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El futuro imperfecto de Eugenio Mandrini

Eugenio Mandrini es argenti- no, poeta, narrador, ensayista, guionista, columnista y especialista en tango. Ha publicado: Criaturas de los bosques de papel (1987), Antes que el viento se apague (1989), La Argentina en pedazos (1993), Campo de apariciones (1993), Discépolo y Dios (1998), Párpados para el ojo que sale de mí (1999), Los poetas del tango (2000); Conejos en la nieve (2008), Las otras criaturas (2013). Sus textos son elaborados, precisos y magníficamente bien escritos. VR 

MAMUT EN LA NOCHE INMENSA Soñó que el mamut muerto en el último invierno, el mamut más formidable, más temible y de más estremecedor pelaje oscuro que viera en su azarosa vida de cazador, volvía a buscarlo a él, de entre todos los hambrientos de la tribu que intervinieron en la cacería, sólo a él.
Después, la visión se trasladó a la realidad y el mamut aparecía, irremediable, en cualquier momento de la noche o cuando el fuego de la caverna volvía a la ceniza o aún mimetizado en la lluvia, en la niebla o en la humareda de los bosques incendiados. Entonces cerró todas las formas de la luz y la alucinación y se arrancó los ojos para no verlo más. Pero el mamut volvía siempre, irremediable, porque en el mundo de los ciegos, los ciegos ven.
ESTA PÁGINA ES MUY ROJA Abrió grande la boca, se introdujo una rosa roja y, pacientemente, para no dañar su belleza eterna, la fue tragando entera.
Después, volvió a sus ocupaciones diarias, a la espera de que algo grandioso sucediera dentro suyo: que brotaran de su boca, por ejemplo, jardines del paraíso y le colmaran los ojos.
Sin embargo, durante días nada de este mundo ni del más allá sucedió en su vida. Insatisfecho, fue en busca de una nueva rosa roja y al querer tomarla ­hecho insólitovio que ella temblaba, temblaba como de miedo, y enseguida, entre agitaciones, comenzó a deshojarse como una garúa trágica. Esa misma noche, abrumado, tomó un lápiz y un papel y trazó el dibujo de una rosa. Con el color que fluía del sendero abierto en una de sus venas, la pintó de rojo, y con las últimas gotas, escribió una sola palabra: Perdón.
Nunca sabremos si la rosa roja lo acosará en los sueños.

TANGO DEL LOBO Primero, faltó a la cita la niña de la caperuza roja.
Después, un eclipse oscureció la luna y debió morderse el aullido.
Por último, la manada lo declaró nada feroz, por esas gotas de soledad que le apagaban los ojos, y fue desalojado del bosque.
Hoy lame zapatos en la ciudad y en invierno busca el abrigo del sol como una abuela.
FUTURO IMPERFECTO El cielo estaba tan poblado de naves comerciales como antes lo estuvieron las calles de máquinas vertiginosas, que los pájaros se exiliaron en los árboles hasta mimetizarse en las hojas, iniciándose así la extinción de la especie por el inmenso dolor de no poder volar en ese aire sin aire, en ese cielo sin cielo.
De ese tiempo aún se conserva en una de las vitrinas del Museo de los Enigmas, un extraño objeto que algunos, por su forma, lo atribuyen a la pluma de un pájaro, y otros, por su brillo, a un resto de aquellas mañanas luminosas del antiguo cielo.
HOMBRE DE MUCHA FE Descendió del tren en una estación cualquiera de un pueblo desconocido, y la esperó.
Después, entró en los subsuelos de las catedrales, donde el silencio, de tan espeso, late, y la esperó.
Después la esperó subido a los árboles, a los puentes, a las terrazas, a las torres, a las montañas, a los aviones, a las nubes del sueño y, acaso, a algún ángel.
Después la esperó en la intemperie del invierno más impiadoso, temblando no de frío sino de esperanza, y además bajo la lluvia la esperó, hasta que el agua dolió como pedradas.
Llegó también a comprar un telescopio y esperó verla aparecer de entre los astros.
Lo encontré sentado en el banco de un parque, en silencio, mirando ardiente más allá de los árboles, del tiempo, del desvarío. Le pregunté: -¿A quién espera tan tenazmente? Sin dejar de mirar el fuego de la distancia, contestó: -A la Felicidad. ¿A quién otra podía ser? Me senté a su lado.
RAÍCES Con el último golpe del hacha, el árbol cae pesadamente al suelo. Sin embargo, los pájaros permanecen inmóviles donde antes estuvieron las ramas. Acaso porque sólo son la sombra de esos pájaros. Acaso porque esos pájaros miraban demasiado la distancia y la distancia los hipnotizó. O acaso porque la memoria del árbol muere después. 
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Minificción de los Jueves: Alejandro Bentivoglio

http://www.el-nacional.com/papel_literario/Minificcion-jueves-Alejandro-Bentivoglio_0_539346163.html
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Dúos de Alfonso Pedraza

Alfonso Pedraza, México, es médico cirujano, pero tiene una amplia labor como escritor y promotor literario. Es el fundador y coodinador de Ficticia, (http://www.ficticia.com/index.html), página web donde se combinan antologías, publicaciones y  un taller de minificciones que se ha mantenido por lustros.  Ha publicado en Libro de los seres no imaginarios y Alebrije de palabras y compiló las antologías Cien Fictimínimos. Microrrelatario de Ficticia y Cuentistas brevísimos de EL CUENTO, revista de imaginación. Maneja los blogs: Arca Ficticia (www.arcaficticia.com); Minificciones de “El cuento, revista de imaginación (www.minisdelcuento.wordpress.com) y Plasticidades (www.plasticidades.wordpress.com). Sus magníficos textos minificcionales, llenos de elipsis y matices, esconden bajo su cuidada factura, crueldades, horrores y oscuridades. VR


FEELINGS
Un cañón de pistola bajo la mandíbula me inyectó el reptil. Sentí su piel fría y viscosa deslizarse veloz por todo el cuerpo. Aceleró mi corazón. Oprimió pulmón y genitales. Rebotó desde el culo al estómago colmando de un humor a cloaca mi boca seca.
—¡No voltees que te lleva la chingada! —tronó una voz en mi oído izquierdo y quedé paralizado gran rato hasta que no sentí su presencia.
Me quedé con el cuello ardiendo, los bolsillos vacíos, los pantalones mojados y preñado de su simiente que nunca podré dar a luz.

FEELINGS II
Días y noches de llanto incesante por el dolor que le causa un tumor cerebral. Mi hijo yace en esta cuna de hospital con la cabecita apoyada sobre duras bolsas de hielo.
Misericordia llega en forma de un delicado almohadón de lino, relleno de plumón de oca y con aroma a jazmín. Lo tomo y presiono sobre su carita hasta que cesan sus quejas.

DEFINICIÓN
Del plato a la boca de la botella de tinto (Merlot, cosecha 2001) vuela una mosca (musca domestica).
De la hornilla al fregadero la madre (ama de casa hacendosa, 40 años, religiosa a morir) prepara el puchero.
Del metro (transporte urbano subterráneo) a la estación de autobuses corre una niña (14 años, hasta ese momento estudiante) en busca de sí misma.
Del sujetapapeles del refri (20 pulgadas, sin escarcha y con fábrica de cubitos) cae al suelo una nota (letra casi infantil, con un adiós y un ruego).
De las manos resbala la olla y al suelo se cae la sopa (pasta de sémola de grano duro).

HÁGASE, SEÑOR, TU VOLUNTAD
Del plato a la boca, directamente y sin utensilio alguno, el hombre desea engullir su comida.
De modo que al inclinarse a tomar la bandeja entre las manos, hace una reverencia a la tierra que le alimenta. Y al apurar su puchero poco a poco eleva la cabeza y las manos, en señal de gratitud, al cielo que le provee.
Pero lo más importante es que de esa forma no se cae la sopa.

VIVIR, UN CANTO DE ABEJAS.
En el verdor del prado mi niña da unos pasitos tomada de mi falda, aún no habla, me da un beso y le canto «Se oyen las abejas zumbar en el jardín…».
El uniforme del colegio hace ver linda a mi niña, me trae una flor, me la coloca en el pelo, me da un beso y cantamos «…cogeremos una que zumbe para ti…».
La melodía calma mis angustias y dolores, mi niña deja su valija en el piso, coloca un chal sobre los hombros, me da un beso y cantamos «…zum, zum, zum, déjame salir…».
Mi niña coge la silla y me conduce adentro. Su hija, me da un beso y cantamos «…zum, zum, zum, ya te puedes ir».

TOTA PULCRA
¿Cómo?
¿Es mi madre quien yace desnuda junto a mí?
¿En qué momento empezó a llenarme de besos, de caricias?
¿Cuál es esa sensación maravillosa que me recorre el cuerpo?
¿Qué fuerza impulsa mis manos para tocarla y asirme a sus pechos?
Justo, cuando empiezo a penetrarla: comienza a tararear la misma nana de siempre y mi cuerpo, empequeñeciéndose, se introduce por completo en un viaje de retorno a sus entrañas.
Y ya no siento frío.

PALEOGRAFÍA SÚBITA
¿Son rupestres? Pensé al verlas.
No era posible estar seguro en esa media luz y el tufillo del lugar no dejaba concentrarme al máximo. Se notaba, además, la presencia humana por algunos grafittis que acompañaban las imágenes en ese muro sucio y avejentado.
Repasé mentalmente lo que en mis clases de arqueología eran primordiales: La altura en que estaban sobre el piso, la profundidad y textura de la inscripción, la firmeza del trazo; todo con el propósito de dar un juicio probo.
Al poco tiempo desistí y salí rápidamente del lugar.
¡Los viajes mentales que debo hacer cuando utilizo los sanitarios públicos!

FALLO SINCRÉTICO
Los australopitecus ojeaban con recelo a los paranthropus, mientras los hommo erectus y hommo habilis, de reojo, los repasaban con desdén. Los ardiphitecus observaban idiotizados al grupo entero. Todos, expectantes, se miraban entre sí.
Hommo sapiens, con aires de grandeza, pidió auscultarlos uno por uno y concluyó que ante la integridad de sus cuerpos; fue a Eslabón Perdido a quien se le extrajo la costilla en el edén.

CANDOR
La manzana cree aprisionar al gusano.

EUTANASIA PARA MI CUENTO

Fin.
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Minificción de los jueves: Nana Rodríguez Romero

http://www.el-nacional.com/papel_literario/Minificcion-jueves-Nana-Rodriguez-Romero_0_535146673.html
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Quimeras de Cecilia Eudave



Cecilia Eudave (México, 1968). Narradora y ensayista. Ha publicado varias novelas, ensayos y libros infantiles. Entre sus libros de cuentos destacan: Técnicamente humanos (1996), Invenciones enfermas (1997), Registro de Imposibles (2000), Países Inexistentes (2004), Sirenas de Mercurio (2007) y Técnicamente humanos y Otras historias extraviadas (2010). VR
 
LO INESTABLE
Cuando te levantas por la mañana lo único seguro que tienes es el rostro. Ni tu nombre sabes, ni tu nuevo oficio, profesión u ocio. Sales de la casa donde dormiste, o desayunas con quienes en esos momentos son tus hijos, pero para el día siguiente, quizá no poseerás ni mujer ni niños, ni perro ni casa. El otro día se convierte siempre en un estrepitoso escalofrío, pues ya no tienes a los mismos amigos ni al mismo jefe. Ya no te llaman por el nombre de ayer ni eres indispensable para quienes el día anterior te amaban. Así es vivir en Tabi, un constante renacer en el mismo cuerpo que también cambia porque te haces viejo y, al final de la jornada, ni siquiera sabes qué idioma hablarás ni en qué región de este viajero país vas a habitar. El único norte, aquí, es un río, que por un motivo desconocido, siempre divide en dos el territorio.
Sólo existe una ventaja para los tabianos: no viven de recuerdos...

LA MASCOTA IMAGINARIA
Mientras miraba el color particular de las jacarandas y tomaba mi te me vino de inmediato un recuerdo triste, estremecedor: mi primera mascota. No es que e sta fuera malvada o agresiva, todo lo contrario, era una criatura dulce, delicada y extremadamente inteligente --ella me enseñó a leer--, con un cuerpo esbelto de color jacaranda, tan delgada que podía pasar por separador de libro. Fue mi mejor amiga, iba conmigo a todas partes, dormía en la cama, paseaba en el bolso, jugaba mis juegos, me arrullaba de noche. Ella siempre vigiló los sueños y mientras estuvo a mi lado jamás oso pesadilla alguna aterrizar en mi cabeza.

Yo hablaba de ella todo el tiempo y explicaba sus maravillosas cualidades, sobre todo cómo con sus finísimas manos de dedos largos golpeaba el libro cuando me equivocaba en la lectura, o lanzaba un gritito agudo pero delicioso en caso de que invirtiera o cambiara una palabra. Era genial, pero insistían en que era imaginaria.
Nadie quería conocerla, todos o se reían de mí o me miraban raro, y para colmo comenzaron a insultarme. Al principio no me importó, pero con el tiempo me irritaron sus comentarios, era ya la loca que hablaba sola. Entonces pasó lo que tenía que pasar, me enfadé con mi mascota: «¿por qué eres imaginaria?», le recriminé, mientras ella me observaba con sus enormes ojos verdes. Luego creo que se deslizó hasta un libro e insistió agitando su cola de lagartija para que lo leyéramos juntas. Sobra decir que me encolericé al verla tan quitada de la pena y yo sufriendo enormidades por su culpa. Así, la tomé con violencia y la metí en una cajita metálica, misma que refundí en lo más profundo de mi clóset. Salí corriendo de mi habitación y no volví hasta la noche.
Escuché su llanto, creo que tres días o diez noches, ya no sé: luego se convirtió aquello en gritos, después en lamentos cada vez más débiles y dolorosos. Yo me tapaba los oídos repitiéndome a mí misma: «es imaginaria, es imaginara» mientras sollozaba bajo las sábanas. Con el paso del tiempo cesó aquello y yo me fui olvidando del asunto. Hasta que años más tarde, estaría yo por partir a la universidad y haciendo limpieza de mi habitación, encontré la cajita en el fondo del armario. Un ligero escalofrío se coló por mi espalda, la abrí apresuradamente. Al ver ese minúsculo esqueleto blanquecino, arcaico como hoja de un viejo volumen de historia natural, comprendí de golpe la certeza que intenté ocultar bajo las sábanas: las peores crueldades siempre se cometen por creer tan ciegamente en la razón de los otros.
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Minificción de los jueves: Alfredo Chacón

http://www.el-nacional.com/papel_literario/Minificcion-jueves-Alfredo-Chacon_0_530947052.html
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Edmundo Valadés: Enigmas. Homenaje a Valadés 3/3

LA INCRÉDULA
Sin mujer a mi costado y con la excitación de deseos acuciosos y perentorios, arribé a un sueño obseso. En él se me apareció una, dispuesta a la complacencia. Estaba tan pródigo, que me pasé en su compañía de la hora nona a la hora sexta, cuando el canto del gallo. Abrí luego los ojos y ella misma, a mi diestra, con sonrisa benévola, me incitó a que la tomara. Le expliqué, con sorpresa y agotada excusa, que ya lo había hecho.
—Lo sé —respondió—, pero quiero estar cierta.
Yo no hice caso a su reclamo y volví a dormirme, profundamente, para no caer en una tentación irregular y quizá ya innecesaria.

ENIGMA
En el sueño, fascinado por la pesadilla, me vi alzando el puñal sobre el objeto de mi crimen.
Un instante, el único instante que podía cambiar mi designio y con él mi destino y el de otro ser, mi libertad y su muerte, su vida y mi esclavitud, la pesadilla se frustró y estuve despierto.
Al verme alzando el puñal sobre el objeto de mi crimen, comprendí que no era un sueño volver a decidir entre la vida o mi libertad, entre su muerte o mi esclavitud.
Cerré los ojos y asesté el golpe.
¿Son preso de mi crimen o víctima de un sueño?

MEMORIA
Cuando alguien muere, sus recuerdos y experiencias son concentrados en una colosal computadora, instalada en un planeta invisible. Allí queda la historia íntima de cada ser humano, para propósitos que no se pueden revelar.
Enfermo de curiosidad, el diablo ronda alrededor de ese planeta.

LA MARIONETA
El marionetista, ebrio, se tambalea mal sostenido por invisibles y precarios hilos. Sus ojos, en agonía alucinada, no atinan la esperanza de un soporte. Empujado o atraído por un caos de círculos y esguinces, trastabillea sobre el desorden de su camerino, eslabona angustias de inestabilidad, oscila hacia el vértigo de una inevitable caída. Y en última y frustrada resistencia, se despeña al fin como muñeco absurdo.
La marioneta —un payaso en cuyo rostro de madera asoma, tras el guiño sonriente, una nostalgia infinita— ha observado el drama de quien le da transitoria y ajena locomoción. Sus ojos parecen concebir lágrimas concretas, incapaz de ceder al marionetista la trama de los hilos con los cuales él adquiere movimiento.



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Edmundo Valadés: Ronda por el cuento brevísimo. Homenaje a Valadés 2/3

Desestimado en mucho como creación menor, la del miniaturista, el cuento breve o brevísimo no ha merecido ni recuento, ni historia, ni teoría, ni nombre específico universal, como lo demanda Marco Antonio Campos, salvo los que desde la revista El cuento le dimos de minicuento o minificción, y que han sido generalizándose. Pero su interés, su circulación, su creciente ejercicio y su valor como género literario han ido en ascenso: es ahora una elaboración que prolifera en las letras contemporáneas, y que se ensaya o se colma muy extensamente en nuestros países, sea en el estudio del escritor o en el taller de los que se inician en la narrativa: de allí su reproducción constante en revistas y suplementos y la multiplicación de libros forjados con minicuentos.
Su mayor difusión, impulso y estímulo se lo ha dado la revista El cuento, desde hace más de 25 años en que empezó a publicarlos profusamente, y que organizó el primer concurso de dichos textos, y es ya constante, diría que insoslayable, su inclusión en revistas y suplementos literarios. Incluso, incitó en Colombia a que se creara una publicación especializada en recogerlos: Ekuóreo. Una bibliografía de obras en tal especialidad haría evidente su múltiple presencia, quizás como reciente fenómeno creativo en la literatura latinoamericana contemporánea.
Expresivo de su beligerancia es este casi manifiesto lanzado por la revista Zona, de Barranquilla, Colombia, de Laurián Puerta, en el que se le concede función literaria subversiva: “Sacado de una de sus falsas costillas, el minicuento, ese extraño género del siglo XX, ha conducido al cuento clásico al camino de una estrepitosa bancarrota. Parece una afirmación temeraria. Pero es una rebelión inexorable que viene gestándose desde la cuentística inaugurada por Poe. La primera escaramuza fue con el relato breve. Y al minicuento se le ha encomendado la delicada misión de darle el tiro de gracia”.
En otra página se agregan, bajo un título de aire provocativo, “¡Ni un paso atrás, siempre en el minicuento!”, estos conminatorios postulados: “Concebido como un híbrido, un cruce entre el relato y el poema, el minicuento ha ido forjando su propia estructura. Apoyándose en pistas certeras se ha ido despojando de las expansiones y las catálisis, creando su propia unidad (!) lógica, amenazada continuamente por lo insólito que lleva guardado en su seno. La economía del lenguaje es su principal recurso que devela la sorpresa o el asombro. Su estructura se parece cada día a la del poema. La tensión, las pulsaciones internas, el ritmo y lo desconocido se albergan en su vientre para asaltar al lector y espolearle su imaginación. Narrado en un lenguaje coloquial o poético, siempre tiene un final de puñalada. Es como pisarle la cola a un alacrán para conocer su exacta dimensión… El cuento clásico ha sido domesticado, convertido en una sucesión de palabras sin encantamientos. El minicuento está llamado a liberar las palabras de toda atadura. Y a devolverle su poder mágico, ese poder de escandalizarnos… Diariamente hay que estar inventándolo. No posee fórmulas o reglas y por eso permanece silvestre o indomable. No se deja dominar ni encasillar y por eso tiende su puente hacia la poesía cuando le intentan aplicar normas académicas”.
Aparte de ciertas puntualizaciones que ameritaría este aguerrido manifiesto, no de ser otra certitud del auge de los significados actuales del cuento brevísimo, que encuentra allí partidarios que lo enarbolan como desideratum cuentístico. Otro signo del interés que despierta, es la relación sobre el cuento en Hispanoamérica, de Juan-Armando Epple, publicada en la revista argentina Puro Cuento, con valiosas sugerencias y datos respecto al género, y en la que señala que la revista El cuento, lo bautizó como “mini-cuento”, y que tales textos, para Enrique Anderson Imbert, son “cuentos en miniatura”.
Minificción, minicuento, micro-cuento, cuento brevísimo, arte conciso, cuento instantáneo, relampagueante, cápsula o revés de ingenio, síntesis imaginativa, artificio narrativo, ardid o artilugio prosísticos, golpe de gracia o trallazo humorístico, sea lo uno o lo otro, es al fin también perdurable creación literaria cuando ciñe certeramente su mínima pero difícil composición, que exige inventiva, ingenio, impecable oficio prosístico y, esencialmente, impostergable concentración e inflexible economía verbal, como señala José dela Colina, para los que él llama “cuentos rápidos”. La minificción no puede ser poema en prosa, viñeta, estampa, anécdota, ocurrencia o chiste. Tiene que ser ni más ni menos eso: minificción. Y en ella lo que vale o funciona es el incidente a contar. El personaje, repetidamente notorio, es aditamento sujeto a la historia, o su pretexto. Aquí la acción es la que debe imperar sobre lo demás.
Para aludir a lo que es o debe ser este género, parto de la base tentativa, arriesgándome a pisar terreno muy resbaladizo, de considerar minificción al texto narrativo que no exceda de tres cuartos de cuartilla. Más no, porque rebasando tal obligada limitación, que implica resolver los problemas de apretujar una historia fulminante en unas quince o diecisiete líneas mecanografiadas a doble espacio, sería posiblemente cuento. ¿O dónde se puede separar el espacio entre cuento y minificción?
Si me remito a las minificiones que más han cautivado, sorprendido o deslumbrado, encuentro en ellas una persistencia: que contienen una historia vertiginosa que desemboca en un golpe sorpresivo de ingenio. Así el suceso contado se resuelva por el absurdo o la solución que lo subvierte todo, delirante o surrealista, vale si la descomposición de lo lógico hasta la extravagancia, lo inverosímil o la enormidad, posee el toque que suscite el estupor o el pasmo legítimos si se ha podido tramar la mentira convalida estrategia. Temática frecuente del minicuento, quizás la más localizable, es el reverso, la contraposición a historias verídicas, estableciendo situaciones o desenlaces opuestos a incidentes famosos, reales o imaginarios, o las prolongaciones del antiguo juego entre sueño y realidad, o invención de seres o regiones ficticias, como serían los casos de Michaux, Borges, Calvino, por citar algunos entre los más admirables.
Las más de las veces, lo que opera en las minificciones certeras o afortunadas es un inesperado golpe final de ingenio, cristalizado en contadas líneas, en una fórmula compacta de humorismo, ironía, sátira o sorpresa, si no todo simultáneo. Otra ocurrencia es la alteración de la realidad, en mucho por el sistema surrealista, al ser transformada por el absurdo, de modo inconcebible o desquiciante, creando una como cuarta dimensión, en la que se violentan todas las reglas de lo posible.
El cuento brevísimo es invención oriental, quizás mas particularmente china, por estar en su literatura, creada hace siglos, algunos de los mas redondo y ejemplares. En libros sagrados o históricos, de la mas remota antigüedad, hay insertos algunos inesperados o fortuitos, disimulados como partes de un texto dilatado, que al ser extraídos, adquieren calidad de inopinadas o reconquistadas miniaturas narrativas. En El Talmud o en sus similares árabes, hindúes, etcétera, proliferan casi siempre propuestos como sabios consejos metafóricos de una religión, de una ética o una tradición en los usos y costumbres, deviniendo a veces en minificciones, porque aunque no se lo hubieran propuesto, a sus autores, generalmente anónimos, les brotó de pronto el género. Los hay deliciosos, en El libro las mil noches y una noche, y posteriormente en otros libros occidentales como el Novellino, por dar un ejemplo.
Algunos clásicos españoles los retoman de literaturas orientales o del propio acervo folklórico, con deliberación y gracia: baste citar a Juan Timoneda, uno de los más perdurables, y a Juan Rufo o Juan Aragonés, entre otros. Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, en preciada antología Cuentos breves y extraordinarios, extraen, ubicándolos o casi forjándolos, al descubrirlos en obras voluminosas, por medio de múltiples y atentas lecturas, textos mínimos de diversos autores clásicos o modernos, y que al ser atrapados adquirieron naturaleza de minicuentos, en una tarea explorativa que yo he extendido en El libro de la imaginación.
Tal vez podría determinarse el año de 1917 como el de la fundación del cuento brevísimo moderno en México y demás países de Latinoamérica, con uno, titulado A Circe, primer texto con que se abre un libro entonces de insospechadas radiaciones e influencias, Ensayos y poemas, editado ese año y que le daría celebridad a largo plazo al cuento y su entonces joven autor, el mexicano Julio Torri, que frisaba entonces en los 28 años.
Hay cierto consenso en que esa mínima prosa es la pequeña obra maestra suya, pues en mucho contiene su estilo conciso, irónico, malicioso, de elaborada exactitud idiomática. Texto que con otros de su libro Ensayos y poemas influirán primero, induciendo a varios de sus contemporáneos a forjarlos: Genaro Estrada, Carlos Díaz Dufóo, Mariano Silva y Aceves; más tarde en Novo, que los colma maliciosamente, dejando varios felizmente antologables, y de seguro en la serie que envuelve Tapioca Inn; de Francisco Tario, comprimidos de grato humorismo y fantasía, y que prosiguen en sus cuentos de fantasmas, “donde lo vivo y lo muerto juegan alegre y despreocupadamente”, y luego en la generación que por los años cincuenta lo redescubre, lo revaloriza con mas atenta mirada crítica, suscitándose con “Circe”, una secuencia dedicada a Ulises, que tramarán en un contrapunto de juguetonas versiones, el español Agustí Bartra y los mexicanos Salvador Elizondo y Marco Antonio Campos, entre otros más aquí y en países sudamericanos.
Pero la repercusión de Torri actúa particularmente en el caso excepcional de Juan José Arreola, quien burilará milagrosos textos y cuentos en los que corretean graciosas socarronerías y un incisivo y mortal aire irónico, en una operación de magnánimo y variado ingenio, para convertirse en uno de los grandes alborozos de nuestra literatura, o quizás en su gran alborozo. La obra de Arreola influye a su vez incalculablemente en la generación de los años cincuenta y más allá, y la que debido a esa activación, revaloriza a Torri y se nutre de sus enseñanzas idiomáticas y del ejemplo de que en sus textos “ninguna palabra estuvo de más”.
En este vistazo a otras expresiones de la ficción breve del siglo XX, recurriendo a la memoria, Franz Kafka elabora maestrías de mínima medida en las que reaparecen los temas profundos de sus novelas, artefactos explosivos para detonar angustias y conflictos del destino humano. Y Ambrose Bierce, cabecilla de lo corrosivo, de la sátira fulminante sobre la condición humana a la que desnuda con pinzas de acero escéptico. Hay que mencionar a un cuantioso creador de ellas, Ramón Gómez dela Serna, quien en su libro Caprichos forja unas doscientas, entre las cuales, si no todas, las hay magníficas y logradas. Que yo sepa, ningún otro escritor en nuestro idioma ha intentado tantas.
Jules Renard es gran maestro de minificciones, muy pródigo en ocuparse de personajes y detalles de su Francia rural, en textos irónicos, y quien llega a una especie de hai-kú en prosa, al dar aguda y personal visión del mundo animal. Entre otros franceses, está Max Jacob, que las despliega en su Cornet à dès, con intención más bien poética y, en primera línea, Henry Michaux, portentoso fabulador de textos breves, con los que urde países, ciudades y personajes insólitos, como se ha dicho, nacidos de una riquísima imaginación, de la experiencia onírica o del influjo de la droga, en libros de inventiva fascinante. En Michaux es muy posible que Julio Cortázar encontrara la veta para sus cronopios y famas e Italo Calvino la fuente para establecer sus ciudades invisibles, seductora geografía imaginaria. Jean Cocteau, muy versátil, nos ha dejado miniaturas de singulares efectos, porque parecen la trampa de un prestidigitador.
Quizás el juego entre sueño y realidad, muy chino, se contemporiza con Borges, autor de minificciones ejemplares con alusiones a animales ficticios, para que se repita soberbiamente ese artificio inalcanzable que había de multiplicarse. Entre más escritores argentinos, numerosos, que frecuentan tal zona literaria, Enrique Anderson Imbert es diestro y feraz en maquinar múltiples minificciones, en tanto que Marco Denevi atina incansablemente en reversiones anti-históricas. Anoto de él un libro delicioso, Falsificaciones, por su ingenio en reinvenciones relampagueantes, así como Héctor Sandro, de los más notables en el arte conciso, Y entre otros mencionables, a Ana María Shúa y a Rodolfo Modern, que en un libro aparentemente chino, logra válidas réplicas a versiones de clásicos chinos.
Entre los españoles, A. F. Molina, con sus libros Arando en la madera y Dentro de un embudo, realiza travesuras de desenfrenado humor negro, en tanto que Alfonso Ibarrola es creador de textos de un extraordinario humorismo: su “La Aventura” es una de las mejores brevedades, en esa tesitura, definitivamente antológica. El chileno Alfonso Alcalde, en Epifanía cruda, agrupa una serie inaudita de comprimidos, con impecable factura en la línea de lo absurdo y del humor negro, y que él mismo considera señales de humo, parpadeos de la memoria, hitos de la imaginación, contraseñas o borradores de historias que se quedan debajo de la lengua, entre dientes; o que son cuentos tan efímeros como el hipo, pero el verdadero, eso sí, puntualiza. Otro latinoamericano, el salvadoreño Álvaro Menén Desleal, es de los más consignables, así como su compatriota Ricardo Lindo. En la ciencia ficción mínima, el francés Jaques Stemberg y el belga Pierre Versins tienen textos memorables, porque condensan en ellos historias anticipadoras de lo que podrá acaecer a los terrícolas en siglos futuros, ya cuando entren en colisión con habitantes de otros planetas o cuando se cumpla totalmente su extinción.
Y para no extenderme más, así deje pendientes otras referencias que confirman el auge y la proliferación del género, paso al vuelo sobre autores mexicanos recientes. Perito en la concisión, uno de los mas notables ingenios de la sátira y la fábula en el siglo XX, Augusto Monterroso, apastilla textos de los que destilan burlas, de finísima gracia, y que resultan ejemplario, colmadamente divertido, de las debilidades o de las estupideces humanas. Donoso, juguetón, pero implacable e inflexible, de él dijo José Alvarado: “Augusto Monterroso es uno de los más lúcidos, misteriosos y sutiles prosistas en el castellano de hoy. Pedante fuera señalas su vago parentesco con Borges, Arreola, Marcel Schowb, Jules Renard, algunos ingleses y el mismo Azorín y, también la vertiente original de su expresión”. Cito de salida unos cuantos nombres más de los que sobresalen aquí en la minificción: José de la Colina, René Avilés Fabila, Felipe Garrido, Agustín Monsreal, Otto Raúl González, Olga Harmony, Leopoldo Borrás y Roberto Bañuelas, cantante de ópera que se da tiempo y afición constantes para preparar cápsulas de ingenio, varias de ellas perdurables por la agudeza con que las concentra y remata.
Digamos por último que la minificción es la gracia de la literatura.

Apareció en  El Cuento, Revista de Imaginación. No. 119-120 Julio-Diciembre 1991.


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José Emilio Pacheco sobre Edmundo Valadés. Homenaje a Valadés 1/3

Es un domingo de 1957 o 1958, son muchos domingos de aquellos años, voy por donde había árboles y ahora cruza un eje vial, vamos Carlos Monsiváis y yo por avenida Eugenia o entre las calles de Portales. En su casa de la colonia del Periodista nos espera Edmundo Valadés, va a regalarnos la mañana de su único día de descanso, porque en esta época, entre quién sabe cuántas otras cosas, hace la página de espectáculos de Novedades y publica tres veces por semana “Tertulia literaria”.

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Con qué paciencia, con qué atenta generosidad Valadés escuchará los primeros borradores de nuestro aprendizaje interminable. El escritor y los aprendices somos adictos a los cuentos, en primer término a leerlos y en seguida a escribirlos. (Durante muchos años Monsivaís escondió su vocación de cuentista o disfrazó de crónicas sus cuentos, hasta que no le quedó más remedio y publicó al fin su libro, su Nuevo catecismo para indios remisos.) Pero entonces con cuánta delicadeza, con cuánto pudor Valadés me decía: No, fíjese que no, por ahí no va la cosa; el tema da para mucho y ese lenguaje como que no funciona, está muy denso. ¿Por qué no lo guarda un tiempo y después lo relee?

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A cambio de talleres literarios había esos encuentros en casas, en cafés, en redacciones; esos diálogos que hace mucho la ciudad y el pluriempleo volvieron imposibles. Fue preciso envejecer, llenarse de trabajos y compromisos y fatigas para darse cuenta de lo que significa dedicar mañanas enteras a dos desconocidos que tal vez sí o tal vez no lleguen un día a ser escritores. Y tener la humildad de leerles —de igual a igual, nada de magisterio— sus propios cuentos, “Rock”, “Las raíces irritadas”, y escuchar sus comentarios. Pero sobre todo pasar de la sala o el jardincito al primer piso invadido, copado por los libros. Y decirles: Miren, ¿ya conocen este de John Hersey? ¿No han leído el de Saroyan? Aquí tiene lord Dunsany un cuento extraordinario. Consíganse en Zaplana el libro de Akutagawa.

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Un día sacó de sus estantes un tomito encuadernado: Esta es la revista que hice en 1939 con Horacio Quiñones. Se llamaba El cuento. Espero algún día tener tiempo y dinero para volver a editarla. Cuando menos en esa época las revistas mexicanas publicaban cuentos. Luego vino el auge de la novela y ya casi no hubo dónde meterlos. Por fortuna El cuento reapareció en 1964. A El cuento, que es parte de la obra personal de Edmundo Valadés, se debe en gran medida que hoy, en medio de la crisis de los años ochenta, la narrativa breve mexicana florezca (no encuentro palabra más descriptiva) como nunca, y tantos jóvenes y tantas muchachas sientan la perdurable fascinación del más antiguo y el más nuevo de los géneros.

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Edmundo Valadés o la generosidad. Ha dedicado la mayor parte de su tiempo a difundir las obras ajenas, a compartir sus entusiasmos, a tender puentes hacia otras literaturas, a revalorar el pasado y a estimular a los que empiezan. Hay que sumar a sus columnas periodísticas, antes en Novedades, ahora en Excélsior, sus textos críticos sobre Proust —el extenso escritor predilecto de un fanático de la brevedad como Valadés— y, la novela de la Revolución, sus tres inagotables antologías: El libro de la imaginación, Los grandes cuentos del siglo veinte, Los cuentos de El cuento que uno conserva —a mano, para releerlas continuamente— junto a la Antología de la literatura fantástica y Cuentos breves y extraordinarios de Borges y Bioy Casares, o bien las selecciones similares que han hecho en francés Roger Caillois y en inglés Richard G. Hubler y últimamente Irving e Ilana Howe.

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Pero en el centro de todo está la obra propia de Valadés. La muerte tiene permiso, que entre 1955 y 1982 ha alcanzado ya diez reediciones, constituye un libro clásico de nuestras letras, al punto de que su extensa difusión ha opacado relativamente las otras dos colecciones: Las dualidades funestas (1966) y Sólo los sueños y los deseos son inmortales, palomita (1980). Algunos cuentos reunidos en estos volúmenes aparecieron previamente en cuadernos de limitada circulación. No es nada más un dato bibliográfico: indica que, por ejemplo, cinco años antes de figurar en Las dualidades funestas, “El compa” se había publicado en Antípoda (1961). Entre la tentativa de Salazar Mallén reprimida por la censura en 1932 y la corriente que José Agustín inicia en 1964,  “El compa” emplea con toda libertad las llamadas malas palabras y se refiere explícitamente a la sexualidad. No es lo mismo publicarlo en 1966 que haberlo hecho en 1961. A este respecto, los ejemplos podrían multiplicarse.

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Valadés tiene otra gran producción narrativa que algún día aflorará a la superficie: los reportajes que entre 1938 y 1948, aproximadamente, hizo para la revista Hoy. De ellos se ha recordado hace poco el que narra su viaje a la selva para desentrañar el misterio de dos aviadores perdidos: Barberán y Cóllar. El relato sin ficción fue la escuela que lo enseñó a escribir y a contar. Con este aprendizaje, en el momento en que publicó La muerte tiene permiso estaba en plena posesión de sus medios expresivos.

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Le tocó nacer en la generación de Arreola, Revueltas, Rulfo. No se parece a ninguno de los tres y al mismo tiempo hay en él algo de sus contemporáneos, y no podría ser de otro modo. Valadés rompió las falsas fronteras entre narrativa fantástica y realista, literatura urbana o rural. No cedió a ninguna prohibición: ha hecho cuentos magistrales que valen por sí mismos y también se anticipan a bastantes cosas que llegaron después. Le debemos narraciones de infancia y adolescencia, cuadros del holocausto nuclear, vasos comunicantes entre historia y vidas privadas. Y cuentos como los que ha escogido para que lo representen en este cuaderno: del extremo laconismo de “La incrédula” a la intensidad de “Rock”, una de las primeras expresiones de la violencia urbana, pasando por las magistrales “Raíces irritadas”, aquí está Edmundo Valadés contándonos el cuento que no acaba nunca porque narra la crónica de la humanidad en su viaje doliente y gozoso por esta Tierra.


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Minificción de los jueves: Julio Cortázar

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Calabacines en el Atico. Antología de minificciones de terror por Santiago Eximeno

CURIOSA
José Manuel Fernández Aguilera

La princesa sonrió complacida al comprobar que la rana cabía, al completo, dentro de la boca de su hada madrina. La hechicera lloró aún con más fuerza e intentó, por última vez, librarse de sus cadenas, pero carecía de poder alguno sin su varita mágica.
            Atrapada en una jaula de dientes, la rana movía con desesperación sus muñones y suplicaba clemencia con la mirada. De sus labios verdosos, aunque muy humanos, surgieron tres palabras:
            —No lo hagas.
El corazón de la chica latía como nunca antes. La emoción y el anhelo ardían en su barriga. Se inclinó con parsimonia y dio un beso dulce a la cabeza del anfibio. Luego saltó hacia atrás; no quería mancharse el vestido.


MADRE AUSENTE
Fernando López Guisado

Madre ausente procura estar fuera todo lo posible, de su estado, de su continente. Habla con su futuro ex marido apenas una vez por semana.
Le gusta el cuenco de saladitos bien lleno, el mini-bar bien surtido y el ProzacTM bien cargado.
Le gusta un retrete de hotel impoluto para diluirse tras el abuso de fotos de un hijo con ocho meses a las tres de la madrugada; la hora en que despertó para encontrar la cuna llena con una estatua de muerte súbita y enterrar su alma de pajarito realizado en una jaula hueca.

Madre ausente procura estar ausente todo lo posible.
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Minificción de los Jueves. Roberto Abad

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Tiempo enfermo de Roberto Abad


ROBERTO ABAD (1988, Cuerna- vaca, México) es narrador y músico. Fue incluido en la antología Alebrije de Palabras. Escritores Mexicanos en Breve. Recientemente, tres de sus cuentos fue ron traducidos al francés en la antología Lectures d’ailleurs. Es una de las más interesantes voces de la nueva minificción. VR




LA REBELIÓN DE LAS ESTRELLAS Cada dios tiene su propio universo. Unos lo prefirieron de fondo fulgurante; otros, opaco y tenue; los más tradicionales, blanco. En cambio, el nuestro, lo quiso oscuro, negro, lóbrego (también frío); y la poca luz que se ve, comprueba que incluso las estrellas se rebelan a su mal gusto.

NUEVOS GÉNEROS Alguien en el taller, al presentarse, presumió ser especialista en ranativa. ¿No habrá querido decir narrativa?, pensé, pero bastaron unos segundos para descartar mi deducción, cuando esa persona comenzó a ponerse verde, con los ojos saltones y la piel húmeda, idéntica a la de un anfibio.

SOÑAR CON UN DALÍ Un reloj sueña con un Dalí que se derrite. Un elefante sueña con un Dalí de piernas gigantes, alargadas hasta el cielo. Una granada sueña con un Dalí que vomita a un pez dorado que, al mismo tiempo, vomita a un tigre. En conjunto, cuando despiertan y las luces del museo se prenden, las pinturas descubren que la realidad es otra. No obstante, cuando termina el día y se quedan a oscuras nuevamente, sienten alivio porque al menos en sus horas de siesta pueden vengar las desfiguraciones --ideadas por un loco--, que los conocedores suelen llamar arte.

TIEMPO ENFERMO Los días eran pocos porque el tiempo tenía hambruna y estaba muriendo. Las semanas comenzaron a reducirse: los meses pasaban en quincenas, luego en docenas y así sucesivamente. La vida se adaptó de tal modo que hubo el caso de un bebé al que llamaron Minuto: creció, envejeció y murió en sesenta segundos. Pasmada, la humanidad entera creyó haber perdido la esperanza; sin embargo, un extraño consuelo les quedó al saber que, aun con la fugacidad del momento, el pequeño no se fue sin conocer el amor; el de su madre, quien falleció después de amamantarlo por primera y única vez.

LOS REYES QUE NUNCA SE ENCUENTRAN Izquierda, el alfil, indica uno. La torre, por el frente, mueve el otro. Adelante, el peón, avisa uno. El caballo, cuatro encima, indica el otro. Jaque mate de nuevo, chista uno. Y entre tanto ajetreo, la reina blanca, a la orilla del tablero, piensa que si las cosas siguen así será mejor encontrar otro juego. Hallar uno en el que algún día (si es posible por semanas), pueda reunirse con su rey negro, y amarlo sin ninguna guerra de por medio.

CINE INTERESANTE No era una película de zombis ni de lobos ni de vampiros, ni de ninguno de esos lugares comunes. Era de amor, y daba miedo.

PRIMITIVOS Al final de los tiempos, de todo el lenguaje sólo una vocal sobrevivió, y con ella bastó para contarse la historia del mundo.

ARE YOU TALKIN’ TO ME Qué me ves. ¿Me estás hablando a mí? Más te vale que no. ¿Ah? ¿Qué dijiste? ¿Sabes con quién estás hablando?, ¿sabes realmente con quién estás hablando? ¡Basta, me colmaste la paciencia! Te voy a matar, imbécil, dijo el ladrón, ensayando y cortando cartucho.
Entonces sonó una detonación. La bala salió del espejo.
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