Ficción Mínima en papel: Justo arbitrio de Henry Ficher

Fin de semana

Sábado 26 de Octubre de 2013
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TalCual


Fin de semana

LITERALES



HENRY FICHER


     
JUSTO ARBITRIO Llegan a la final del campeonato los dos equipos locales. El estadio está lleno a reventar.

En un partido muy disputado, con varias opciones de gol, pasan los noventa minutos reglamentarios sin que ningún equipo logre abrir el marcador. Pero en el primer minuto del descuento el árbitro sanciona un penal.

Los seguidores de ambos equipos elevan sus plegarias al cielo para pedir un milagro, pero quiere el azar que el número de piadosos entre el público a favor de cada equipo sea exactamente igual. Dios, que a todos escucha, debe decidir si el delantero que cobra el penal acierta o falla.

--Que sea lo que Yo quiera--, se dice, antes de lanzar la moneda.

EL SUEÑO DEL CABALISTA Toda la tarde, y hasta altas horas de la noche, estuvo el exégeta escrutando las sagradas escrituras en busca de un Sod, de un misterio oculto entre las letras, un secreto capaz de otorgarle infinita sabiduría.

Bajo la escasa luz de la vela leía pasajes particularmente oscuros, saltándose las letras: siete hacia la derecha, doce hacia arriba, cinco hacia atrás, cambiando la dirección de la lectura según pautas prefijadas. Después anotaba las letras resultantes y buscaba en la frase un mensaje. El laborioso proceso, sin embargo, aún no le había dado resultado.

Se acostó muy cansado. Las letras daban vueltas en su cabeza. Palabras sin sentido se formaban en su mente y al instante se esfumaban, para dar lugar a otras. Así se durmió, y el sueño fue una continuación de la vigilia. Nuevamente se vio contando y permutando, sólo que en el sueño alguien lo guiaba: "doce hacia abajo, tres a la derecha..." Se despertó de un salto y buscó papel, pluma y tinta. Una a una fue anotando las letras que producían el esquema que recibió en el sueño. Al amanecer ya había descifrado el mensaje: "D-e-s-i-s-t-e".

LA PRUEBA Hace un tiempo conocí a una mujer llamada Priscila, en una discoteca frente al mar.

Un hombre la estaba acosando y yo defendí su honor.

Bailamos merengue y bailamos son.

Sentí su cuerpo ceñido al mío, sus senos rozando mi pecho, su pubis pegado a mi pierna.

La besé contra un muro, en una calle sin farol. Frente a su puerta me dio las llaves y pidió que abriera. Pero yo, torpe de mí, no logré abrir el candado de su reja.

Me despidió con un beso en la mejilla y nunca más la volví a ver.

BREVE HISTORIA DEL FUEGO El primer fuego hecho por el hombre llevó el elemento del mundo del portento a la vida cotidiana. Antes había sido mágico, divino, fenómeno natural. En manos del hombre fue el germen de la tecnología.

Tan laboriosa fue su primera ignición, que no se dejó extinguir: pasó de hojas secas a leña, de leña a hoguera, de hoguera a pabilo, de pabilo a horno, de horno a hoguera, de hoguera a leña, de leña a hojas secas. Ese fue el ciclo corto del fuego. El ciclo largo se inició en la misma hoguera, luego pasó a la lámpara de aceite, a la antorcha, a la lámpara de gas. Fue así que el mismo fuego que consumió Roma eventualmente redujo a cenizas Chicago.

CINCO POR DOS, UNO Comenzaron a jugar cartas y cosas de esas, no todos los días pero sí de vez en cuando, hasta que se cansaron de los juegos tradicionales y decidieron imitarse, duplicarse mutuamente de tal manera que al final resultaron todos morenos con bigotitos y de ojos verdes y ellas rubias, delgadas y lánguidas, cada uno el reflejo exacto del otro, y como eran cinco matrimonios, y, además, por haber llegado a extremos peligrosos como intercambiar casas, mujeres, documentos y todo lo que podría identificarlos, pronto nadie supo quién era quién ni quién se acostaba con quién, así que ahora mantienen siempre juntos, jugando constantemente por si algún día vuelven a ser lo que eran, cinco matrimonios y no uno.

EL ENVÉS DEL ESPEJO La mujer se detuvo un instante ante el espejo para acomodarse el sombrero. Luego giró en dirección a la puerta, pero al dar el primer paso se detuvo, aterrorizada: su pié se había deshecho en el aire. Con cautela extendió la mano fuera del marco, sólo para constatar que ésta también desaparecía, desde la muñeca hasta las uñas nacaradas. De un salto pretendió escapar, pero al verse sin cuerpo perdió la orientación y se desmoronó en el piso. Sólo entonces comprendió que se encontraba al otro lado del espejo.

Henry Ficher. Junto a Guillermo Bustamante Zamudio y Harold Kremer, fue miembro del Consejo Editorial de la revista Ekuóreo, que ahora también tiene edición digital: http://ekuoreo.blogspot.com/.
Nació en EEUU, se crió en Colombia y vive en Israel. http://historiasplausibles.blogspot.com/

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