Tres de Ponme la mano aquí de Alfredo Sainz Blanco


                                                                                    El invitado
 A la hora del café ya siempre le pido a la ma Inés que ponga otra taza. «Sí, ¡otra taza, por favor!», le reitero cuando ella mira con suspicacia la soledad de mi entorno. Pronto hay dos tazas enfrentadas en la mesita sobrecubierta de terciopelo rojo, junto a un bibelot, un teame, una matriosha, un Baco figulino y una mínima rama en forma de Y, con su correspondiente lazo rojo atado a uno de sus aparentemente frágiles brazos.
—¿Le echo azúcar? —pregunta la ma Inés y como no respondo arroja sobre el tinto una llovizna de la arenilla parda. Algo después, luego de merodear un poco por el patio y regar las plantas, regresa a la biblioteca. «¿Más café?», pregunta por cortesía. Sabe que la respuesta es no. Siempre sobra. En mi taza dejo eso que ella llama «un fondito». La otra está vacía. La ma Inés recoge, se va cantando a media voz y yo le doy las gracias, más por su alegría contagiosa que por el servicio (el café nunca le queda bien. No sé cómo el invitado se toma hasta la última gota). Ella cierra la puerta y me quedo en la semipenumbra de mi biblioteca, donde sólo se escucha el ventilador del techo —un ronroneo relajante que anima el polvo de los libros— y mi propia voz, que todavía corea uno de los estribillo de la ma Inés. Entonces, de repente, el invitado estornuda estrepitosamente. «¡Qué modales!», exclamo sin sobresalto y apago de inmediato el ventilador.

Entre el mar y el espejo
 Vuelvo a tocar la Cedrela de mi puerta, su difícil convivencia con lo externo y lo íntimo. Soy yo, vengo del futuro. Soy yo y llego a la puerta de mi casa, a la identidad que me multiplica, al madero que veo por dentro, por fuera, por siempre; llego a mi puerta desde yo mismo: el compay Jekyll y el compay Hyde llegan a su puerta.
—¡Venden pan por la libre! —me advierte un vecino que ni me saluda. ¿Será que no me reconoce o perdió con los dientes la educación?
—Soy yo, ¡me devuelvo! —le advierto y pienso con regocijo que el verbo nunca ha tenido tan fiel semántica: «me devuelvo» porque regreso a lo que pertenezco, a lo que soy, al nacimiento. He sido un préstamo al camino, un paso reversible, un tránsito ajeno: un hombre entre el mar y el espejo.
—Hola —le digo cuando abre la puerta y siento que mi mirada miope me mira inexpresiva.
—Hola —responde. Trae la carta que acabo de escribir y sostiene la pluma fuente en una mano. Todavía me observa curioso y frío. Se resiste a dar crédito a sus ojos—. ¿Eres tú? —pregunta sorprendido—. ¡Eres tú!
Deja caer papel y pluma y abre los brazos, conmovido.
—¿Por qué no me avisaste que llegabas? —le pregunto.
 
Annabell
 Cuando una lumbre dorada multiplica las transparencias y los vidrios se animan de una fiesta de colores, amanece porque la hija del reverendo cuáquero abre los ojos. Le llamaban Ana, pero bien sé que su nombre es Annabell. Como tantas mañanas, ella llega con el esplendor, no sé si trae el esplendor en sus mejillas, en sus trenzas de heno, en el cielo de la mirada o si, por el contrario, el esplendor ha diseñado una carroza de luz sólo para trasladarla a mis visiones. La hija del pastor es la más bella, la más dulce, la más ingenua del caserío. Y es también la más humilde, siempre calza con inigualable gracia las mismas sandalias ¡y su pie es el más hermoso! Su escasa ropa tiene fragancias de mariposa y jazmín. En su cesta de fibra trenzada acumula los limones que recogió muy temprano del patio y los regala con la simple alegría de su grandeza al concluir la Escuela Dominical. Y en bicicleta va por el campo con los panes que horneó su padre y los regala en el batey, risueña. Luego, encima de un tractor que la maleza feroz ha poseído en un abrazo irreversible, preside una sesión de aeróbicos y su ropa húmeda termina aprehendida a la rosa de sus pezones. Y antes de irse, la hija del pastor explica la conveniencia de recoger los tirapiedras, «Aquí, por favor», ruega y muestra la cesta vacía (nadie le ha escuchado ni a ella ni a su padre una sílaba que no sea en el idioma de todos, donde a veces las consonantes aletean como una mariposa que no sabe volar). Ella inventó la historia de que hay ángeles a los que el Señor dio la tarea de cantar convertidos en frágiles pajarillos. Muchos niños entregan el tirapiedras de buena gana, a cambio de unos granos de arroz y unas semillitas de alpiste para los ángeles que no han cesado —a pesar de la piedra asesina— de cantar en la tupida floresta. Y luego, aunque regresa cansada a la casa pastoral, Annabell riega el jardín con su enorme regadera, y yo, sin sobresalto, me despierto en la cama mojada.

2 comentarios:

Ana Li | 7 de julio de 2011, 23:07

Muy buenos los cuentos, Alfred, felicidades!

Begoña Eguiluz | 22 de octubre de 2011, 4:31

Son originales. Deliciosos. Me encanta esa atmósfera saturada. Esa acumulación de de tantos detalles sutiles y diversos que me sumergen en densidad de luz, aroma y sonido...esas sinestesias refinadas que propician la entrada al mundo en que uno puede ser "su propio invitado", "su recuperado amigo"...Su complice.

La verdad, Alfredo, hace tiempo que no leía con tanto placer. Quiero decir; no transitando a través de las palabras sino saboreaándolas, tocándolas con dedos temblorosos, poniendo oído a su melodía.Volviendo una y otra vez sin querer irme.

Lo que acabo de leer es poesía. ¡Quisiera seguir leyendo...!

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