TRES MINIFICCIONES. Juan Carlos Méndez Guédez


LA HORMIGA LAICA
Fue la más extraña de las hormigas. Conocía su destino, su oficio, su misterio entregado a la belleza.
Pero se negó a cumplir su tarea y decidió quedarse para siempre en lo más profundo del hormiguero.
Las otras, la de allí, la de allá, la de más lejos y la de más cerca, fueron ascendiendo en fila hacia la carretera para buscar la euforia de un terrón de azúcar, un codo de pan, un insecto moribundo, carnoso.
Cada tanto, cuando un jeep, una moto, un autobús pasaba a toda prisa por la carretera, las hormigas quedaban aplastadas contra el asfalto como un oscuro ideograma, como un denso signo que sólo podía leerse desde el cielo.
“Nadie vive allá arriba”, susurró la hormiga en lo más profundo de su cueva pensando en nubes, en cielos azules, temblorosos, llenos de viento.
“Somos la muerte que escribe un signo que nadie puede leer”.

LOS OLVIDOS DEL GORILA

Cuando despertó, el gorila del cuatro supo que sería complicado explicarle a la policía por qué había despertado en el salón con un cuchillo de mantequilla en la mano y con los cadáveres de toda su familia rodeándole en una inmovilidad febril, rojiza.
Luego pensó que sería difícil explicar por qué precisamente había utilizado ese cuchillo y cómo había podido causar una escabechina tan grande con una punta tan roma.
Prefirió dormir otro rato; le dolía la cabeza; tenía una punzante acidez de ron y cerveza; estaba harto de tener tan mala memoria.
Cuando volvió a despertar, el gorila del cuatro se encontró solitario en su apartamento. Supo que sería complicado explicarle a la policía que probablemente había asesinado la noche anterior a siete gorilas pero que ahora ninguno de los cadáveres permanecía a su lado.
Prefirió dormir una vez más. Le gustó cerrar los ojos; imaginó que untaba galletas con el sabor irrepetible de su familia.

SOMBRASDEORO Y EL ÁRBOL DE LA LLUVIA
Hubo un tiempo cuando en Bararida no había agua. La isla seca como una piedra se elevaba sobre el mar y los pájaros seguían de largo sin detenerse en sus costas.
Entonces Amaliwaka, el que todo lo construye, tomó la tierra seca de Bararida y escupió sobre ella y moldeó un árbol gigante al que llamó Garoé. Y Garoé elevó y elevó sus ramas hacia el cielo hasta que pudo apresar las nubes que pasaban de largo y las fue exprimiendo poco a poco, las fue ordeñando igual que ahora las personas ordeñan a las vacas.
Y el agua de la lluvia fue llenando las hojas del Garoé, y las fue llenando hasta que rebosaban y entonces siete pájaros que volaban por allí, se acercaron a beber de las hojas, y bebieron tanto y tanto que al final elevaron el vuelo llevando el pico lleno con la sabrosa agua del Garoé.
Entonces cada una de esas aves, a las que en su lejana tierra llaman Sombradeoro tomó una ruta distinta dentro de la isla y volaron y volaron felices, como si el agua del árbol los hubiese emborrachado, y cada uno de ellos se acercó a la tierra y abrió su pico dejando caer la gota de agua.
Así, en cada lugar donde cayó la gota, nació un arroyo, y esos son los siete arroyos que ahora existen en Bararida y que llamamos: Media Legua, Fontarrón, Vinateros, Morat Alfaz, Bobadilla, Marroquina y Vari quicimeto.
Y cuando los arroyos brillaron como siete espejos, cada Sombradeoro bajó a beber de esas aguas en cuyo fondo se distinguía la silueta de un árbol que siempre era imposible tocar, y en ese momento los pájaros se transformaron en personas: cuatro mujeres y tres hombres, y se fueron a recorrer la isla, a encontrarse, a desencontrarse, y por ser número impar, desde ese día ya sabemos que en el mundo siempre sobra, que en el mundo siempre falta alguien.

Juan Carlos Méndez Guédez: Barquisimeto, 1967. Autor de novelas como: Tal vez la lluvia (DVD, Barcelona, 2009), con la que obtuvo el premio Internacional Ciudad de Barbastro; en ese género también ha publicado: Una tarde con campanas, Árbol de Luna, o El libro de Esther. Como cuentista es autor de La Bicicleta de Bruno y otros relatos y Hasta Luego, Míster Salinger. Reside en España.

3 comentarios:

DANIEL SÁNCHEZ BONET | 7 de enero de 2010, 8:25

a mi juicio el primero es el mejor, sobre todo por lo bien terminado que está.

siempreconhistorias | 15 de enero de 2010, 8:03

Magnífico.
Justo qyer leía una recomendacion hecha por Lena Yau. Ahora sé que tengo que comprar algo suyo ya.
Exquisitas galletas con sabor de familia.
Un saludo,
Izaskun

Anónimo | 20 de febrero de 2010, 20:33

Bueno, pues aunque me gustan todos. Vaya calidad! voy a nombrar el ultimo "porque en el mundo siempre falta alguien". Muy bonito.

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