Leves… de Eugenio Mandrini


LA BELLA Y EL BESTIA

Ni bien asomé la cabeza de las aguas y me vio, el carbón de sus ojos comenzó a encenderse.
También yo, al verlo, imaginé por un momento el milagro de que hubiera entre nosotros un entendimiento de los cuerpos.
Vano todo.
Él se alejó, prado lejos. Yo regresé, aguas al fondo.
La contaré entre los míos como una historia de exaltado romanticismo.
La contará entre los suyos como una historia de profunda melancolía.
Aún así, sucesos como éstos me inspiran a mí, sirena, a creer en lo imposible.
Espero que a él, centauro, también.




UN ARMA CARGADA DE FUTURO

Cada ciego tiene su modo de esperanza entre tinieblas.
Está ese que con su bastón golpea y golpea las sombras hasta que una de ellas, cruja al fin, y sea el comienzo, al menos, de la penumbra.
Está ese otro que sueña un sueño modesto, un sueño de sencilla timidez pero de porfiada tenacidad: sueña ser un cíclope.
Está también el que enciende un fósforo y otros diez y otros cien, muy cerca de su cara, mientras aguarda tenso y con la sangre ardiendo a que, de entre las cenizas de los ojos, surja un humo y después el fuego.
Pero ninguno como aquél que lleva un arma en el bolsillo. Un arma tan milagrosa que si le faltara la vida por razones de un balazo en el corazón, igual lo ayudaría a seguir respirando. Un arma a la que ha de cuidar más que a su perro guía si lo tuviera, y aún más que a sus raciones de sed, de hambre y de cuerpo de mujer. Un arma (como la poesía) cargada de futuro. Por si algún día, en algún momento, de pronto…
Un diminuto espejo.




ES MUY MALA LA TRISTEZA

Malísima, es. Y por eso el recién llegado dijo que la podía curar, que solo él la podía curar. Así fue que lo eligió al Luis, un muchachote de una cara de tristeza sepulcral y de labios del color de las tardes cuando empiezan a envejecer, y lo hizo sonreír. Para ello se valió de un hilo casi invisible de tan fino, con el cual cosió cada comisura de los labios y las unió a cada lóbulo de las orejas. El Luis, su familia y la gran mayoría del pueblo quedaron satisfechos y extasiados con esa sonrisa desmesurada que era como todas las sonrisas a la vez. Solo unos pocos, los escépticos de siempre, persisten en afirmar que, de algún modo, el curador de la tristeza fracasó, porque no supo borrarle de los labios al Luis ese insoportable color de las tardes cuando empiezan a envejecer.




PARAISO

Un grande silencio, una súbita quietud sobrecoge a la selva. A un paso del ciervo acorralado, el tigre suspende el salto. En las altas ramas los monos dejan de chillar, los ojos ardientes como si miraran el fuego. Los pájaros guardan las alas, cosen sus picos. Las hojas callan su acostumbrado susurro. Nadie camina. Nadie salta. Nadie vuela. Nadie se mueve. Nadie respira. Nadie muere. Allí, el colibrí y la flor, copulan.




BREVE HISTORIA DEL FIN DE LOS ANGELES

Todo empezó con aquél ángel expulsado del paraíso y condenado a malmorir como ermitaño en el viento, por haber nacido con tres alas, deformación horrorosa que, al volar, causaba chirrido en los oídos y desilusión en los ojos.
La segunda expulsión fue la de ese otro ángel nacido con una sola ala, desfiguración no menos detestable que aquélla, dado que al volar dejaba en los ojos la mitad de una totalidad y en los oídos un sonido fracturado por irritantes silencios.
A partir de entonces comenzó una larga y escandalosa sucesión de acechanzas y conjuras, que derivó en la disolución de la especie, debido a la comprobación de que todos ellos, ya desde su origen, eran fatalmente discriminables: unos, por sencillamente feos (los había hasta melancólicos, y algunos de labios torcidos por una sonrisa); otros, por definitivamente idiotas: unos pocos, por intelectuales dedicados clandestinamente al estudio del mundo anterior al mundo; y el resto, los más, por ser monstruosamente humanos.


Eugenio Mandrini, poeta y narrador argentino. Entre otros libros publicó Campo de apariciones (poesía) y Criaturas de los bosques de papel (microficción). Como guionista de historias trabajó para su país y el exterior; es Académico Titular de la Academia Nacional del Tango, género para el que escribió los ensayos “Los poetas del tango” y “Discépolo, la desesperación y Dios”. En el 2008 ganó por unanimidad el premio de poesía “Olga Orozco” por su libro Conejos en la nieve, con un jurado integrado por el chileno Gonzalo Rojas, el español Antonio Gamoneda y los argentinos Juan Gelman y Jorge Boccanera.

5 comentarios:

Esteban Dublín | 9 de febrero de 2010, 11:12

Extraordinario cuento Paraíso. Felicitaciones, Eugenio.

Pedro Herrero | 9 de febrero de 2010, 14:04

Siempre es un verdadero placer leer tus relatos, Eugenio.

Martín | 10 de febrero de 2010, 11:29

Conocía estos relatos de Eugenio (incluso se los he escuchado leer personalmente en diversas mesas de lectura). Aún así, siempre es un deleite volverlos a leer. Saludos!

Ezequiel Wajncer | 21 de febrero de 2010, 13:02

Salud, Eugenio. Siempre es una fiesta leerte.

kumara | 25 de enero de 2016, 8:40

Paraisdo: !Maravilloso! me quede suspendida, sin respiración, tal cual el tigre, hasta que el colibrí copuló con la flor.

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