Artilugios de Pedro Rangel Mora. Ficción Mínima en papel

Fin de semana
Sábado 18 de Mayo de 2013
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TalCual


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LITERALES

Artilugios



PEDRO RANGEL MORA


1 El hombre, veinte años después, regresa al bar donde había sido testigo del sangriento duelo. Como citados por un destino inmisericorde, también se encuentran en el bar los hijos de aquellos seres cuyas vidas se deslizaron por el acero de los cuchillos de aquella noche en el páramo, tan fría como funesta. La terrible historia está a punto de repetirse. Frente a frente los jóvenes, empuñando la muerte brillante, larga. El testigo se niega a presenciar otra vez la desgracia, se arroja entre los duelistas y los increpa buscando cambiar el destino. Y parte al no lugar, satisfecho, sabiendo que ha roto la inercia, sintiendo el ardor lacerante de los aceros filosos en sus vísceras, sabiendo que los jóvenes que huyen tiene ahora la oportunidad de morir de otro modo, si el destino que sus padres les trenzaron encuentra a otro insensato que se interponga con la inercia de sus destinos.

2 El espejo, cansado de años y años de reproducir la sala, los mismos muebles labrados, las mismas alfombras con personajes míticos, las mismas pinturas de cuerpos desnudos, los mismos libros clásicos en los anaqueles, decide repetir otra realidad; y esa otra realidad es imitada por la sala, los muebles opacan sus colores, las alfombras se deshilachan, las pinturas son manchadas por el polvo, los libros en los anaqueles dejan de ser clásicos y se hacen libros comunes.

3 ¿Cuántos poetas vale un futbolista, cuántos narradores vale un político, cuántos ensayistas vale un empresario exitoso? 4 Hay quienes son personas, hay quienes son personajes. Desde luego hay quienes en determinado momento se transforman en personajes, y quienes siendo personajes hacen un esfuerzo en ser personas (hay quienes viajan y en otro país se transforman en personajes, o pueden ser personas). Pero en nuestra mente todos somos personajes, allí escribimos una vida llena de emociones, donde somos el centro, el único protagonista de la novela.

5 En la Bienal de Literatura, en la mañana, luego de las lecturas de las tres ponencias de los tres escritores del panel, se abrió el derecho de palabra. El público de inmediato apuntó su artillería contra uno de los escritores (conocido por sus apologías desvergonzadas a ciertas personalidades desvergonzadas). Ante el asombro en los rostros de los compañeros de mesa (invitados extranjeros), el escritor trata de defenderse hasta el cansancio, hasta caer en una aparente depresión anímica (justo cuando lo atacan por las flaquezas del lenguaje de sus apologías desvergonzadas), y tal como había hecho en otra ocasión, donde también lo agredieron, pidió un revólver para matarse (la primera vez nadie tenía un revolver, o nadie quiso prestarlo). En esta ocasión alguien del público se levantó y le llevó una pistola. El escritor de apologías desvergonzadas la tomó, la sopesó, la llevó a la sien derecha creando un agudo silencio de desconsideración, pero pronto se negó a disparar, bajó el arma. Exigió un revolver, quería morir de una bala de revolver, la pistola era gringa, el revólver latino, la pistola era femenina, el revólver masculino, alegó. En medio de las exclamaciones, alguien del público le pidió el revólver al vigilante privado que estaba en la puerta del salón, colgado, aferrado (por la tensión) de las charreteras del uniforme. Pero el vigilante privado, más por reflejo que por decisión, se negó a prestarlo, y cuando el público comenzó a pedir el revolver con cantos al unísono escapó despavorido por el pasillo. La atención nuevamente se centró en el escritor de apologías desvergonzadas, en la cara de estupefacción, de desconcierto, de los escritores extranjeros que lo acompañan como los dos ladrones en medio una calma de avispero recién quemado, calma que se rompe cuando otro hombre del público se acercó a la mesa y colocó sobre el mantel blanco un objeto pesado (quebrando un vaso que derramó un liquido marrón), objeto pesado que el hombre había ido a buscar al carro, objeto metálico gris oscuro con madera que el público satisfecho identificó como una escopeta recortada, doblada, abierta, a cuyo lado habían dejado dos cartuchos rojos (con perdigones) y base color cobre. El escritor de apologías desvergonzadas hizo amago de tomar el arma, pero se levantó indignado para marcharse, exigiendo a gritos que la próximas vez alguien traiga un revólver, no una escopeta, un revolver de hombre, ¡carajo! Pedro Rangel Mora (Mérida, 1956).

Narrador. Ha publicado: Coro de gan- sos (1984), El orden de los factores (1993), La yegua de la noche (1995), Autobiografías (1999), El enemigo (2004), Jazz (2005), Equis (2006), El mensajero (2007), Tres novelas (2007), Muerte en la víspera (2008), Del reino del demonio (minificción, 2011), El amigo imaginario (2012).


 

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