Cuatro de José Urriola



ANTES, DURANTE, DESPUÉS, LA NIEBLA
Yo te voy a contar lo que pasó el día en que se borró la playa. Porque yo me fui hasta la playa como todos los días, para coger aire fresco, para mojarme los pies en la orilla, leerme algo, escuchar mi musiquita, verles el cuerpo a las chicas guapas que jamás tendré en mi cama. Esas cosas, las de siempre. Pero cuando llegué a la playa resulta que la playa no estaba.
Te lo juro, hermano, no estaba. Había una neblina densa como si estuviéramos en pleno otoño en Londres, pero tipo efecto invernadero, porque era caliente como un horno abierto y en pleno verano. Como si la playa se hubiera convertido de pronto en una inmensa sauna finlandesa y tú no puedes ver a más de dos metros de tan denso que es el vaporón. Yo me acerqué a la orilla y sólo me di cuenta de que el mar seguía allí cuando me mojé los pies. La gente estaba metida en el mar y te juro que era lo más parecido a esos monos japoneses que son peludos y están sumergidos en un lago templado mientras afuera cae nieve, y ellos apenas asoman las caras, caras humanas y como con sueño, y se les acumulan los copitos sobre el pelo de la cabeza, parecidos a esos sombreros rusos con motitas blancas. Bueno, así era la gente dentro del mar, apenas unas cabezas que salían del agua gris, unas manchitas oscuras irrumpiendo en la blancura de aquel manto de seda caliente.
Yo me puse a ver a la gente, con saña, sabiendo que algo pasaba, porque esas situaciones se prestan a que hagamos cositas sucias, nos valemos del hecho de que no nos ven y hacemos nuestras cochinaditas. Y sí, la gente las estaba haciendo. Se aprovechaban de la cortina gigantesca que de pronto les había caído encima y allí andaban haciendo aquello con una impunidad y un descaro que a mí el sonrojo yo creo que se me notaba hasta en medio de la neblina.
Y yo lo asumo -porque no tengo necesidad de mentirte, ni lo quiero hacer-, yo también aproveché para hacerle una maldad a aquella muchacha. Lo hice porque se lo merecía. Y bueno, yo digo que culpemos a la niebla. Es que la vi así tan cerca y en medio de aquel vaporón, y en el fondo yo creo que ella también quería. Pero no sé.
Todos aprovechamos para hacer cosas ese día en la playa. Y después que se levantó la niebla, que se nos fue tan de pronto como se nos vino, descubrimos que ya la playa no era la misma. Estábamos en otra playa distinta, con otro mar, otra arena, con el sol ahora amaneciendo por el poniente. Nos la habían cambiado. Y luego fue cuando nos enteramos que barrios completos habían desaparecido también durante la niebla, que al pasar la niebla había otros barrios, con otra gente. O, en cambio, había huecos gigantescos sin barrios ni gente, ni perros, nada, sólo huecos más vacíos que cualquier otro hueco jamás.
La niebla pasó y nos quedamos sin vecinos. O con unos vecinos nuevos que hablan otros idiomas, comen otras cosas, huelen y visten distinto. Nos cambiaron, como quien cambia los decorados tras un telón con una mano gigantesca y precisa, cada pieza del tablero. Y después de la niebla, las cosas no son como antes. Tenemos otras casas, otras ciudades, otras playas, otros países.
Nos habían cambiado el mundo. Porque Dios también, y principalmente él, aprovechó ese día en medio de la niebla para hacer sus cositas malas.
CELOPLASTÍA
Mis amigos, quizá hartos de los lamentos por mi más reciente despecho, me regalan una muñeca inflable. Me la encuentro al regreso del trabajo, desnudísima, acostada sobre mi cama, con una flor plástica en la boca y una nota sobre el pecho: “Me llamo Juliana, de ahora en adelante seré tu nuevo amor”.
Me produce una extraña combinación de risa, ternura y desagrado. Pero la tomo con cariño y la coloco sentadita en una silla del cuarto.
Recibo una llamada telefónica. Mi ex, que me quiere ver, tomar algo, charlar un rato. Me visto y salgo, dejando a Juliana con la puerta cerrada bajo llave.
Regreso tarde en la madrugada a casa. Juliana me espera en la sala fumando un cigarrillo, nostálgica, mirando por la ventana.
—¿Estabas con la otra, verdad?—me dice sin dignarse a voltear. Y adivino una lágrima sintética que se le escurre mejilla abajo.
Yo, más que asustado, me quedo francamente preocupado. Porque a esta también, a pesar del plástico, tendré que inventarle excusas verosímiles.

EL DUEÑO DE CANON
Le encomendaron la tarea más sencilla, al tiempo que la más ardua de todas las imaginables, a él le tocaría elegir las mejores obras de la historia para que quedaran bendecidas para la posteridad. A la basura todas las demás, indignas de pertenecer al canon.
Cerró los ojos, y con el índice a tientas lo dejó caer sobre una lista que algún otro le había escrito -quién sabe con cuáles nombres salidos de quién sabe dónde-; pero fue así: donde mejor cayera el dedo. Ésas serían, al azar. No tenía ni gusto, ni método, ni criterio. Ni siquiera tenía opción.
Miles de años después la gente rendiría pleitesía a su decisión. La estudiarían en las escuelas y la gente haría reverencia ante lo sagrado de su buen gusto.
Y el mundo sería, entonces, lo que será. Por su culpa.


UN ARQUITERROR
Al arquitecto siempre le habían llamado la atención las pintadas en las paredes, los grafittis y las cosas raras que la gente escribe en las puertas de los baños públicos mientras terminan de hacer lo que vinieron a hacer sobre la taza del excusado. Se fascinaba y se obsesionaba como si todo aquello le estuviera murmurando un mensaje superior que sólo él sería capaz de descifrar. Algún día comprendería. Y llegó, legó el día en que lo entendió todo. Porque todo se conectaba. Todo era parte de una misma historia que estaban escribiendo sin saberlo todos aquellos que rayaban sobre las paredes y puertas y techos dejando marcas y cicatrices en la superficie de la ciudad. Una obra absoluta que se escribía, se pintaba, se rescribía y se redimensionaba cada vez que alguien dejaba un trazo en la epidermis. Lo único que tenía -y podía- hacer él era recortar los tatuajes, ponerlos en orden, reconstruir el cuento en un solo cuerpo. Era más una labor de costurera que de arquitecto, un asunto de coser más que de diseñar. Sin embargo se dedicó a cortar y pegar, a buscar la frase exacta de aquél baño de mujeres del bar que le iba perfecta al dibujo bajo el puente. Y el graffiti bajo el puente no estaba completo sin lo que le escribieron al sádico en el muro del colegio de señoritas. Y la pintada de ese muro no significaba todo lo que podía sin lo que rayó aquel estudiante de ingeniería en el pupitre para zurdos del quinto piso de la universidad. Había que despedazarlo todo, sacarlo de sitio, volverlo a juntar en donde siempre debió estar, tejerlo en un lugar de donde sin saberlo se había fugado.

La obra del arquitecto se convirtió en el penetrable más grande del mundo. Y cuando murió el autor –dicen que frisado dentro de la estructura pues su cuerpo no se encontró jamás- la gente de libre iniciativa lo siguió construyendo. Se aparecían en las puertas con pedazos de mundo, trozos de cualquier cosa traídos de quién sabe dónde, se despedían de sus familiares y amigos, entraban sin mirar atrás y de allí no salían nunca más.

Las autoridades clausuraron el lugar porque aquel edificio se consideró una casa de locos, un manicomio titánico. Entenderlo todo es un tipo abominable de locura, dijeron. Era un asunto de seguridad social, de sanidad mental, así que bloquearon los accesos con un muro aún más grande que aquel que alguna vez dividió a Berlín. El manicomio pasó a ser una prisión, una de psicóticos peligrosos condenados por libre elección a cadena perpetua.

Afuera, hoy día, los transeúntes escuchan ruidos. Cosas que se caen, cosas que se desgarran, golpes, derrumbes, fracturas, desmoronamientos, gritos, risas. Son los locos que se caen a cuentos, dicen, que se andan inventando historias.


http://joseurriola.blogspot.com/

2 comentarios:

Patricia | 31 de agosto de 2010, 8:35

Imperdibles, gracias Violeta

Jose Urriola | 1 de septiembre de 2010, 11:57

Gracias por tu gentil comentario, Patricia. Un honor.
Y gracias, una vez más, a Violeta, por darme la oportunidad de asomarme por aquí.
Un abrazo

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