Ficticianos en Ficción Mínima





Fernando C. Pérez Cárdenas
(a) General Macario Piedra, es un ficticiano, aparte de físico vago. Su obsesión es comprender un día las causas y naturaleza del fluir del tiempo; su desvergüenza le permite subir a la Red uno que otro cuento. Se gana la vida desarrollando teorías a las que nunca se les ha encontrado aplicación, lo cual le impide realizar sus sueños de trovador. Espera con paciencia a que le ocurran cosas interesantes o divertidas para empezar a escribir su biografía. Radica en los Estados Unidos.


Profeta del vacío
El autor de estas líneas se ha ido. Ni siquiera se despidió. No es a mí a quien leen porque yo soy nadie. Tampoco escuchan al que transcribe porque él no tuvo conciencia de sus actos; fue tan sólo el involuntario vocero de algo, o alguien, que se esconde más allá de nuestra comprensión. El autor de estas líneas vino e intentó razonar. Imaginar. Y, como tanta gente, al final aportó nada. Por eso se fue.

En familia
Empezó clonando hormigas; luego ratas y cerdos. Con la confianza que brinda la práctica, se reprodujo a sí mismo. Satisfecho, repitió. ¿Para qué casarse si ya había creado seres tan perfectos como él? La fama le dio la fortuna necesaria para continuar la producción. Con los años, el mundo inmediato se expandió y el exterior se hizo más y más lejano. Viejo, pero aún fuerte, vio morir al último criado no proveniente de él, quien fue sustituido por uno de los cientos de clones que habitaban la inmensa mansión. Y así quedó totalmente solo.

Dicen
Mi incrédula hermana me contó que su despistado novio le ha confiado que su santa madre le dijo que unas persignadas señoras le informaron que el indignado cura asegura que el idiota aquel gritó: “¡fálico!”. No es cierto. Yo exclamé: “¡bíblico!”.

Grava

Brinco de un autobús en movimiento y las piedritas sobre el asfalto me lastiman cuando toco suelo. Camino como un pato y subo a la banqueta. Sólo unos pocos peatones parecen notar mis pies descalzos, ensangrentados y sucios; la demás gente va de prisa y no se percata. Al pisar un escupitajo me maldigo y pienso que hubiera sido mejor no deshacerme de los zapatos hasta llegar al trabajo. Pero me reanima el imaginar que mi lastimosa condición seguramente surtirá un mejor efecto. Ya en la tienda, los otros vendedores me interrogan escandalizados. Quiero gritar que por el miserable sueldo que recibimos, ésta es la única manera digna de deambular entre tanto superfluo artículo de lujo; mas simplemente añado que mi problema son las superficies irregulares. La jornada transcurre casi normal. Cerca del mediodía, Claudia me informa que la jefa quiere verme. Me dirijo a su oficina lentamente. Toso para anunciarme. Estoy bajo el marco de la puerta. Ella levanta ligeramente la cabeza y fija su vista en mis partes heridas. Luego clava sus ojos en los míos con una extraña sonrisa que no logro descifrar. Ordena que me acerque a su escritorio. Lo hago lo más naturalmente que puedo. Me entrega un cortaúñas e indica que puedo regresar al mostrador.

Kennedy
Cuando resucitó, la Revolución todavía estaba ahí.

Deslices
Alrededor de la mesa redonda se sienta todo el gabinete de la diosa: el barbón de cabello castaño es el ángel de economía; el pequeño, de expresión tímida y con lentes, es el ángel de obras públicas; el gordo es el ángel de gobernación; el ángel de la independencia es aquél de grandes tetas. Ninguno tiene sexo, por lo que son incorruptibles. Más no están desprovistos de emociones. Ahora mismo esperan ansiosos a que el querubín mayor descienda al centro de la mesa y libere con ceremonia al armadillo que dormita en su jaula. Ya libre, éste caminará torpemente sobre la lisa superficie, en trayectorias al azar, hasta alcanzar la orilla y dejarse caer en las piernas de un ángel, quien así será elegido para subir al cielo y, una vez divinamente sexuado, procrear a la nueva generación de dioses, con la ayuda de una de las once mil vírgenes del coro. El animal siempre observa divertido con sus diminutos ojos negros doce caras que lo invitan a seguir en línea recta, mientras resbala y cambia de dirección a su antojo.

2 comentarios:

Esteban Dublín | 11 de marzo de 2009, 16:44

Dicen, el cuento, me parece a mí que cuenta con todas las característcas ideales de un buen micro, aparte de un estilo particular.

Felicitaciones por ese, Fernando.

Alejandro Ramírez | 26 de marzo de 2009, 12:15

Muy buenos, muy buenos.

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