Los laberintos de Rhazes Pacheco Escalona

ARIADNA
         Vamos Ariadna, si es que ese es tu nombre. Sí, estoy casi segura de que ese era tu nombre. Vamos, hay que despertar. Hay que volver. Hay que recordar. Recuerda, Ariadna, recuerda. No siempre fuiste así. No siempre te viste así ¿es que no puedes acordarte ya? ¿Recuerdas a tu madre? Porque tuviste madre ¿recuerdas a tu hermano? Porque tuviste hermano ¿los recuerdas? La importancia del nombre, Ariadna. Celia era tu madre. Alfonso era tu hermano, o era Alfredo ¿Por qué no puedes acordarte? ¿Acaso ha pasado tanto tiempo? No.  Fue apenas ayer que tu hermano te pasó por un lado y te vio y no te vio. O hace una semana, que Celia se te quedó mirando, esperando que le pidieras algo más que una limosna, esperando que le pidieras casa, que le pidieras brazos. Pero tú solo pediste la limosna. 
         Y tú no eras así. Ariadna, tú eras bella. Eras joven. Y, además, eras inteligente. Tan inteligente, que te aburrías muy pronto de todas las cosas. Quizás fue por eso que decidiste tentar tu propia suerte. Te cansaste muy rápido. Te cansaste de tu madre, de tu hermano. Te cansaste incluso de tu tonto novio (sí, también tuviste un novio).
         Ahora dime, Ariadna. Ahora quiero que me digas en qué momento la aventura de salir a matar al minotauro se volvió contra ti. Quiero que me expliques cuándo fue que la acera donde ahora vives se convirtió en tu propio laberinto. Cuándo fue que nos convertimos en esto que ahora somos. En esto que yo no quiero ser. Porque lo cierto es que yo, de verdad, no soy un minotauro, nunca lo fui. Por eso, desde hace tiempo, te he estado susurrando mientras duermes. Por eso pongo mis labios, que ya no son más tus labios, cerquita de tu oído, cerquita del cartón y de la maraña sucia que ahora es tu cabello. Y te digo: despierta, Ariadna, despierta. Ya es la hora, ya no puedes seguir durmiendo. Hay mucho por recorrer y no hay tiempo, nunca hay tiempo suficiente. El tiempo hace mucho que no alcanza. Pero eso tú lo sabes, tú más que nadie sabes que el tiempo ya no es lo que solía ser. Por eso debes despertarte ya, tan pronto. Ya viene siendo hora de que recojas el ovillo y vuelvas, por fin, a casa.

EL CAMAROTE
         Nunca pudiste recuperarte de ese mar, Amelia. Por eso estás aquí. Porque Arnaldo fue un mar revuelto para ti, para las dos, pero tú no supiste atravesarlo y te ahogaste como siempre te ahogas en la gente. Y ahora estás aquí, en este lugar donde nadie quiere estar y donde todos estamos, de algún modo. Pero no es por eso que he venido a verte hoy, querida Amelia. Hoy no vengo a reprocharte las malas decisiones que tomaste. Hoy me reúne contigo otro motivo.
         ¿Recuerdas el camarote, Amelia?, ese apartamento diminuto que tenían los abuelos de Arnaldo, tus abuelos, en Cabo Polonio. Aquel lugarcito donde íbamos Arnaldo, tú y yo unos que otros fines de semana y éramos felices. ¿Lo recuerdas, querida? Dime que sí, o al menos lánzame una de esas miradas perdidas que me das de vez en cuando, como si me reconocieras, como si trataras de decirme algo; dame aunque sea una sonrisa mala y vieja, como cuando quieres que yo sepa, con cada hueco de tus dientes, lo mal que aquí te cuidan.  
         El apartamento ya no está, Amelia, como la felicidad. Se vendió después de que un día bajaran Arnaldo y Miguel y no volvieran más. Ninguno de los dos vio venir el autobús.   
         Tú papá decidió vender el camarote justo después del accidente porque, según él, ese apartamento solo había traído desgracias para la familia Antúnez; primero tú, Arnaldo y tú en el camarote, Arnaldo, tú y yo en ese pequeño espacio y todo lo que esos juegos juveniles nos costaron, y luego el accidente. Amelia sin hermano y sin sobrino, y yo, yo sin hijo y sin esposo.
         Hoy vengo, entre otras cosas, a decirte que yo tampoco vuelvo más. Que me mudo a Cabo Polonio. Que lo lamento, pero ahora nadie vendrá a verte. Que te amo igual que en los tiempos del camarote cuando éramos felices los tres, solo los tres y nadie pudo entenderlo, ni siquiera tú. Que Miguel también te quiso. Que siempre le hablé de su tía Amelia. Que aún sigo esperando que regreses de ese mar revuelto que fue Arnaldo para ti, para las dos. Que si algún día sales de ahí, estaré en el Cabo, aguardando para ver si también me los devuelve, y entonces todo será como antes. Estaremos juntos de nuevo Arnaldo, tú y yo. Y ahora también Miguel. Y seremos felices de nuevo, Amelia. Lo prometo. 

RÉQUIEM
         Allí están todos. Todos vestidos de negro o de blanco. Ninguno va de gris.  Yo llego, acabo de entrar al salón iluminado, ya estoy ahí desde hace tiempo, viendo cómo andan de aquí para allá con sus trajes sin matices. Tan de negro o tan de blanco. Ninguno va de gris.  Entro al salón, o ya estaba ahí, no sé.  No importa demasiado. Entro y no reconozco la mayoría de las cosas que allí están. Me han prometido un jardín imperial, de grandes fuentes y grandes rejas, de yerbas verdísimas. En su lugar, me encuentro en este salón con aires de provincia donde ya nada es verdísimo, ni hay rejas, ni fuentes; donde ya nada importa tanto. Importan acaso las medias blancas contra los pantalones negros de los mesoneros que, al igual que todos, van de un lado a otro de blanco y negro. Ninguno de ellos va de gris tampoco.
No quisiera acostumbrar el cuerpo a este espacio, aunque tal vez debería, no sé cuánto tiempo me toque estar aquí. De momento, me dispongo a observar las blancas paredes, como tratando de reconocerme en ellas. Trato de acercarme con cautela a la muchedumbre blanquinegra para entender mejor lo que sus rostros afligidos tienen por decir, es probable que sea lo mismo que dice mi propio rostro, pero aun me encuentro lejos, y la muchedumbre no es más que un gigantesco dominó que se va alejando cada vez más. Ya no me preocupo en alcanzarlos.
         Me resulta muy curiosa la manera en que el cuerpo adopta una postura, como si la habitara, y luego jamás quisiera abandonarla. Me inquieta que mi cuerpo se acomode a estas cuatro paredes blancas, blanquísimas, a este piso de mármol abrillantado y que entonces no pueda ya dejarlo. Preferiría quedarme con las largas calles de palmas que hay alrededor del salón, con la avenida ruidosa de nombre pomposo que circunda este recinto casi sagrado. Incluso, preferiría quedarme con la floristería sin dueño que tengo justo al lado, con sus grandes arreglos florales esperando siempre para ser bautizados.  Pero no puedo irme. Acabo de llegar y todavía no he podido descifrar lo que dicen las voces borrosas de los rostros afligidos. Me gustaría poder oír los labios que se mueven, pero ellos están muy lejos, sí, ellos están muy lejos porque yo, definitivamente, estoy aquí. Me gustaría poder oír esas voces mudas que parecen decir «Tranquila, estoy contigo», esas voces sin cuerpo que parecieran pedir a gritos consuelo, pero no estoy segura, no puedo estarlo, están muy lejos ahora. Son como un murmullo de misa de domingo y yo ya no puedo entender nada. No desde aquí.
         No puedo seguir agotando mis recursos. Ya no sigo recorriendo este lugar, ya no trato de reconocer los rostros ni las voces. Alguien nuevo ha entrado a la sala, ha dicho algo y ahora todos responden en un canto sosegado. El rito se convierte en una canción interminable y yo me fatigo cada vez más con cada repetición de esa música divina. Estoy cansada. Quizá sea hora de permitirle al cuerpo adoptar esa postura tan deseada. Quizá sea el momento justo para descansar. He llegado, eso es un hecho. Pero me parece que me perdí de algo en el camino o, mejor, me perdí en algo. Tengo la sospecha de que un evento abrumador ha ocurrido justo antes del momento de mi llegada. Me temo que he llegado después de todo. Incluso, luego del retardo. El acorde final ha sido ya resuelto.  

Fotografía: Alexis Pérez-Luna





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