Wilfredo Carrizales. Calma final


Cagua, Aragua, Venezuela. 1951. Narrador, poeta, fotógrafo. Obras principales: Ideogramas (1992); Mudanzas, el hábito (1993); Calma final (1995); Textos de las estaciones (2003); La casa que me habita (2004); Desde el cinabrio (2005)

ERMITAÑO
Ignoro cómo averiguó mi nombre. No se lo he dicho a nadie. Persona alguna me visita, ni mucho menos me llama. Desde que me mudé aquí me aislé. No tengo trato con mis lejanos vecinos. Entonces, ¿de qué manera se enteró de mi nombre? ¿Qué se propone al difundirlo?
Al segundo día de estar viviendo en esta granja apartada comenzó a llamarme: “¡Wilfredo! ¡Wilfredo!” Corrí a ocultarme dentro del cuarto. Entreabrí la ventana y no atisbé a nadie. Pensé que pudo tratarse del fruto de mi imaginación, pero oí pronunciar una vez más mi nombre, con fuerza y nitidez. A partir de entonces, no más asomaba la cabeza, delataba mi presencia con sus chillidos. “¡Wilfredo! ¡Wilfredo!”
Sólo puedo salir de noche. Porque algo he notado: parece que duerme al no más ponerse el sol. Sin embargo, todavía no le he visto la cara a mi desconocido nombrador. Sospecho que me vigila desde algún punto elevado y a cubierto.
Llevo semanas sin poder disfrutar de los rayos del sol. Hoy de mañana decidí ponerle fin a tanto desasosiego. Me dejé ver y en cuanto empezó a chillar mi nombre, me quedé parado allí mismo. Lo descubrí sobre la alta palmera plantada en la entrada. Detallé su plumaje amarillo y negro y tomé una decisión.
Desde el amanecer estoy aquí, esperando que aparezca, para cerrarle el pico con esta honda que me hizo famoso cuando niño.

VER UNA HOJA CAER
Escuché nítidamente el sonido de la hoja seca al estrellarse contra el suelo. Una sobria quietud embargaba a todas las cosas una vez traspuesta el alba. La trayectoria de la caída de la hoja fue lenta y sinuosa. Yo estaba observando embelesado la copa del gran árbol, de extrañas formas foliáceas. La mayor de entre todas las hojas se abrió paso fácilmente. Apartando a sus vecinas se lanzó audaz en vuelo descendente. Diría –ahora que escribo estas líneas- que su descenso acrobático constituyó un estímulo bien calculado para que mi mente lo imitara. A partir de ese momento, el fluir de mi pensamiento se deslizó, suavemente, llevado por las brisas.
Dondequiera me detenía, dejaba un manto de hojas secas con mensajes descifrables para otros seres de igual sustancia vegetal.
Paulatinamente, los lugares por mí visitados se fueron cubriendo de una espesa capa de señera hojarasca. Mi alegría era infinita al descubrir un tropel de niños bulliciosos jugueteando sobre el tejido de la alfombra que yo tendía cada noche.
En temporadas de fuertes vientos, los remolinos trasladaban mis ideas por los aires de distantes comarcas.

LLAMADA NOCTURNA

Con terca insistencia repica el teléfono. Alguien acude a levantar el auricular. “Aló”. Suena un disparo. La bala que penetra a través de la ventana abierta se incrusta en el oído del que responde a la llamada telefónica, después de haber traspasado el auricular. El herido de muerte por la bala trastabillea y luego se desploma pesadamente.
El auricular queda colgando de la mesa y se oye una voz que viene del otro extremo del hilo telefónico. “Aló. ¿El disparo dio en el blanco?”

Fotografía de Wilfredo Carrizales

5 comentarios:

Alejandro Ramírez | 4 de abril de 2009, 13:57

Hermosos los cuentos, especialmente el primero y el último. Es muy buena la sorpresa final...

Un saludo,

http://cuentominicuento.blogspot.com/

Anónimo | 5 de abril de 2009, 12:55

Me sorprendería gratamente si nó conociera al personaje, cada vez se hace mas nutrida y hermosa tu obra literaria. La fluidez, la sorpresa, y esa contruccion de experto constructor de piezas literarias te van llevando en ese solitario viaje que ambos conocemos. Victor M.

Anónimo | 6 de abril de 2009, 10:12

Un ermitaño, la hoja, la bala...y tu,ermitaño enchinado y achinado, das en el blanco de la hoja con levedad, ritmo y precisión,

Un abrazo,

María Elvira

Anónimo | 6 de abril de 2009, 10:14

Un ermitaño, una hoja y una bala...y tu, ermitaño enchinado, das en el blanco de la hoja con levedad, ritmo y precisión,

Un abrazo,

María Elvira

Anónimo | 7 de abril de 2009, 15:49

Que tu honda se transforme en onda (nada vertiginosa)....
Ese CRISTOFUÉ ahora chillador mudó su canto para gritarnos tu nombre,al fin te encontró.
Ya sin barba son pocos los escondrijos en tu alma.
Com raíces poco profundas (sólo hojas) no existe bala que te desplome...perteneces al universo.

Un abrazote!
(cagüeña hibernando en São Paulo)

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