, la persecución y ejecución de los opositores. Con el ascenso de Justo al Ejecutivo se pone en escena una “democracia ficta”, garantizadora de los pactos de dependencia (Ottawa, 1932; Tratado Roca-Runciman, 1933). Buenos Aires adquiere, mediante el ensanche de avenidas, la construcción del obelisco y la implantación del transporte público, una fachada de ciudad cosmopolita y progresista, mientras el interior agoniza bajo una política dirigista que favorece a los intereses monopólicos. Este contexto socio-político está inscripto en una formación discursiva signada por la paradoja: el fraude puede ser presentado como “patriótico”, la trampa, la evasión y la doble contabilidad pueden tener estatuto legal. Tal es el horizonte de las grandes novelas filloyanas de la década del ’30: ¡Estafen! (1932), Op-Oloop (1934) y Caterva (1937), las que constituyen, a nuestro entender, la más lograda y memorable contribución del autor cordobés al género. Las tres tematizan una lectura palindrómica de la realidad, al derecho y a la inversa, propia del ironista que descentra su lugar de enunciación a fin de percibir mejor las contradicciones que atravesarán su escritura. En las tres, la construcción de lo real está mediada por el discurso de personajes excéntricos, cuya marginalidad obedece más a un desplazamiento consciente y calculado que a la condena social.
La marginalidad como espacio literario es, como afirma Beatriz Sarlo, un tópico formal e ideológico de gran relevancia en los años 20 y 30, no sólo troquelado en las representaciones realistas de Enrique González Tuñón, Leónidas Barletta o Elías Castelnuovo sino también en la invención de una mirada sobre la tradición nacional y el canon europeo, como la de Borges. El margen en las novelas de Filloy participa tanto de lo representacional cuanto de lo simbólico. Sus personajes, vagabundos en sentido geográfico y social, hacen de esta doble desterritorialización el fundamento de su autoridad crítica. Si bien pueden ser fracasados, como los integrantes de la “caterva”, no son sujetos atrapados en su circunstancia sino capaces de decisiones argumentativamente fundadas. A diferencia de los personajes arltianos, dueños de saberes poco prestigiosos, los de Filloy ostentan una refinada enciclopedia: citan a los clásicos, dominan lenguas y códigos diversos y exhiben habilidades técnicas de nota: el Estafador es un experto en argucias legales, Op-Oloop es un minucioso estadígrafo, Longines es un hábil criptógrafo, y todos ellos manifiestan en las citas y alusiones diseminadas en sus discursos, una apreciable competencia en diversos campos del saber. En suma, su marginalidad es la del outlaw, que se sustrae concientemente al dominio de la ley y el orden social. Sus trayectorias narrativas son tragicómicas: trágicas, en tanto cada uno arrastra consigo su hamartía –la ambición desmedida, el escrúpulo maniático, el vicio y la sensualidad del placer corporal o del dinero- pero la transgresión que en cada caso determina la desterritorialización de estos personajes no hiere una ley superior a ellos mismos, sino una ley subalterna y espúrea: el cuerpo de convenciones y prescripciones destinadas a resguardar los mecanismos del poder y a quienes los detentan.
Esta condición se evidencia especialmente en ¡Estafen!, y en las meditaciones de su protagonista, un delincuente profesional que se autodefine como “esteta del delito”, sobre problemas que todavía, en pleno tercer milenio, nos inquietan: la dependencia de la justicia respecto del poder político, la corrupción de quienes la administran, la autoridad de los jueces, la validez de ciertas leyes apoyadas sobre la fictio juris de un pacto social que deja a la intemperie a muchos sectores de la sociedad. En tiempos en que resultaba imperativo trazar en la escritura modelos de identidad nacional, ¡Estafen! explora sus fracturas: la cárcel donde transcurre casi en su totalidad la acción novelesca se propone como un espacio simbólico que invita a pensar las estructuras y las relaciones sociales de la Argentina de la década infame, no ya desde la capital sino desde el interior provinciano, con sus propias modalidades de exclusión cultural. En la contradictoria urdimbre de sus meditaciones, el Estafador –lo mismo que los aventurados linyeras de Caterva- construye la ilusión de un sujeto cultural, el intelectual moderno, en quien dialogan y polemizan distintos modelos interpretativos: el positivismo lógico, el darwinismo social, el nacionalismo conservador, las proclamas libertarias del anarco-sindicalismo, las utopías del liberalismo (el self-made man) y del socialismo soreliano (la sociedad justa e igualitaria, la abolición de la propiedad privada que hará inútiles las cárceles y los códigos penales), la moral sin dogmas de Emerson e Ingenieros, el vitalismo de Ortega, el cuestionamiento radical de todos los valores por Nietzsche.
Podría decirse que en la escritura de Filloy se entrecruzan dos vectores o fuerzas de transformación estilística que enmascaran los hiatos entre los distintos discursos que polemizan en el texto. De una parte, hay una escritura minuciosamente consciente de su propia condición artística y específicamente “literaria”; de otra, una marcada tendencia a hacer del texto narrativo un territorio de libertad donde caben la exploración y el juego. Es probable que el lector actual de Op-Oloop o de Caterva perciba, por momentos, los pliegues de su estilo: ese choque, a veces estrepitoso, entre clasicismo y exceso, sujeción y libertad, férrea voluntad de estilo y vitalidad transgresora. Su prosa no desecha el exotismo modernista, la imaginería de poderosa sensorialidad, una sintaxis escandida en períodos rítmicos. Su lenguaje es proclive a los refinamientos de un léxico para filólogos. Al mismo tiempo, incorpora técnicas vanguardistas de vario cuño: la imagen expresionista, el juego metalingüístico y humorístico de la greguería, el juego verbal –como el palíndroma en ¡Estafen!-, la furiosa desacralización del cuerpo y el ataque a la moral sexual convencional. Ninguna escritura precedente llega tan lejos en la manipulación literaria de los géneros del discurso oral, aún los vinculados con las prácticas y los rituales de la intimidad humana: el discurso no eufemístico sobre las funciones y sensaciones corporales (ingesta, deyección, sexo); el discurso festivo ligado al ocio, con inclusión de chistes picarescos y anécdotas zumbonas; el intercambio gratuito de pullas y pseudo insultos que caracteriza a los juegos, típicamente masculinos, de competencia verbal coprológica. Estas formas del discurso no están orientadas a la demarcación de niveles socio-culturales entre los personajes o entre éstos y el narrador; esta función la desempeñan recursos ya legitimados en el paradigma literario de producción, como la transcripción fonomimética y el pastiche burlesco. Pero la franca incorporación del lenguaje de lo bajo corporal constituye, en las novelas de Filloy de la década del ‘30, un nuevo instrumento de producción textual que sólo sería puesto en juego en la novela a partir de la década del ’40 con Marechal, y legitimado por el sistema mucho después.
Notablemente, la yuxtaposición de las formas discursivas heterogéneas que hemos enumerado escuetamente, otorga a la prosa de Filloy un régimen cómico-serio que vincula sus novelas con otras, centrales en el canon rioplatense, como Adán Buenosayres y Rayuela. No de otra manera las voces acalladas, los textos subterráneos, transforman, de manera imperceptible pero cierta, los sistemas.
No sabemos si Filloy se perfila, con estas novelas, como el “progenitor de una nueva literatura americana”, según opinaba Alfonso Reyes, pero es seguro que “esta especie de Rabelais de excursión por los indios ranqueles” –como lo pinta Jorge Torres Roggero- merece el estudio sistemático y comprensivo que su obra todavía aguarda.
Otros cauces de la escritura filloyana
La novela no fue el único territorio transitado por Filloy, cuya desbordante imaginación se derramó en casi todos los géneros y formatos, tanto canónicos como marginales o carentes de prestigio e, inclusive, en algunos de su personal invención. Para dar forma al medio centenar de volúmenes producidos a lo largo de siete décadas –muchos de ellos, inéditos- Filloy apeló a una rica gama de matrices genéricas; es así como su copiosa obra incluye –además de novelas- numerosos cuentos, nouvelles, artículos, ensayos, baladas, elegías, sonetos, “monodiálogos”, una obra de teatro, miles de palíndromos y hasta un tratado de palindromía.
La extensa obra de Filloy también alberga algunos libros cuya notoria hibridez los torna reacios a los encasillamientos convencionales: uno de ellos es Periplo (1931), reconstrucción literaria de un viaje por Europa y Oriente Medio. Se trata de su primer libro, con el que inaugura una poética a la cual guardaría fidelidad a lo largo de su dilatado quehacer escriturario, pese al riesgo de que algunas de sus opciones estéticas resultaran anacrónicas. Desde esa instancia inicial, su escritura exhibe desprejuiciadamente rasgos de ascendencia parnasiana -patentizados en el enjoyamiento del lenguaje, la plasticidad de las imágenes, el imperio de lo visual- entrecruzados con la asimilación de experiencias vanguardistas alentadoras de una visión antisolemne, transgresiva y desautomatizadora de la percepción habitual de lo real. El singular perfil de la escritura de Filloy también resulta tributario de su afición por la precisión terminológica y por el derroche de datos eruditos, como así también de su voluntad por explorar en toda su dimensión la riqueza léxica de nuestro idioma, sin exclusión de términos soeces, proscriptos entonces por la pacatería reinante entre los escritores de su tiempo, incansablemente denunciada por Filloy. Faltaría agregar que en Periplo ya se manifiesta con nitidez la condición de sagaz ironista que atraviesa la trama total de su escritura, investida de un insoslayable espesor crítico. La ironía filloyana tuvo como blancos privilegiados los males que consideró responsables del envilecimiento del hombre y la sociedad contemporáneos: la inautenticidad, el mercantilismo, la tendencia del hombre moderno hacia la masificación, la ausencia de ideales, la pérdida del espíritu de aventura, el imperio de la injusticia, la corrupción de los gobernantes, las imperfecciones de los sistemas de gobierno.
Otro atípico libro filloyano es Aquende. Sinfonía autóctona (1935), concebido globalmente como una partitura sinfónica –según preanuncia el subtítulo- y escrito en una prosa de exacerbada musicalidad. Es sabido que en el escenario de crisis y desconcierto en medio del cual aparece este libro inclasificable, cobra renovado vigor una veta literaria cuyas raíces se remontan al Facundo sarmientino, caracterizada por la presencia de una constante temática: la consideración de la Argentina como objeto de elucidación o como problema, desencadenante de indagaciones vehiculizadas tanto por vía del ensayo como de la ficción. A lo largo de la década del ’30 Raúl Scalabrini Ortiz, Ezquiel Martínez Estrada, Eduardo Mallea, Arturo Jauretche inscriben reconocidas aportaciones en ese terreno, a las cuales también habría que sumar Aquende. Pero, dado que en ese libro el citado afán elucidatorio se conjuga con una exaltada celebración de la magnificencia geográfica de la Argentina, el volumen resulta filiable, asimismo, a la línea creativa en la que se enhebran las Odas Seculares lugonianas, el Canto a la Argentina de Rubén Dario, un olvidado poemario de Martínez Estrada –Argentina, 1927- y posteriores indagaciones poéticas orientadas hacia la revelación del “signo geográfico y espiritual” del país, como propusieron nuestros poetas del ’40. Es en esa doble coordenada donde cabe contextualizar Aquende, un libro bifronte donde halla despliegue una representación que se pretende integral de la Argentina, construida mediante la alternancia de dos miradas fuertemente contrastivas: de una parte, una visión encarecedora del paisaje y de quienes realizaron aportaciones dignas de reconocimiento; de otra, una visión con matices pesadillescos, crudo registro de un itinerario ficcional por ciertos tramos sombríos y controvertidos de nuestra historia.
Entre los múltiples recorridos de lectura que tolera la obra filloyana no puede soslayarse el que propicia la correlación entre Periplo, Aquendey un libro posterior: Urumpta (1977), integrado por una constelación de microensayos histórico-sociológicos. Atravesados por la isotopía del viaje –ya en el tiempo, ya en el espacio- los tres volúmenes pueden ser computados como hitos significativos en el itinerario vital y estético de Filloy. Así, mientras el libro inicial registra un desplazamiento en dirección centrífuga -un viaje por los países de la cuenca del Mediterráneo desde donde Filloy regresará munido de una experiencia prestigiosa, cuya fijación por la escritura lo habilitará como escritor- Aquende despliega un relevamiento poético integral de la Argentina, mediante una inmersión en los pliegues de su geografía, en la idiosincrasia de sus habitantes y en los avatares de su devenir histórico –ficción mediante. Finalmente, en Urumpta, Filloy concentra su mirada en un punto del interior cordobés: Río Cuarto, su recóndito lugar de residencia durante la mayor parte de su vida, desde donde emprende un “vuelo retrospectivo” con el que cubre reflexivamente cinco siglos de historia regional. Así considerados, Periplo, Aquende y Urumpta pueden leerse como testimonios de las diferentes etapas de una travesía signada por la progresiva consustanciación con la realidad vernácula, por parte de este escritor que supo realizar calas penetrantes en cuanta porción de lo real privilegió con su mirada, enriqueciéndolas mediante la recreación ficcional o problematizándolas a través de su agudo ejercicio especulativo.
Considerados desde otra perspectiva, los tres volúmenes se relacionan por compartir similar principio constructivo: todos progresan por acumulación de series integradas por multitud de breves composiciones en prosa relativamente autónomas, cuyo sentido se completa a la luz de la macroestructura que conjuntamente diseñan. Los microtextos que conforman Urumpta son en su mayoría de carácter expositivo-argumentativo, mientras que en Periplo y Aquende prevalecen los de trama narrativo-descriptiva. Desde el presente horizonte de lectura, muchas de las piezas reunidas en ambos volúmenes pueden considerarse como antecedentes de la minificción. Concebidas sin la conciencia de género que asiste a los actuales cultores, las brevedades filloyanas exhiben sin embargo muchos de los rasgos singularizadores de la escritura minificcional de nuestros días: concisión; hibridez, gusto por el final sorpresivo, la reflexión paradojal y los juegos de lenguaje; tendencia hacia la reescritura; recurso a la ironía y el humor; visión escéptica y desencantada de la existencia. Resultan especialmente destacables muchas de las breves composiciones que integran las secciones de Periplo rotuladas “Film documental” –donde abundan piezas deudoras de la greguería en alternancia con otras próximas al aforismo- y “Raid en Tierra Santa” –sección en la que es posible relevar auténticos microrrelatos de impecable resolución, en los que suelen hallarse entramadas insólitas reflexiones rebosantes de ironía. Al igual que las actuales microficciones, muchos de estos concentrados textos filloyanos entrañan un gesto transgresivo orientado a subvertir valores y creencias arraigados en nuestra cultura o a demoler visiones estereotipadas de la realidad.
Muchos años más tarde Filloy volvería a dejar muestras de su afición por el relato breve en Gentuza (1991), donde presenta una galería de pintorescos personajes de variada extracción social, estigmatizados por la malevolencia, la desidia, la deshonestidad, entre muchas otras lacras denunciadas con ácido humor.
Para finalizar, transcribimos algunos breves textos tomados del primer libro filloyano, Periplo (Bs. As., Impr. Ferrari Hnos., 1931; Cuenco de Plata, 2007). La paginación corresponde a la lera. edición.
SIMBOLOS
Jesús amaba la vida y sintió dejarla. Pero la Escritura lo había tomado como símbolo… ¡Qué broma!
Oíd cómo titubea en la noche de la agonía mientras los discípulos roncan bajo los olivos.
-Padre mío, si es posible pase de mí este vaso. (La angustia le ahoga).
-Padre mío, si no puede este vaso pasar de mí sin que lo beba, hágase tu voluntad. (La impotencia gime redimida).
Sócrates amaba también la vida, pero puso la conciencia en cosas superiores a la materia. ¡Qué símbolo de serenidad! Ya está lista la copa de cicuta. Critón sale compungido. Apolodoro rompe en sollozos.
-“¿Qué es eso, amigos?”- les increpa dulcemente. Y arrima a sus labios la poción que los enmudece. (pp. 78-79)
* * *
ENCUESTA
Monte de los Olivos. Salimos de una capilla que explotan monjes franciscanos. Un bello pavimento de mosaico del tiempo de los cruzados es su mejor presea. Y el mérito esencial, estar edificada en el paraje predilecto de predicación del Redentor.
Un compañero, ya saturado de leyenda, pregunta:
-¿Qué personaje de la Biblia les gustaría encarnar a ustedes?
Todos responden. De improviso me asalta el recuerdo de que aquí, precisamente, aconteció el episodio de la adúltera, y contesto:
-Yo quisiera encarnar uno que, en realidad, no figura en ella: el hombre sin pecado que no quiso arrojar la primera piedra… Fue un fariseo de exquisito dandismo… ¡Qué heroica elegancia la de su virtud! Prefirió el escarnio de los siglos, bajo un tenue escudo de silencios, a hacer quedar mal a Jesús… (pp. 101-102)
* * *
Teje un echarpe interminable la pasajera del camarote de lujo. Teje con la beatitud de un alma obesa. De vez en cuando suspira como un fuelle y teje que teje… Hace diez años la abandonó el esposo. No tiene pretendientes… Se trata de un caso de “penelopismo” puramamente amateur… (p. 119)
Camila siempre cambia de parecer. Se viste de blanco y luego lo odia, manchándolo con las ciruelas que acaba de comprar. Hoy, por primera vez, amaneció decidida, con su maleta rellena, casi lista para partir Al norte de Italia. Pero la sensación de los minutos, que se aprovechan de su impaciencia, le dicen que ya no viene. Nadie viene por ella, nadie la espera allá.
Ahora, muy resuelta, se rompe ella misma en pedazos, corte a corte, contra la pared (algunos vecinos tocan la puerta. No me atrevo a ver quién es). Antes, Camila, ha vaciado la maleta y al terminar de fracturarse, hace que su hijo la meta dentro de la misma y luego la abandone en algún lugar público para que alguien la lleve, la aleje, la repare.
Hasta hoy la maleta sigue ahí, sólo que día a día le falta algo: un hueso, un trozo de piel, un dedo. Siempre falta. Podríamos casi asegurar que no ha sido la misma persona que se ha llevado los trozos, por lo tanto ella debe estar feliz en todas partes.
Camila ha vencido el exilio, ha partido.
EL PROFESOR DE ÉTICA
En una universidad, donde por algún tiempo fui alumno en una carrera humanista, había un Profesor de Ética que era un gran académico. Curiosamente en la cúspide de su carrera y cuando aún tenía mucho para brindar a las nuevas camadas de estudiantes, renunció y se fue a vivir en una pequeña localidad rural.
Hace poco tiempo me lo encontré en la calle y no pude aguantar mi curiosidad.
-¿Por qué dejó de enseñar Ética? – Le pegunté
-Es muy simple – contestó - Cuando supe que algunos de mis mejores discípulos, que habían llegado a ser autoridades o burócratas del gobierno, miembros de los gabinetes ministeriales y funcionarios judiciales, no se diferenciaban en nada de aquellos a los cuales criticaba durante mis clases y que habían sido seducidos por la corrupción imperante en nuestra sociedad, me di cuenta que había perdido la batalla contra el sistema y que ya no me quedaba nada por hacer. Entonces decidí retirarme.
Me despedí apresuradamente y me marché casi a la carrera. No quería que me preguntara en que andaba trabajando por estos días.
SUEÑO
Despierta empapado en transpiración y con el corazón desbocado. Acaba de tener un sueño espantoso. Soñó que la muerte llamaba a su puerta. Todavía aterrado y temblando camina hacia la cocina, abre la heladera y se sirve un vaso de agua. Agradece el haber despertado.
En ese momento alguien llama a su puerta.
En el mes de Junio se analizó el artículo de David Lagmanovich: Por qué escribimos y leemos minificciones. Los miniensayos recibidos se pusieron a la consideración del maestro David, quien nos remite el siguiente veredicto:
He recibido los materiales y te envío al respecto un pequeño informe. Se refiere a las contribuciones firmadas por "Sapo", "Gremlin", "Eneas", "Richard Densmore", "Welly" y "Moebius".
* * *
En primer lugar, noto el interés por la pregunta, pero al mismo tiempo una incapacidad general para acceder al discurso crítico. De esa manera, varias de las respuestas se reducen a la glosa de situaciones personales: "nunca había pensado en eso", "mi especie desconocía su existencia", etcétera. Esa actitud lleva a una visión parcial de la cuestión, a la inclusión de consideraciones ajenas al tema, o directamente al absurdo, como en el texto titulado "Microrrelato vs. sopa instantánea".
Todo esto sugiere la conveniencia de prestar alguna atención a las características de la prosa académica, en la que normalmente se formula el discurso crítico. Al decir "prosa académica" no me estoy refiriendo a una expresión pedante o engolada, sino a un discurso claro y a la vez exacto, que ignore las contorsiones en favor de la llaneza de la expresión. Hay un ejemplo eminente en la patria de estos escritores: Alfonso Reyes.
En otras palabras, no hay que confundir la prosa de la exposición crítica con la prosa (y el verso) de la expresión artística. Esta distinción resulta fundamental cuando se comienza a escribir, y también cuando se está entrando en un nuevo género.
Para pasar ahora a algunos casos individuales, en el escrito de "Sapo" lo más interesante me parece lo que él considera su tercera respuesta: la nueva pregunta sobre si existen lectores "puros". Este párrafo (aunque no conteste la pregunta formulada) merecería ser aislado, explorado en sus diversas dimensiones, meditado, y entonces reescrito en la forma de un breve ensayo crítico.
El trabajo de "Gremlin" es demasiado vago y padece de las limitaciones de un estilo confesional, que también alcanza innecesarias cumbres en el escrito siguiente, el firmado por "Eneas".
En cuanto al trabajo firmado por "Richard Densmore", elude toda respuesta inteligible sustituyendo la reflexión crítica por una exposición de sus propios microrrelatos. Es como decir: "aquí están mis escritos, estúdienme". Pero no era ese el sentido del ejercicio propuesto.
En lo que se refiere a la contribución de "Moebius", me parece la más promisoria del grupo, aunque en mi opinión el autor debería replantearse el problema y centrar su exposición en la pregunta formulada. Como en otros casos, muestra una tendencia a irse por las ramas, pero es el de lectura más interesante en todo el grupo.
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Un cordial abrazo, == David
El miniensayo ganador es el siguiente:
Nerdad V - ¿Por qué leemos y escribimos microrrelatos? Autor: Moebius.
Parodiando el hipertextual microrrelato de José de la Colina “La culta dama”, sobre la ilustrada señora que aseguraba haber empezado a leer ya “El Dinosaurio” de Monterroso, ¿cuántas veces habremos releído nosotros el célebre cuento del guatemalteco en nuestra imaginación? De todo puede haber en la viña del señor, pero me cuesta imaginarme a alguien que, aburrido, abandonó al llegar a la mitad. Como tampoco creería a nadie que me venga a decir que ya está por el quinto fascículo de la minificción del mexicano.
Creo que la ironía con la que José de la Colina retrata a la dama ¿lectora?, puede servir para ilustrar mi reflexión. Yo pienso que al escribir microrrelatos estamos también seleccionando la clase de lector a la que queremos llegar, nos estamos dirigiendo a alguien que “habla nuestro propio idioma”. Y con eso no me refiero a que hable nuestra propia lengua, sino que está (o puede llegar a estarlo) en nuestra misma órbita mental. El lector que necesitamos es aquel que va a poder captar (o al que nosotros seremos capaces de hacerle captar) la ironía, el retruécano, el guiño cómplice y esa condición de la literatura brevísima que –como señala David Lagmanovich en su artículo- “disminuye(n) toda descripción hasta convertirla en insinuación.
Algo parecido ocurre cuando nos comunicamos con las personas. No elegimos las mismas palabras de nuestro idioma si estamos hablando con alguien que es de nuestro mismo ámbito mental, social, ideológico, generacional, o, si lo hacemos con alguien que pertenece a otro contorno lingüístico y emocional. No emplearemos las mismas metáforas, ni los mismos dobles sentidos, ni dejaremos las frases a medio completar, ni nos valdrá un gesto de la cara o de manos para terminar una frase si nos estamos comunicando con aquel amigo de la infancia de nuestro mismo pueblo, que si las conversación la estamos manteniendo con una persona que nos habla en nuestro idioma pero con un acento extranjero. Por lo menos, no será igual si lo que pretendemos es comunicarnos con esa persona. Observaremos entonces, que las frases deben ser más largas, las explicaciones más razonadas, la metáfora o el refrán no sirven (o, en el mejor de los casos, hay que completarlos), y en definitiva, todo se hace más extenso. Nada que ver con la rapidez, la exactitud de un giro de palabra, la visibilidad expresiva de un gesto.
Resumiendo, creo que leo y escribo microrrelatos por un asunto de familia, para disfrutar entre amigos y para comunicarme “desde” y “hacia” mis iguales
------------------------------------------------------------------------------------------------- Los invitamos a participar: Visiten la bitácora de la marina http://www.ficticia.com/indicemarina.html donde aparece la convocatoria el primer día de cada mes.
De nada valieron sus esfuerzos por apaciguar a los contendientes.
Infructuosa la campaña repartiendo volantes, enarbolando enormes telas
donde llamaba a la concordia entre las partes. Abogando contra la
violencia. Instando a la cordura. Lograr la paz era su objetivo.
En vano: una vez que sonó el silbato, los combatientes se lanzaron
unos sobre otros , irrefrenables, y comenzó la guerra. Pasó a la
historia como aquel que, la noche anterior al gran combate, sembró un
olivo en medio del campo de fútbol.
El martes 6 de julio de 2010, Ana María Shua, Raúl Brasca, Fabián Vique y Juan Romagnoli, leyeron microficciones y charlaron sobre el género en la Librería Eterna Cadencia, en Palermo, Buenos Aires. Coordinó: Gabriela Larralde. Estuvieron presentes los escritores Martín Gardella, Giselle Aronson y Laura Nicastro.
Mínima fabularia (crítica) Magdalena Martínez, Pablo Brescia, Juan Sebastián Cárdenas, Luciana Cadahia. Movimiento perpetuo (ficción) Daniel Sánchez Pardos, Jordi Llavoré Pons, Ma. Angeles Cabré, Alex Epstein. Sine linea (ensayo) Leonardo Valencia, Ezequiel Wajncer, Zulma Sierra. La vida breve (Cine): Ximena Pereira, Esteban Tabaznik, José María Avilés. El silencio (música): Marcela Ribadeneira, Martín Zariello, Jesús Nieves Montero. Columnario (opinión): Yolanda Arroyo Pizarro, Carlos López-Aguirre, Leonardo Valencia. La araña (nuevas tecnologías): Christian Silva, Guadalupe Aguiar, Carlos González-Tardón, Eugenio Tiselli.Cerbatana (poesía): Billy Collins, Violeta Barrientos, Damaris Calderón
La Asociación Cultural Paréntesis convoca la Quinta edición del Concurso de Microrrelatos Paréntesis con el objetivo de promover y alentar el trabajo de los escritores/as en castellano
Podrán presentarse autores de todo el mundo.
Los relatos deberán tener entre 100 y 150 palabras.
El ganador recibirá un premio de 1000 euros.
Paréntesis publicará el relato premiado y una selección de los finalistas.
El plazo de presentación de trabajos vence el 30 de septiembre de 2010.
A los gremlins les encanta el desorden, así que un buen día, sin más, éste que nos ocupa decidió que sería divertido escribir. Encontró por accidente la convocatoria a un concurso anual de cuento navideño, donde uno de los jurados es Marcial Fernández (acompañado por Leo Mendoza y Gerardo de la Torre). Al poner dicho nombre en el buscador de la web, se enteró de la existencia de un sitio llamado Ficticia, que cuenta con una Marina —contrario a lo que se cree, a los gremlins les fascina el agua—, lugar donde se ha dedicado a hacer cualquier tipo y cantidad de desmanes y a aprender de todos. Como los gremlins son impacientes por naturaleza, las minificciones y los minicuentos le vinieron como anillo al dedo, de modo que, como se divierte, no hay forma de deshacerse de él. Al menos por el momento. CelosOtelo está furioso. Se acaba de enterar que hay historias en las que los personajes son felices para siempre. Insultos a la vistaCuando quiere ser hostil con el lector, llena su texto con faltas de ortografía. InundarioEl agua me hechiza. Sólo unas gotas y surge en mí el deseo impetuoso de sumergir. Ya de niño, cuando llovía, maceraba insectos, ratones, gatos y perros. Una vez anegué el baño; otra, el jardín, y en una ocasión memorable, la casa entera. Hasta ahora mi mayor logro ha sido el tanque de almacenamiento del pueblo. No creí que se vaciaría así de rápido. Seis casas resultaron dañadas y varias reses muertas. Me mojé de la emoción. Hoy, me espera la experiencia suprema. Lo tengo todo listo. En la base de la presa, una explosión provocará el agujero. El agua subirá varios metros en segundos y disfrutaremos todos hasta el orgasmo la inundación sincrónica de nuestros pulmones. Compañeros del mismo dolorHolofernes asiente comprensivo a Ana Bolena, mientras recuerda cómo es eso de enamorarse hasta perder la cabeza. CoyunturaCuando llegó el momento de matar al coprotagonista, el autor descubrió que éste —enterado de sus intenciones por un personaje secundario— se había dado a la fuga.
Control de Calidad ¡Ah que m’ijo tan idiota! ¿Cuántas veces le he dicho que no todo lo que brilla es oro? ¡Apréndaselo! ¡Cuando asalte a alguno, fíjese bien! ¿Pa’qué queremos tanta mercancía pirata?
Murmullos en el Louvre —¡Pues yo no sé de qué te quejas —estalló la Victoria Alada de Samotracia al oír los lamentos de la Venus de Milo—, al menos conocen tu rostro! DignidadEl hombre bala se va: está cansado de ser carne de cañón.
Ventas de temporada —Mamá, ya terminé otros tres renos de ramitas, ¿me compras una nieve? Ahí hay, junto a Santa Claus. —No tenemos dinero, hasta que los vendas. Pero primero vamos a comprar un poco de alcohol para ponerte en las manos y que el resto se lo beba tu papá.
Extravíos Decía mi abue que no debe uno dormirse con sed, pero lo olvidé. El motivo es que si el alma se levanta a tomar agua, se la puede comer un gato. Me acordé al verlo pasar y me escondí en el primer agujero que se me apareció; el problema es que ahora no hallo mi cuerpo. Premeditación, alevosía y ventajaMi propia autopsia sí que cosechará aplausos. No en balde especifiqué en el testamento que, para heredar, cada uno de los interesados debe batir palmas y ovacionar cada vez que se extraiga un órgano. Juegos divinosCorre a resguardar de la llovizna la ropa casi seca. Ve que cesa la lluvia y vuelve a tenderla. De nuevo empieza a caer el agua; a recoger. Desiste a la tercera vez y deja que se empape. Por un agujero entre las nubes, los dioses llevan la puntuación: a ver quién atina más gotas a la camisa roja.
Esteban Dublín, Martín Gardella, Luis Gonzalí, Daniel Sánchez, Víctor Lorenzo y Fernando Remitente acaban de lanzar una revista digital dedicada a microrrelatos y otras brevedades: Internacional Microcuentista.
http://revistamicrorrelatos.blogspot.com
Bienvenidos brevífilos.
A veces la ficción se nos adelanta. Madruga a nuestras historias. A todos nos ha pasado en algún momento. Cosas que vivimos, las vemos luego con otros protagonistas, inventadas por otra gente, en escritos, en películas, en canciones. Un dejà vu constante; un robo a nuestra memoria. Y es que es increíble pero cuando vi la película El lector me di cuenta que me habían plagiado la historia. Sí no fuera por pequeñas diferencias, sería lo mismo. Primero, yo no soy ni fui ni judío, ni alemán, solo un gochito que se dedica a escribir tonterías. No le leía; ni ella me leía a mí: sabía leer perfectamente. Nunca me bañó. Tampoco la vi en un juicio, ni tuvo ningún problema legal, no soy abogado. Sin embargo la historia es la misma. No la he buscado de vieja; no la adopté en su senectud. No se suicidó, ni mató a nadie. Nada de eso. Todo lo demás fue increíblemente idéntico. Así que ya saben mi historia.
CIELO DE RELÁMPAGOS. Antología de microficciones y otras instantáneas literarias de autores latinoamericanos
Compiladas por María Cristina Ramos. Prólogo de Sandra Bianchi
Editorial Ruedamares. Neuquén, Argentina, 2008.
HOMERO CARVALHO OLIVA (BOLIVIA)
PACHAMAMA
Doña Justina Cusicanqui, tierna y sabia anciana, cuenta que escuchó a su abuela relatar la historia de un Aymara que, ante los porfiados sacerdotes que pretendían obligarlo a bautizarse cristianamente, respondió muy sereno:
-Yo nada espero del Cielo, todo me lo dio la Tierra.
EVELIO JOSÉ ROSERO DIAGO (COLOMBIA) A LA DERIVA
Encontró en el bosque a un niño de once años que le dijo que en realidad no era un niño de once años y tampoco un niño sino una niña de quince años y que además no estaban en el bosque sino en un valle y que ella nunca había sido encontrada por él sino que ella lo había encontrado a él con el único deseo de explicarle que ella no era un niño de once años en el bosque y que aquello no era un bosque sino un valle y que lo mejor que podían hacer era caminar tomados de la mano hasta un bosque para entonces acabar de comprenderse o comprender que a lo mejor él tampoco era él sino era otro y que bien pudiera suceder que ninguno de los dos supiera a qué atenerse finalmente frente a un autor que huye inmóvil en la calle bajo esta lluvia dura y delirante.
PÍA BARROS (CHILE) A LOS NIÑOS NO SE LES GOLPEA
A la niña la castigan con silencio. Va donde la abuela, que no le habla, donde la madre, el padre, la cocinera... Desesperada, corre hasta su cuarto: “Dime que me amas” implora a su muñeca. Nadie contesta. Asustada, comprueba la horrorosa conspiración de los adultos con los juguetes que regalan para navidad.
ROBERTO DI BIASE (ARGENTINA)
EL RINCÓN
Había que tirarla con la inclinación exacta y fuerte para que rebotara en el ángulo que formaban las dos paredes. Los gritos de los hinchas subían hasta el cielorraso y bajaban ensordecedores por las paredes celestes mientras esperaba, inquieto, el centro de su compañero imaginario. Hoy había tomado Crush en el almuerzo, así que la tapita era flamante.
La pelota salió despedida como un rayo desde el rincón y vino directo a él, que arqueó hacia atrás su cuerpo por encima del mágico defensor y aplicó el frentazo desviando la trayectoria de la pelota hacia el arco contrario, formado por la mesita de luz y la otra pared. Mientras aterrizaba sobre el césped a cuadritos de su cama, sin desviar la mirada de la pelota, vio cómo se colaba por debajo del guante del arquero rival. Ya estaban sobre el final, era el gol del campeonato. El referí dio los tres pitazos y el delirio de la hinchada bajó para levantarlo y depositarlo en los hombros de sus compañeros, que lo llevaron en andas por todo el perímetro de la cancha.
Alcanzó a acomodar la frazada justo antes de que su mamá entrara al cuarto pidiendo explicaciones por los ruidos. El corazón le latía con fuerza y aún se le notaba la agitación. La copa se iría con ellos a casa.
MARÍA LUZ SEPÚLVEDA (ARGENTINA)
DE VIAJES
El viaje se tornaría interminable y la noche nos envolvía en su oscuridad. Pasaban los autos con sus luces amarillas, fuertes, que nos ahogaban la vista. El asfalto se convirtió en tierra. El silencio se hizo total: no había señales de radio y los dos no teníamos más que hablar. Pronto ya no existiría nada, ni autos. Pero una figura se nos presenta a lo lejos, visible ante las luces del auto, un joven haciendo dedo. Seguimos. Era demasiado misterioso alguien en el medio de ese camino inhóspito. El camino continuaba, parecía empecinado en repetirse.
Otro kilómetro y al costado nos sorprendió otro. Seguimos. La cuestión era no inquietarse con la suposición de que el pueblo quedaba cerca. Apareció. Tranquilo, de nuevo. No. Debió ser pura coincidencia, las mismas ropas, el cabello... Seguimos. Nos miramos en la penumbra y nos acariciamos las manos. Ya estábamos inmóviles, mejor dicho, nuestro auto estaba inmóvil. La puerta trasera se abrió. Entró y cerró la puerta con fuerza y dijo con su voz más tenebrosa y ronca: -Pueden seguir.
Y seguimos, en viaje perpetuo.
MARCELA CEBALLOS (ARGENTINA) NÚMERO IMPAR
Ellos, se miraban en el juego de los espejos y los vidrios de los ventanales.
Ellos eran dos pero se hacían cuatro, luego ocho, y así se multiplicaban infinitamente en una secuencia de números pares.
Un dia, ella se asustò. Eran una muchedumbre. Y cerro los ojos para no verlos, para no verse.
Ahora estira la mano, una sola, y recorre la línea de su cuerpo, una sola.
GLADYS EDITH IGLESIAS (ARGENTINA)
PARTIDAS
Ismael Centeno se había jubilado hacía diez años y quedado viudo dos años más tarde. Sus tres hijos habían elegido irse del país con excusas razonables.
La plaza, el bar, la lectura y, de vez en cuando, los vecinos, le amenizaban el tiempo al hombre que, cada vez un poco más, se entregaba al abandono de su vida y de su propia apariencia.
Llevaba un par de horas sentado en ese sofá incómodo pero que, ubicado a la luz de la ventana, le permitía descansar las piernas. Abrió el libro al azar y se entusiasmó con un párrafo imprevisto que describía a un personaje solitario. Trató de concentrarse. Rítmicamente fue avanzando en los textos. Fausto Espósito se parecía más a él en cada línea: resentido, huraño, incomprendido; muy claro cuando describía que la agrura llegaba como un sabor hueco, todos los días. A Espósito, el autor le había destinado un final milagroso de reencuentros.
Pero Centeno entendió que no le daba la noche para tantas páginas y cerró el libro, nostálgicamente enfurecido por lo ingrato de su aislamiento y de su encierro.
Pegó un vistazo al dormitorio y lo caminó. Miró el reloj, luego el teléfono. Cerró la puerta y apretó el gatillo.
GRISELDA MARTÍNEZ (ARGENTINA)
EL BARRIL
Otras veces era el abuelo quien me alzaba para sentarme en el barril. Ahora, aunque mis pies cuelgan y se balancean, el barril dejó de ser una cumbre inalcanzable. Ya no es atalaya de mis descubrimientos infantiles. Lo que ahora puedo ver no me depara sorpresa. Pero me detengo en la parra que tejía de sombras el patio, la parra que de tan alta era casi cielo y distingo lo que entonces no alcanzaba a ver, lo que de tan cercano se hacía invisible, los dibujos que hace el cielo entre las hojas, y los racimos cargados y los otros que han sido casi despojados por los gorriones; y veo hilos de telarañas suspendidos en el aire y veo hormiguitas que aparecen y desaparecen entre las uvas, y veo las uvas, algunas casi transparentes, otras que parecen a punto de estallar, otras que brillan de sol y otras que se opacan de tierra, y veo unas manos con tijera que cortan los racimos más cargados, y veo la risa de mi abuela que los recibe en un balde con agua, y veo a mi hermana corriendo detrás de las uvas que rodaron por las baldosas, entonces veo unas zapatillitas que se acercan y escucho la voz de mi hija que me pide que la suba al barril.
COLUMNA FIJA SEMANAL DE FICTICIA EN EL PERIÓDICO EXTRA
Es un placer anunciarles que el Taller de Minicuento de Ficticia tendrá a partir de hoy una columna semanal fija, en el periódico Extra de La Laguna, para publicar los trabajos de los ficticianos en papel. Nos enorgullece contar a partir de este viernes y todos los subsecuentes con un medio para difundir los trabajos de este taller.
Por lo tanto, invitamos a todos aquellos ficticianos que deseen aparecer en la mencionada columna a que nos envíen sus minis al correo del taller: taller.minicuento.ficticia@gmail.com, sólo les pedimos que manden minificciones de lo mejor de su producción, ya que tenemos que cubrir, por razones obvias, mínimos de calidad. Así mismo, aquellos compañeros que no quieran ser publicados, les agradeceremos que nos lo hagan saber de inmediato.
Desde luego, que nosotros en el taller, nos encargaremos de que TODOS los ficticianos (que así lo deseen) sean publicados.
Aquì va el link para que disfruten la primera entrega:http://www.extradelalaguna.com.mx/pdf/extraportada.pdf
Hacemos de su conocimiento que este enlace sólo estará vigente una semana, ya que el próximo viernes aparecerá la segunda entrega de minis ficticianas en éste mismo enlace. Les avisamos para que tomen sus providencias.
En el mes de Mayo el Artículo "Parte o todo: la minificción como fragmento" de Violeta Rojo fue tema de análisis en las Nerdades ficticianas.
Violeta recibió los aportes y ha dado su veredicto.
Me encantaron las Nerdades. Algunas me hicieron pensar que no se habían leído mi texto, pero no importa porque a partir de la propuesta extraían conclusiones interesantes. Casi todos planteaban aspectos que no había tomado en cuenta y que me dejaron pensando. Creo que tengo que elegir un ganador. Como siempre me es muy difícil porque varios textos me gustaron. El que más es de Eneas y se llama "Todos somos Gulliver" (título magnífico, además). Pero también disfruté mucho con las nerdades de José Nuévalos, Richard Densmore y Welly (en orden de aparición, todos estarían empatados en el segundo). El resto también me pareció interesante, pero tuve que escoger. Un abrazo a todos, mil gracias por escogerme y siempre a la orden de Ficticia.
He aqui el texto ganador:
Nerdad IV: Todos somos Gulliver eneas
Ahí está la obra de arte, producto no de generación espontánea sino de un ente creativo. Las circunstancias que la originaron son propias de cada artista y nada tienen que ver con un público que accede o no a ella. Sin embargo, vasto o precario, el sustento cultural e intelectual del receptor habrá de jugar un papel preponderante en su comprensión o interpretación, asimilación o rechazo.
Para quienes carecemos de formación musical resulta irrelevante si Beethoven fue el último clásico o el primer romántico, o si la primera sinfonía de Brahms es la décima del Gran Sordo de Bonn. Si, por el contrario, somos de aquellos que a los primeros acordes caen rendidos por el sueño… ¿nuestros bostezos demeritan su genio creativo? Tal vez sí en nuestra realidad, pero no en la del artista y su obra otros (y mucho menos en la de sus otros seguidores).
Insomnio de Ludwing van Beethoven
Despierto soy un genio, dormido sólo un sordo.*
El tedio que quizás nos provoque escuchar a un par de eruditos en Vincent van Gogh discernir sobre por qué sus obras han sido tasadas en millones de dólares, nada tiene que ver con el rostro adusto de ese hombre pelirrojo y desorejado capaz de exaltar nuestras emociones, convocar en sus espectadores sensaciones que, aunque técnicamente inexplicables, nos conmueven. Nada sabemos de óleos, técnicas mixtas, trazos, perspectivas, combinación de colores o proyección de luz… y menos nos preocupa si la obra es resultado de los brochazos disparatados de un tipo con problemas visuales o psiquiátricos o de un genio.
Insomnio de Vincent van Gogh
―Gauguin, puta, mal amigo: aún me sobra completa la otra oreja.*
Desde luego, seguro habrá quien prefiera a Rafael, Botticelli, El Greco… “porque se ven más bonitos”, y estará en todo su derecho de satisfacerse en ellos.
Podría tratar de recurrir a mi formación médica para hallar una explicación a mi insomnio y medicarme, y si no resulta ya habrá al rato oportunidad de sacar cita con el psicólogo o el psiquiatra (Insomnio de Sigmund Freud: Sólo duermo intranquilo en el lecho de mi madre.*). Sin embargo, como cualquier mortal hijo de vecino –culto o inculto, salvaje o domesticado- todos en algún momento hemos sabido lo que es batallar con el sueño, dar vueltas en la cama y no tener maldita de lo qué pasa. Aquellos que nos gusta escribimos, nos levantamos, tomamos papel y lápiz e intentamos escribir nerdades:
Insomnio del escritor
Si me duermo, nunca escribo… y entonces ya no existo.*
(o como dijera mi querida amiga Ángelica Moreno, médico anestesiólogo, mujer de muchas lecturas: “El insomnio se disfruta con luna llena, vodka y un buen libro”*).
Por eso, a la luz del insomnio, y jugueteando con el insomnio de aquellos personajes que también debieron padecerlo alguna vez, termino por decir que “No hay nada nuevo bajo el cielo”, que “La materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma”, según Antoine Lavoisier; que la obra artística –la minificción no tiene por qué ser la excepción- forma parte de un todo o obra mayor, como los humanos lo somos del gran reino animal. Pero ojo, así será porque las condiciones culturales, sociales, intelectuales, económicas (y lo que le quieran agregar) se lo permiten; entre más sepa, mayor será el universo en el que se explaye su imaginación. Cuando por falta de conocimientos o preparación, o simplemente por falta de interés, la obra será apenas un satélite –un todo en pequeño-, un elemento que sirva para conformar su microcosmos. Bien dicen que “Nada teme el que nada sabe”. Todos somos Gulliver, dependiendo de las circunstancias.
Pero no olvidemos que, a toda esta diatriba, el autor sólo se ríe… y sigue creando.
Insomnio de Milan Kundera
La vida –que está en otra parte- sólo es una broma en la insoportable levedad del ser.*
(*) Tomado de: Insomnio, de A veces hay otros caminos.
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