Las sílabas secretas de María Cristina Ramos

Caladuras

El hombre cala una sandía y del rojo cercano al corazón brota un niño. El niño crece, se cala una boina, entra a trabajar en una fábrica, organiza con los otros trabajadores una huelga para reclamar por sus derechos. La huelga cala hondo en el espíritu de la gente que derroca al dictador e intenta un gobierno más justo, para que todos tengan para vivir y, cuando sea necesario, se pueda calar una sandía.


Pronósticos

Dijeron que caerían cuatro gotas. Y cayeron.
Con una, Laurentino bañó los caballos en el amarradero, agua dulce a raudales sobre los lomos, agua dulce desenredando las crines.
Con otra repletamos el vientre del aljibe. La tercera alcanzó para repetir la aguada y que vinieran a beber los otros animales.
Sólo la cuarta trajo la desgracia. Ensartó su globa en los extremos de los álamos y derrumbó su capullo de lago sobre las hojas, quebró las horquetas, arrasó con los nidos, ahogó a los cuises y arrancó una por una las estacas de los corrales.
Dicen que recién mañana lloverá como Dios manda.


Ceniza

Reducido a su mínima expresión, el día era una difusa luz en el horizonte.
Reducido a su mínima el tránsito guardaba apenas el eco de la hora pico.
Era el momento en que transitaba por las calles que habían sido suyas, por las plazas donde había bebido tiempos de romance, por el edificio donde había trabajado.
Apoyaba un pie tal vez donde antes apoyara el otro, la ceniza no tiene nitidez, el aire es el aire y sus condescendencias. Así y todo, le complacía escuchar ese leve rumor, el de su cuerpo, reducido a su mínima expresión.


El vuelo

La vid estaba exuberante aquel verano. Cada tarde, la niña corría entre las hileras. Con la mano, extendida como un ala, iba rozando la redondez de los racimos. Los terrones se rompían a su paso y algunas guías verdes se prendían en su pelo. Pero, un día, un viento de acero cortó en gajos el aire y se llevó a la niña, la envolvió en una onda transparente y la convirtió en algo pequeño y volátil.
Desde entonces, vuelve. Vuela por las viñas y roza con el ala, sensible como una mano, la redondez de los racimos.


Genoma

Algo redondo y casi sin ojos se encabrita, gira y vuelve al reposo. El gato lo mira. En la sima de su memoria, un punto móvil late y se esfuma en una oscuridad de asechanzas. El extraño ser vuelve a animarse, entonces el gato salta y atraviesa un centenar de estratos de instinto. Su cuerpo tenso repite el arco, la parábola exacta con que la pantera cierra un eslabón cortando otro con el umbral de la muerte, y en el íntimo instante de consumación, sus colmillos, todavía de leche, se hunden en la pelusa inerte del ovillo de lana.



María Cristina Ramos, escritora argentina nacida en Mendoza; reside en Neuquén desde 1978. Se dedicó a la docencia en instituciones públicas y coordina talleres de lectura y escritura (durante veinte años para niños, actualmente para adultos). Ha escrito muchos libros y publicado alrededor de una veintena. Es la hacedora de la Editorial Ruedamares de Neuquén.
Estas microficciones pertenecen al libro La secreta sílaba del beso, Neuquén, Editorial Ruedamares, 2009.

* Más María Cristina Ramos en www.mariacristinaramos.com.ar/















2 comentarios:

Anónimo | 27 de mayo de 2010, 9:26

"La secreta sílaba..." de Cris ocupa un lugar especial en mi biblioteca. De las cinco microficciones aquí publicadas, tengo mi corazoncito en Caladuras y Genoma. Cariños, Mariángeles

Azu | 31 de mayo de 2010, 13:39

"Caladuras" y "Ceniza" muy buenos, que don el de decir tanto en tan poco.
Azucena Franco

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