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Los objetos perdidos de Graciela Tomassini



Graciela Tomassini,  narradora, ensayista y profesora argentina, es una de las más importantes teóricas de la minificción. Ha publicado El espejo de Cornelia (1995)  y junto a Stella Maris Colombo: Reconfiguraciones. Estudios críticos sobre narrativa breve hispanoamericana de fin de siglo (1996),  Comprensión lectora y producción textual. Minificción hispanoamericana (1998), Juan Filloy. Libertad de palabra (2000) y La minificción en español y en inglés (2009).  Su narrativa mínima es elaborada, compleja, interesante y conforma ciclos narrativos. VR


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En su altillo, Felicitas tiene una caja donde guarda los objetos encontrados, y otra que contiene los nombres y las historias de sus objetos perdidos. Son muchos más los perdidos que los encontrados, y esto se debe, quizás, a que ningún objeto se pierde por casualidad, sino por una suerte de vocación trashumante que tiene impresa, como un color o una textura. No lo reconocemos, y lo tratamos igual que a las cosas dóciles, resignadas al dominio que pretendemos ejercer sobre ellas. Ignoramos, por ingenuidad o falta de atención, su alma de canto rodado.
Felicitas escribió: Hay objetos celosos y sutiles, siempre a punto de borrarse. Los sostenemos con la mirada, pero están siempre bordeando la nada. Pestañeamos, y ya se han ido. Incrédulos, esbozamos teorías que invariablemente parten de un supuesto improbable: la idea de que el objeto nunca existió fuera de nuestra ilusión o sueño. Tuve una vez un anillo de piedra azul. Lo compré en la tienda de anticuario que está frente a mi casa, porque creí que me llamaba desde la vidriera atiborrada de restos ruinosos. Sólo tres días consintió en prestarle a mi anular el prestigio de sus reflejos marítimos. Después, se disolvió en un instante frente a mis ojos, dejando tras de sí la huella de un recuerdo vacilante.

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No hay que confiar en los objetos que uno encuentra en la calle, porque llevan como un estigma el olor y el calor de otras manos. Como los enamorados no correspondidos, nunca los abandona la sospecha de haber sido tratados con negligencia o desamor. Podemos apoderarnos de ellos, pero no retenerlos.  Lúcidos y atentos, nos observan para aprovechar el instante de distracción que permitirá su huída, y volverán a la calle, donde quizás el azar guíe los pasos y la mirada del añorado dueño, que a su vez vive atormentado por la memoria de lo que alguna vez fue suyo.

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Entre las categorías más inquietantes a que pueden adscribir estos objetos voluntariosos y taimados, señalo dos: la de los objetos metamórficos y la de los transdimensionales. Compré un pato de arcilla a una niña que los ofrecía por las mesas de un café, la última primavera. Lo envolví en una servilleta de papel, para protegerlo de las agresiones de los demás pasajeros de mi abigarrado bolso. Cuando lo saqué, ya en casa, para mostrárselo a los amigos, era un búho que me miraba con toda la severidad de que es capaz su estirpe. Igualmente, le encontré ubicación en un estante de la biblioteca, que es el lugar natural para este habitante de mitologías. Esa misma noche, ya era un delfín de madera tallada, y al otro día un tatú carreta, y al día siguiente una baraja española. Quise jugar un solitario con ella, pero todas las cartas eran el cuatro de bastos. No sé qué forma habrá asumido hoy, mientras escribo.

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Los objetos transdimensionales llegan a nosotros de maneras misteriosas; un día los encontramos sobre la mesa junto con las tazas sin lavar del desayuno, y nos rompemos la cabeza, incapaces de descubrir su procedencia. Así llegó a mi vida un pendiente de bronce iridiscente, grande, con forma de venablo. Pregunté inútilmente a todas mis amigas si alguna de ellas lo había dejado olvidado sobre mi mesa. Pregunté a las alumnas que a veces venían a devolverme libros o a pedírmelos, con idéntico resultado. Alcancé a usarlo un par de veces, antes de que desapareciera tan misteriosamente como llegó. Nadie dejó de admirar su delicada factura, sus movimientos que parecían voluntarios, ajenos a mis gestos. Como los hrönir que Borges describe en uno de sus cuentos, no era de este mundo.

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He perdido fotografías, pañuelos, abanicos, dados, dedales, billeteras con o sin contenido; también, por supuesto libros, pero éstos son siempre objetos de paso, que están hechos para derivar de mano en mano. Lo que en realidad ocurre es que estos nunca han sido objetos, sino ánimas enmascaradas: nos eligen por un tiempo, como los animales que se dejan llamar mascotas, y los amores. Nunca han sido nuestros, porque se pertenecen a sí mismos. Si lo pensamos bien, todos los objetos que pasan por nuestras vidas entran en alguna de las categorías antes enunciadas. Toda pertenencia es ilusoria.

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Los objetos perdidos nunca desaparecen del todo. Dejan tras de sí una estela de palabras para inducirnos a indagar su ausencia. Pero las palabras son aún más insidiosas, más inestables. Sé que ya he perdido muchas, y lo que no me deja dormir es el temor de perderlas todas, porque todavía no he aprendido a nadar en el silencio. Las Arañas, en cambio, tejen aún con los ojos cerrados.
Más mínimos en www.ficcionminima.blogspot.com @ficcionminima

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Minificción de los jueves: Diego Muñoz Valenzuela

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Minificción de los jueves: Lilian Elphick

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Minificción de los jueves: Alberto Barrera Tyszka

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Móviles de Zakarías Zafra

VIAGRA
Cayó la noche y ni ellos pudieron levantarla.

CONJUNCTIONIS
Entre Hung y Jung hay un millón de chinos anónimos y un discípulo de Freud.

MÓVILES
Anoche hallaron tres cuerpos en la misma posición. Se sospecha de una mujer en serie.

MAR DE LEVA
La brisa lanzó un alarido de monstruo y vomitó piedras que rompieron las ventanas. Una masa enorme de arena se alzó a lo lejos y se derrumbó sobre ellos. ¡El agua me está quebrando la cintura!, gritaba trepando las escaleras, tratando de alcanzar el último escalón que sobresalía del agua. ¡Está ahogando las mesas, las sillas, mi hija!... De pronto un rugido la ensordeció. Estallaron las lámparas. Todo quedó en una penumbra traslúcida.
[Silencio]
Al día siguiente tocaron la puerta con mucha insistencia. Era un pescador que cargaba algo parecido a un molusco, una especie de placenta espichada que mantenía en posición de ofrenda. De ella asomaban dos piecitos pálidos, rayados con las venas irrigadas de los recién nacidos.
-          Le traigo a su hija, señora. Me apareció en la puerta esta mañana. Se la envolví en esta bolsa para que no le pegara frío.

Ella, observando el rostro doloroso del hombre, subió la cabeza en un gesto gallardo y entendió lo que pasa cuando se aborta un amor en el mar.
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Pasos de Isabel Moreno García


ANTES DE 1900 
Dejamos atrás la superficie de los cactus; muchos se erguían espinosos, pero algunos se presentaban coronados con flores bajo el límpido ámbar de esa tarde de otoño. Errar por el jardín botánico, situado en el centro del barrio antiguo, era deslizarse sin brújula por el límite atemporal del ensueño. Los gatos nos vigilaban cuando desembocamos en el invernadero de hierro y cristal, que se alzaba como el extravío de una época aún encantada por derroteros sagrados. Al entrar, sentimos la humedad del aire que se abatía sobre las plantas tropicales, tan diversas en su frondosa umbría. Estábamos solos en el recinto poblado por una concentrada vegetación que asimismo proliferaba caldeando el ambiente. Pudiera ser que nuestras palabras acuciasen al propio idioma, y por eso retrocedimos más de cien años para llegar sin sospechas hasta el ámbito en que todavía no se interpretaba el significado del amor. Así, en medio de aquella fragancia indefinible, quedamos exentos de ser contemporáneos. Ese juego fue un trance de alegría que quebró la sucesión convencional que acaba ordenando los días.


REGALO 
Aquel sábado por la mañana se cepillaba el cabello frente al espejo. Los visillos estaban abiertos y vio cómo caían los copos de nieve, espesos y livianos a un tiempo; parecía que flotaban diseminados antes de descender con una lentitud muy pura. De seguir así, cuajarían en la acera. Sintió que su respiración se avenía al ritmo suave con que se precipitaban aquellos grumos de agua helada. Le hubiese gustado recogerlos en un cuenco y extenderlos sobre la piel del rostro para asimilar ese esplendor tan blanco. Se trataba sin duda de una creencia infantil que la había acompañado toda la vida. Al contemplar su imagen, advirtió en ella una mirada plácida y el color castaño de su pelo. Cerró los ojos para apropiarse de aquel momento. Entonces, el sonido del timbre la sobresaltó. Se colocó una chaqueta sobre los hombros y se dirigió deprisa a abrir la puerta. Era un mensajero joven que le entregó un pequeño paquete. Comprobó el remite y al tacto se dio cuenta de que contenía un libro. El mejor regalo. Leería durante todo la jornada vaticinando que sería un día afortunado.


LO INESPERADO
Sin cita previa solían encontrarse en el mismo banco de la alameda. La hora cambiaba según las estaciones, pues agotaban el fresco del atardecer o buscaban el calor del sol cuando arreciaba el frío. Podían hablar o guardar silencio, pero se habían acostumbrado a re-unirse en aquel paseo cercado a las afueras del pueblo. Dos personas solas que empezaron a conocerse en la vejez. No les asediaba la mala salud y dedicaban parte de su tiempo a los libros. Ella, entusiasta y arriesgada, acababa de anotar algunos pensamientos inspirados en la lectura de Fedra de Racine. Era la primera vez que realizaba un ejercicio de escritura. Temía la reacción de él, que poseía una actitud más taciturna. Pero esa tarde sacó los dos folios del bolso y se los leyó. Al terminar, lo observó. Descubrió una mirada dura acompasada con un ademán de la mano que parecía querer sacudirse sus palabras. Luego, impertérrito, se parapetó en un indiferente mutismo. Quedó consternada, como si le hubiesen infligido una profunda herida. ¿Qué había sucedido? Se levantó temblorosa y se marchó reteniendo aún las lágrimas.

LA NOCHE
En el centro de la mesa permanecían los candelabros. Cada uno poseía tres brazos sinuosos que confluían en un pie esbelto de base curva, pero irregular. Brillaban sus superficies niqueladas bajo el sucinto fuego de las velas. Sólo utilizamos ese fulgor de llama. Nuestros rostros, al desplazarse, oscilaban con viveza por estados diversos de claroscuro. Por eso nos parecía que el fluctuante juego de luz y sombra modulaba con más nitidez el timbre de nuestras voces. Sobre el mantel aún quedaban esparcidas las manzanas. Aspiramos su dulce aroma del que emanaba un rastro de acidez muy fresca. Podría haberse detenido el tiempo y quisimos escribir en un cuaderno palabras nuevas y remotas que se intrincasen como una malla. Mientras los vocablos proliferaban bajo las candelas como espíritus tutelares, se iba excediendo la noche. No había prisa. En la calle era esa hora de silencio en la que siempre se oye el ladrido de un perro a lo lejos. Cuando nos tendimos entre las sábanas blancas, silbaban las rachas de viento tras el vidrio de las ventanas

Isabel Moreno García. Pasos. Madrid: Plaza y Valdés Editores, 2013.

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Minificción de los jueves: Raúl Brasca

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Minificción de los jueves: Rogelio Guedea

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La tristeza literaria de Laura Cracco

EL OJO
Ser único lo condena a estar siempre asomado a una ventana, aunque no haya un límite afuera tan estrecho como el cuadrante encerrado dentro del marco que le permite ver; aunque esté al descampado, o mire desde un acantilado frente al que se abre el océano sin trabas o desde el último piso de un rascacielos o en medio de un Sahara. Ser un solo ojo sin cuerpo, un iris rico en colores que abarca desde el azul al naranja, además puede producir en otros el efecto de hilarante tragedia del culo de un mandril. La carcajada que arrastra al llanto o la risa que sucede a las lágrimas cuando se agotaron, el dolor ya no tiene más adonde ir y da paso a la mueca que se reseca en parodia. El ojo, además, carece de amo, pero es poseído, provisionalmente, por distintos dueños que jurarían, cuando ven a través de la pupila, que es todo suyo y que también lo mirado de alguna forma les otorga algo de albedrío o territorio. No hay disputas sobre en quién ni cuándo recaerá, ni turnos establecidos como con aquellas viejas Grayas a quienes Perseo despojó de la única pupila en su busca tras la Gorgona. El ojo es libre, no pertenece a nadie, no así sus huéspedes ocasionales. Éstos no pueden sino sucumbir a la tiránica fascinación del colorido ano que guía a la manada, ver lo que el orificio consiente. El ojo es mudo, nada puede decir, nada puede hacer sino ser un ojo, único, solitario, prisionero del túnel que irremediablemente encierra la visión.

TRISTEZA LITERARIA
Domingo triste, repite el lugar común que da inicio al relato, como si la palabra domingo per se arrastrara en cada sílaba una melancolía milenaria. Está escribiendo un día domingo, está triste y se pregunta por qué no logra escribir algo alegre, feliz, optimista. Lleva días sin ver a nadie, apenas ha salido a realizar las tareas mínimas que le permiten continuar encerrado, escribiendo. Todos sus días, en cierto modo, son en domingo. Lo invade una rabia sin colmillos ni pezuñas, macilenta, triste. Tengo que escribir algo distinto, algo que sea en viernes o jueves, algo que respire a pleno pulmón, exactamente lo contrario de lo que soy. Tengo que buscar palabras nuevas, metáforas que no estrangulen, personajes libres de mi propia maldición. Entonces, sí que sería un escritor. Pero eso es justo lo que su experiencia,  talento, o naturaleza no le permiten avizorar. No logra imaginarse escribiendo un cuento feliz, los intentos resultan tan pueriles que no llegan a la segunda cuartilla. Sólo se puede escribir sobre lo que se conoce. Él maneja tan bien el arte de la tristeza que apenas tiene que esforzarse para amontonar cuartillas y cuartillas sobre ella, se conoce todos sus trucos de memoria. La felicidad posee una retórica que él ignora por completo, sería una novatada intentarlo. Tendría que empezar a vivir de nuevo, sacrificar todo su oficio, toda una trayectoria.
El ojo pasó con la fugacidad de la luz entre él y la página que escribe. Retrajo todo su brillo, no fuera que el hombre intentara aprisionarlo dentro de su interminable domingo de tristeza literaria.

NI-NI
La niebla forma una sólida muralla blanca, nada se cuela, nada sale; todo lo iguala en el limbo donde nadie es bueno ni es malo; todos, medio algo, medio nada; todos medrando en la indecisión que los mantiene a salvo; todos amparados en la coartada de no haber visto, oído, sabido nada; a salvo de ser vistos, oídos, sabidos. La densa bruma ha borrado los edificios vecinos, la ciudad, el país todo. La bóveda de niebla  borró la realidad. Los llaman los Ni-ni, ni lo uno ni lo otro ni tampoco lo contrario. No existe para ellos infierno ni paraíso, languidecen en la inocencia, se funden en la bruma. También la niebla les impide ver las púas en el horizonte, mitiga los alaridos allá afuera, los de quienes se escuecen bajo el sol impío, respiran los gases, son apresados, baleados y saben que goma es una palabra hueca; los que conocen el poder de una firma que acarrea para quien la estampó toda la ira del Poder; los que se embarcan en huelgas de hambre y agonizan envueltos por el algodón que tapona el cielo, un cielo de hospital. Los desaprensivos que se exponen a los embates de  la realidad que la dictadura ordenó prohibir. Los que buscan el nexo primigenio que los liga a su vida y a su  muerte propias, sin intermediarios,  inermes y libres, a su cuenta y riesgo como aquel homínido que experimentó la sorpresa de descubrirse hombre. ¡A garhi! ¡A garhi¡
Los sepultados en la bruma de la inocencia caminan sin mirar al suelo, que no quieren o  no pueden ver,  aplastan el ojo, continúan, con pasos breves, su largo y muelle paseo en círculo. Tampoco la hierba que pisan se percata de que fue hollada.
                                 
DICTADURA
Despertó aterrada del sueño y, ya despierta, no puede salir de él. Se ha duchado. Cocinó a rastras el desayuno para su pequeño hijo. Evitó mirarlo a la cara. Le acompañó hasta que subió al transporte, sin mirar a nadie a la cara. Volvió a su apartamento. El terror no desaparece aunque el sol ya no perdona ningún escondrijo,  aunque el machetazo de luz debió restablecer la realidad y extirpar toda ambigüedad.  El terror continúa como si ella aún durmiera y el falso despertar, la rutina, el amanecer de la razón formaran parte de la pesadilla; como si no quedara consuelo posible en ningún lugar en el universo todo. El universo todo quedó encerrado en la pesadilla, ¿a quién llamar, si todos comparten el mismo sueño? ¿Dónde el auxilio, sin afuera?
El día está agonizando, la tiniebla avanza, la pesadilla sigue. Sabe  que mañana tampoco despertará. El sol que ella vio surgir en la mañana es un astro muerto. ¿Tendrá que acostumbrarse, como afirma la mayoría, a vivir, moverse, pensar y sentir en la oscuridad? ¿Aprender a estar cómoda entre garfios? ¿Entender de una vez por todas que la alambrada forma parte del horizonte y que no existe otro cielo ni otro azul libre de púas? ¿Deberá aceptar su esclavitud con naturalidad, y aprender a ver y verse desde la mirada bíblica del afrikáner o del sureño? Acostumbrarse y acostumbrar a su hijo a no labrar sorpresas; avaramente cuidar un huerto de macilentas hierbas sin olor; a nunca exceder el susurro; a la dictadura de la noche.  Aprender que el día no es día, sólo un espejismo de un sol de lata encerrado en el sueño eterno. Acostumbrarse a la costumbre de vivir muerta.

 ESA COSA CON PLUMAS
Sabe que su destino es no cansarse, aunque se le doblen las rodillas y muerda el polvo; aunque sólo desee bajar los párpados; aunque ya no pueda erguirse ni saltar; aunque deba hurgar en la nevera y hacer la cena con lo poco, medio podrido, poquísimo, sin aceite ni hierbas, sin harina  ni azúcar ni carne; con el estómago pegado al espinazo; con la cabeza gacha; con los hombros entumecidos en el empeño de no dejar caer el no sabe qué, tampoco otros saben qué, que sin saberlo debe sostener; aunque ya no pueda mirar a la cara a nadie. Pero vuelve a oír a Emily Dickinson, se endereza, alza la cabeza, abre los ojos, mira a sus hijos, a su marido. Cocina, pone la mesa, los llama por su nombre y  su garganta se llena con las plumas de la esperanza, y los nombres salen de su boca como una canción.
La esperanza es esa cosa con plumas
Que se posa en el alma,
Y canta la canción, sin las palabras,
Y nunca, nunca para
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EL OJO 2
Hace días que está tirado sobre el suelo, los zapatos pasan a su lado, lo rodean, a veces casi lo aplastan, pero nadie lo nota. Nadie nunca mira hacia abajo en un museo, a menos que haya esculturas. En la sala no hay esculturas, sólo cuadros. Ha perdido mucho de su brillo, apenas el turbio amarillo con algunos destellos marrones lo colorea. Bien pudiera confundirse con una veta del piso. El ojo agoniza: un ojo que no ve es un accidente mineral en el paisaje; no sufre, pero tampoco ama. Sabe que lucha contra reloj. Si alguien no lo toma, se fundirá irremediablemente hasta hacerse una mancha más del mármol. Extraña el momento en que llegó a sentir la fatiga de sentir. Ahora que no siente, que no sufre y tampoco ríe, reconoce la equivocación: la comodidad es la peor razón para morir.
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EL OJO 4
El ojo fue levantado antes de que los dos enemigos se fundieran en el entrañable abrazo de odio. Está a salvo. En la salvación que es su castigo. De nuevo condenado por su hado a  rodar de mano en mano,  a nunca hallar reposo. Obligado a mirar, aunque a veces la visión le resulta más aterradora que la posibilidad de la muerte con todos sus infiernos, o la infértil nada. Condenado al incesante movimiento, a la caldera de los vivos, al destierro y la maldición  de ser cuando no es y de no ser cuando es él. Cuando enceguece para que otros vean, entonces cobra vida. Un ojo en la absoluta soledad no difiere en nada de la piedra. Nació del desgarro: ahí toda su historia. Cada mirada mientras más lo arranca de su origen, más lo acerca a su principio que es también su fin.  Él debe vaciarse para ser llenado, desmembrado está finalmente completo.

EL VACÍO DEL HÉROE

Él es más duradero que sus anfitriones, ¿o huéspedes? Ha pasado de mano en mano, ha rodado, lo han pisado, vapuleado o ensalzado; para muchos ha sido piedra; para otros, vidrio o espejo. Ningún golpe ni ninguna alabanza han quebrantado o ablandado su única cualidad: durar. Pero otra cosa es la pregunta durar en qué, durar para qué, o si la duración de la nada es equiparable a aquella de lo que existe. ¿Radica su duración precisamente en su vacío? Quizás él, como el fuego, cobra existencia mientras consume en llamas, forja esculturas de ceniza y devasta.  Sin embargo, las preguntas sobre el vacío y su propia permanencia le son extranjeras. Las preguntas quedan para quienes lo tocan, lo miran o lo ignoran. Para la mujer que lo usa como excusa para un libro que, laboriosamente, llena con palabras que luego descubre de aserrín; para los nostálgicos que quisieran empadronarse de una realidad redonda; para los poetas que vanamente intentan restañar un mundo a punto de estallar entre el alarido y el gimoteo, entre la fosa común y la rosa irrealizable. 

Laura Cracco. El ojo del mandril. Mérida: Ediciones Actual, 2014
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Fari Rosario: Un poeta perdido en la ciudad

Fari Rosario, poeta, narrador, ensayista, guionista y profesor universitario de República Dominicana. Ha publicado: El jabalí y otros microcuentos (2007); El coleccionista (2008); Polvo y olvido (2009); El discurso de la interioridad y la condición humana en Una rosa en el quinto infierno (breve ensayo, 2009); El columpio de los sonámbulos: Antología de microcuentos dominicanos (2010); La aventura de la vaca flaca (2013). Rosario es una de las nuevas voces de la minificción. Sus textos oscilan entre el lenguaje poético y la ironía. VR

EL PENDOLISTA Juan, el hijo de Pedro, tiene un libro en la mano, una mujer en los ojos y una galaxia que palpita en su corazón. Su pecho late muy fuerte, no se mueve tan rápido como la luz pero mantiene la elegancia y la armonía, al menos eso piensa Juan el hijo de Pedro. Se hizo pendolista desde temprana edad, por lo que pasa días y noches dibujando palabras, en diferentes colores y en estilos diversos. Juan, tiene años sin dormir, al preguntarle la causa me dijo que las palabras son arañas que le roban el sueño.

EL FILÓSOFO Y SU CENTAURO El hombre filósofo que comenzó fascinado por las matemáticas y los seductores sistemas lógicos. Movido por la mecánica de la ingeniería pensó que era propicio hacer algunos planos de aeronáutica. ¡Pero más podía su imaginación que sus planos! Así que durante una fría noche de invierno visitó a su amigo, en Cambridge. No se estaba quieto. Caminaba de un lado a otro y miraba por la ventana cada cierto tiempo, como si alguien lo estuviera persiguiendo.
El amigo le preguntó que si le sucedía algo, a lo que él respondió: no, solo que aquí hay un Centauro. Y puedo demostrarle según el sistema de mi lógica que está aquí, aunque a lo mejor usted no podrá verlo.
No quiero poner en duda su capacidad, amigo mío, pero en esta casa no hay ningún Centauro ­dijo el dueño de casa.
Al escuchar aquellas palabras el filósofo inquieto se molestó, pues su amigo no daba crédito a lo que decía y por la forma en que lo miraba era evidente que lo tachaba de loco. Se fue sin despedirse. Se encerró en su casa a cavilar y meditar sobre cuestiones filosóficas y para disipar, una que otras veces, se daba a dibujar dragones y centauros sobre su viejo cuaderno.

UN POETA PERDIDO EN LA CIUDAD La casa del poeta está sola. A la casa entra un murciélago y llueve y se moja todo porque su mujer está enferma. Aun así el poeta tiene un filoso humor y una tristeza que maravilla. Y aun así, va al Congreso al que ha sido invitado en una lejana y seca ciudad del Caribe y prefiere hablar del murciélago antes que de su mujer.

EL LADRÓN DE PALOMAS

EL JUEZ­. ¿Qué hacía usted en el parque?

EL HOMBRE­. Lo que hace todo el mundo, señor...

EL JUEZ­. ¿Por qué se robó usted las palomas?

EL HOMBRE (ahora con un rostro indiferente y socarrón)­. Yo, señor, no me robé esas palomas; ella se fueron conmigo... que conste en acta, señor, que conste en acta. Yo no soy ladrón.  


EL JUEZ­. Con ese malévolo fin venía usted siempre a echarle granos, verdad. ¡Dígalo de una vez!  

EL HOMBRE­. No señor. Solo duré tres días sin venir al parque para echarle sus granos entonces ellas vinieron a mi casa. Que conste en acta señor juez, que conste...

LA SALAMANDRA La salamandra sale de su escondite de la boca del horno y luego es sorprendida sigilosamente por el inquilino que viene de tercer festival de poesía con la boca llena de metáforas y flores carnívoras en las manos y en los bolsillos. Así no más contempla a la salamandra asustada y luego se va a dormir. Y sueña que una salamandra le dicta versos y cantos. En medio del sueño, escribe de prisa y con avidez, el primer verso dice algo así como: "La salamandra sale de su escondite y te besa la boca"...

EL MAESTRO Y LA ALEGORÍA DEL PÁJARO PINTO
Tú serás el pájaro pinto Que alegre canta por la mañana... El maestro era un personaje, un tanto desquiciado, que vivía en torno a Telemicro y en la cercanía del parque Independencia de Santo Domingo. Era famoso por su habilidad para el dibujo y el sobrio uso del pincel. Era amigo de todo el mundo, sobre todo de los choferes y de quien le regalara dinero, comida o algún cigarrillo.
El maestro tenía un aire de caballero andante, y tenía gestos profusos y altivos, sí, como Don Quijote. Pero su pasión no era explorar mundos desconocidos, sino conquistar el mundo con el dibujo y el pincel. La gente, como es sabido, le daba algunos pesos (aunque a veces era un simple trueque: un dibujo un por un frac o abrigo) y él siempre se mostraba dispuesto a dibujarlo todo: retrato de mujeres, animales, bodegones y castillos. Sólo se resistió, durante toda su vida, a dibujar el pájaro pinto (La primera en solicitárselo fue una dama devota y aristócrata de las tantas que hay en Santo Domingo).
Ahora todos dicen, tanto quienes lo conocieron como quienes no, que hay un pájaro pinto que siempre está allí, un pájaro que no se aparta de su tumba.
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Eugenio Mandrini: Mamut en la noche inmensa

EL FUTURO IMPERFECTO  DE EUGENIO MANDRINI

Eugenio Mandrini es argentino, poeta, narrador, ensayista, guionista, columnista y especialista en tango. Ha publicado: Criaturas de los bosques de papel (1987), Antes que el viento se apague (1989),  La Argentina en pedazos (1993);  Campo de apariciones (1993), Discépolo y Dios (1998); Párpados para el ojo que sale de mí (1999); Los poetas del tango (2000);  Conejos en la nieve (2008), Las otras criaturas (2013). Sus textos son elaborados, precisos y magníficamente bien escritos. VR


MAMUT EN LA NOCHE INMENSA

Soñó que el mamut muerto en el último invierno, el mamut más formidable, más temible y de más estremecedor pelaje oscuro que viera en su azarosa vida de cazador, volvía a buscarlo a él, de entre todos los hambrientos de la tribu que intervinieron en la cacería, sólo a él.
Después, la visión se trasladó a la realidad y el mamut aparecía, irremediable, en cualquier momento de la noche o cuando el fuego de la caverna volvía a la ceniza o aún mimetizado en la lluvia, en la niebla o en la humareda de los bosques incendiados. Entonces cerró todas las formas de la luz y la alucinación y se arrancó los ojos para no verlo más. Pero el mamut volvía siempre, irremediable, porque en el mundo de los ciegos, los ciegos ven.


ESTA PÁGINA ES MUY ROJA

Abrió grande la boca, se introdujo una rosa roja y, pacientemente, para no dañar su belleza eterna, la fue tragando entera. Después, volvió a sus ocupaciones diarias, a la espera de que algo grandioso sucediera dentro suyo: que brotaran de su boca, por ejemplo, jardines del paraíso y le colmaran los ojos. Sin embargo, durante días nada de este mundo ni del más allá sucedió en su vida. Insatisfecho, fue en busca de una nueva rosa roja y al querer tomarla –hecho insólito- vio que ella temblaba, temblaba como de miedo, y enseguida, entre agitaciones, comenzó a deshojarse como una garúa trágica. Esa misma noche,  abrumado, tomó un lápiz y un papel y trazó el dibujo de una rosa. Con el color que fluía del sendero abierto en una de sus venas, la pintó de rojo, y con las últimas gotas, escribió una sola palabra: Perdón.
Nunca sabremos si la rosa roja lo acosará en los sueños.


TANGO DEL LOBO

Primero, faltó a la cita la niña de la caperuza roja.
Después, un eclipse oscureció la luna y debió morderse el aullido.
Por último, la manada lo declaró nada feroz, por esas gotas de soledad que le apagaban los ojos, y fue desalojado del bosque.
Hoy lame zapatos en la ciudad y en invierno busca el abrigo del sol como una abuela.


FUTURO IMPERFECTO

El cielo estaba tan poblado de naves comerciales como antes lo estuvieron las calles de máquinas vertiginosas, que los pájaros se exiliaron en los árboles hasta mimetizarse en las hojas, iniciándose así la extinción de la especie por el inmenso dolor de no poder volar en ese aire sin aire, en ese cielo sin cielo.
De ese tiempo aún se conserva en una de las vitrinas del Museo de los Enigmas, un extraño objeto que algunos, por su forma, lo atribuyen a la pluma de un pájaro, y otros, por su brillo, a un resto de aquellas mañanas luminosas del antiguo cielo.


HOMBRE DE MUCHA FE

Descendió del tren en una estación cualquiera de un pueblo desconocido, y la esperó.
Después, entró en los subsuelos de las catedrales, donde el silencio, de tan espeso, late, y la esperó.
Después la esperó subido a los árboles, a los puentes, a las terrazas, a las torres, a las montañas, a los aviones, a las nubes del sueño y, acaso, a algún ángel.
Después la esperó en la intemperie del invierno más impiadoso, temblando no de frío sino de esperanza, y además bajo la lluvia la esperó, hasta que el agua dolió como pedradas.
Llegó también a comprar un telescopio y esperó verla aparecer de entre los astros.
Lo encontré sentado en el banco de un parque, en silencio, mirando ardiente más allá de los árboles, del tiempo, del desvarío. Le pregunté:
-¿A quien espera tan tenazmente?
Sin dejar de mirar el fuego de la distancia, contestó:
-A la Felicidad. ¿A quién otra podía ser?
Me senté a su lado.


RAÍCES

Con el último golpe del hacha, el árbol cae pesadamente al suelo. Sin embargo, los pájaros permanecen inmóviles donde antes estuvieron las ramas. Acaso porque sólo son la sombra de esos pájaros. Acaso porque esos pájaros miraban demasiado la distancia y la distancia los hipnotizó. O acaso porque la memoria del árbol muere después.





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