Me despiertas cuando comience, dijo la mayor de mis hermanas. No se te vaya a olvidar, repitió. No había ningún problema pues yo no pensaba dormir esa noche. Pasaría la noche despierto, esperando. Fue como a las tres o a las cuatro de la madrugada, no lo recuerdo bien. Lo que sí recuerdo con precisión fue la expectativa que generó. Todo el mundo estaba pendiente como si tratara del paso de algún cometa milenario o la llegada del hombre a la Luna. Lentas pasaron las horas en la fría noche merideña. Cuando por fin comenzó, todos en nuestra casa estábamos en silencio frente al televisor. Por alguna extraña razón el evento no importaba, era más bien el resultado. Comprobar que los milagros eran posibles y que aquellos seres que no limitaban en el territorio de lo humano, probablemente existieran. Allí estábamos todos observando aquella batalla desigual, pues desde el comienzo, el campeón fue mucho más. Nuestro héroe y su hermoso rostro era atacado sin piedad por aquella mole humana, y sólo sus brazos infinitos impidieron que lo trituraran. La segunda de mis hermanas, la más fanática al ídolo, me miró, y no sin lágrimas en sus ojos dijo, mejor sigo durmiendo, queriendo quizás borrar de la memoria aquel desmerito. Pero algo sucedió unos rounds después. El triturador comenzó a cansarse bajo el agobiante calor africano. De tanto lanzar golpes ya no tenía fuerzas. Como si nada hubiera pasado; como si no hubiera recibido ni un solo golpe en la pelea, aquel ser maravilloso que había librado grandes batallas, incluso sin ir a la guerra, “volando como una mariposa y picando como una abeja”, logró derrumbar y fulminar a la mole. En nuestra casa, en toda la cuadra y en la ciudad, en el país y en el mundo, se oyeron gritos y celebraciones. Sí, el milagro había sucedido y el “Más Grande” continuó construyendo su mito. Mi hermana volvió y al ver los abrazos entre nosotros rompió a llorar sin decir ni una sola palabra.
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1 comentarios:
Excelente micro. Todo eso sucede. Rub
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